Memoria del crimen

Vlado Taneski, el periodista asesino

¿Hay algo peor para un periodista que faltar a la verdad? Como si la pregunta brincara en su cabeza, Vlado Taneski escribió con vehemencia, poniéndose en riesgo para responder de un modo más o menos decoroso. Su pluma rodó por las páginas de Nova Makedonija, de Vreme, de Spic y de Utrinski Vesnik, entre otros diarios y revistas de la república de Macedonia. Taneski escribía sobre la vida cotidiana de la ciudad de Kičevo, situada en el medio de las praderas donde alguna vez Aristóteles formuló su Ética. En ese escenario –reducido a un moderno pueblo triste-, el melancólico periodista se convirtió para los medios de Skopie, la capital, en un corresponsal ermitaño pero eficaz. Deportes, política y economía: nada de lo que ocurría en la ciudad le era ajeno. Ni siquiera el crimen –mucho menos, el crimen.

“El cadáver de Ljubica Lichoska fue encontrado en una bolsa de plástico en un basural. La autopsia demostró que se trató de una muerte violenta”, anotó Taneski en la edición del 5 de febrero de 2008 del Utrinski Vesnik. Los forenses señalaron que durante más de dos meses un asesino la había mantenido cautiva. En palabras de Vlado Taneski: una atrocidad. Pero ella no era la primera víctima. En enero de 2005 un chatarrero había encontrado sin vida a otra vieja, Mitra Siljanovska, a la que también habían mantenido cautiva durante dos meses, para luego ahorcarla con un cable. Y a eso había que agregar el caso de Gorica Pavlevska, otra anciana desaparecida en las calles de Kičevo.

Envuelto en el drama, Vlado Taneski buscaba información en los pasillos policiales y en los tristes hogares de las víctimas, y despachaba sin parar crónicas de sangre y de misterio. Su ciudad estaba finalmente en el centro de la nación y él era el único –o, al menos, el mejor- para contar los hechos de primera mano. De alguna manera, los crímenes le habían dado su revancha a un hombre que después de ser un líder juvenil del comunismo, un incipiente poeta, un editor de Radio Kičevo y un empleado del diario de mayor tirada, había sido despedido, acusado de plagio y señalado por los vecinos.

Sólo entonces, cuando Taneski pareció volver a vivir, comenzó su ruina. Un nuevo cuerpo, un cuarto cadáver, había sido encontrado. Era el de Zivana Temelkoska, de 65 años, y respondía el mismo patrón de violación, estrangulación y bolsa. Fue entonces cuando el tiempo de Taneski se acabó repentinamente: el 20 de junio de 2008 la policía golpeó su puerta. Los detectives tenían buenas razones para creer que los rastros de sangre hallados en los cadáveres pertenecían a él. Por otro lado, Taneski debía explicar por qué sus artículos contenían datos que sólo podían ser conocidos por el asesino y por la policía… y que la policía nunca había develado. Con su detención, el país entró en shock. Y también el mundo.

Y si Taneski las había matado y luego lo había escrito todo, ¿qué juicio merecía? ¿El de un perverso criminal o el de un periodista polémico? Para los criminalistas, el caso es apenas una anécdota. Y bostezan con el esquematismo de un asesino serial clásico, de inteligencia superior, conflictuado con su madre, regodeado en el dolor ajeno y acechado por una falta de ideas que el Doctor Lecter consideraría vergonzosa. El nudo de los homicidios, en cambio, está en el debate periodístico.

La ética de un periodista va en terreno gris cuando él mismo es noticia. Pero cada cual tiene su límite y el de Taneski parece haber sido la mentira, como si no hubiera estado dispuesto a engañar a su público… Y no lo engañó: informó, de hecho, que la última víctima había sido estrangulada con el mismo cable con el que sería maniatada. Y es que en este oficio, un pequeño dato puede ser la llave que abre la puerta más grande.

Sin embargo, del affaire Taneski se puede decir más. “Un periodista debe ser veraz y, sobre todo, debe mantenerse ajeno a lo que sucede para transmitir datos que existen fuera de sí y que serían de importancia para los demás”, considera Fernando Sánchez Zinny, un miembro de la Academia Nacional de Periodismo, que le impugna al macedonio su protagonismo. “Lejos de pecar de voyeur, Taneski es un perverso en acción que suministra material para esa suma de novelitas macabras espantaburgueses que constituye la razón de ser de las secciones policiales”. Las primeras formas del periodismo eran doctrinarias, pero Sánchez Zinny también niega que lo de Taneski tenga que ver con aquello. “¿Y si no es periodismo, qué es en realidad lo que ha escrito?”, se pregunta. “Podría tratarse de literatura, quizá como un esbozo del género de ‘memorias’: Taneski, así visto, andaría tras los pasos de Raskolnikoff”.

Luego, si la verdad siempre está en juego, también vale la pena preguntarse con qué verdad se debería jugar. En ese sentido, Javier Darío Restrepo, el experto en ética de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), apunta que “al periodista no le basta decir la verdad de los hechos, que tiene un impacto social del que él es responsable. No la dice sólo por decirla, sino con una intencionalidad de beneficio a la sociedad, de ahí que las verdades de Taneski se convierten en trucos truculentos para acceder a la verdad de los hechos”.

Pero ni siquiera Raskolnikoff –el desafortunado protagonista de “Crimen y castigo”, la novela de Fyodor Dostoyevsky- terminó tan mal como Taneski, que tres días después de ser detenido fue hallado sin vida en su celda, al lado de un balde de agua con el que se había ahogado. ¿Un suicidio? ¿Un nuevo crimen? El misterio nunca se aclaró. La policía dijo que el periodista-monstruo se había sentido humillado ante su comunidad, por lo que había decidido acabar para siempre con sus crímenes… y con sus crónicas.

“Más que un gran periodista, Vlado Taneski es un gran personaje novelesco”, propone ahora Jorge Fernández Díaz, secretario de redacción del diario La Nación y autor de varios libros exitosos (Las mujeres más solas del mundo es el último). “Tal vez era tan buen periodista que no pudo resistir usar sus conocimientos como asesino para darle más fuerza a sus crónicas. De ser así, su vanidad lo traicionó. Es interesante pensar entonces que el periodista le ganó al asesino. Y que resolvió los crímenes que él mismo había cometido. Pero si podemos bromear sobre el asunto es porque Macedonia nos parece un lugar mítico y lejano. Aquí es asesinada una mujer cada treinta horas. Si los asesinatos hubiesen ocurrido en el Tigre o en Lomas de Zamora no nos parecería una historia tan fascinante. Si Vlado fuera mi compañero de redacción no me parecería tan glamoroso. Me parecería simplemente un monstruo y alguien que le hace un daño catastrófico a mi castigado oficio. Dejémoslo lejos, en el terreno resbaloso entre la realidad y la ficción”.