Incorporado por lectura, Memoria del crimen

Yiya Murano: la más adorable de las criaturas


Foto: Diego Sandstede

Amor ciego

Yiya se casó cuatro veces. Su última conquista fue Julio Banín, a quien conoció en 2000 durante en un viaje en colectivo. Los dos iban a un concierto en el Teatro Cervantes. Como él es ciego, ella lo guió del brazo. Al otro día lo acompañó al médico. Se casaron a los pocos meses. “Necesitaba a alguien que me comprara los remedios”, dijo Julio una vez. Se la pasaba encerrado en su casa, donde escuchaba Radio 10. Yiya salía a pasear por la peatonal Florida o se iba de compras.

–En Yiya encontré a una mujer encantadora. Me cuida, me mima, me cocina, me dice cosas lindas al oído, me lleva a pasear, me lee los diarios.
–¿Cuándo se enteró de que era la famosa Yiya Murano?
–Ella me lo dijo de entrada. No anduvo con vueltas, pero me dijo que era inocente. Le creo. Esta mujer es puro amor, es incapaz de lastimar a alguien. Y es muy bella. ¿Sabe por qué lo sé?
–¿Se lo dijo ella?
–No, pibe. Ella acostumbra a llevarme las manos a su cara y por lo que tocaron mis dedos y las palmas de mis manos, sus facciones me parecieron las de una mujer muy linda. Es alta, elegante y huele bien.

Su hija, Julita, no opinaba lo mismo. Estaba cansada de que los vecinos del barrio le preguntaran si su padre se había vuelto loco por casarse con una asesina.

Julia vivió ocho años con Yiya. Se acostumbró a tomar sus desayunos y a disfrutar de las pastas que amasaba su madrastra. Al principio se encariñó con ella. Con el tiempo, descubrió la cara oculta de la esposa de su padre, que a los medios les decía: “Con mi Julito somos como dos tortolitos que nos amamos como el primer día”.

Al mismo tiempo, ante Julita se jactaba de tener muchos amantes. “Los mocosos me arrastran el ala”, le dijo un día. Acostumbraba a exagerar anécdotas. Manipuladora y cómica, cada vez que subía al colectivo con su hijastra, le decía al chofer: “Buen mozo, sos igualito a Marlon Brando”. Después miraba a Julita, le guiñaba el ojo y le decía al oído: qué va a ser igualito a Marlon Brando este negro fulero con olor a traste y sobaco. Pero la hijastra vivió otras anécdotas mucho menos graciosas. Todo lo contrario.

Una mañana, Yiya gritó como si hubiese visto a un fantasma. Julita se bañaba cuando escuchó que la vieja la llamaba:

–¡Julita, vení urgente! ¡apurate!

Julita cerró la ducha y salió desesperada, envuelta en un toallón que agarró de apuro. Pensó que algo le había pasado a su padre. Cuando llegó al living, vio a Yiya con la boca abierta y las manos al costado de la cara, una especie de representación burda y senil de El grito de Edvard Munch. El teléfono estaba descolgado.

–¿Qué pasó, Yiya?
–Julita de mi alma, un tipo quiere hablar con vos. Me exigió a los gritos que te llamara urgente.

Julita supo que ese llamado no traía buenas noticias. Pensó que a su padre le había pasado algo.

Del otro lado del teléfono, una voz impersonal le dijo:

–Tu novio Rubén te mete los cuernos.

Se lo dijo así como si nada. Con el mismo tono que podría haber dicho: se viene el fin del mundo, los gordos se la comen, Pelé debutó con un pibe o cualquier frase que a uno puede ocurrírsele en cinco segundos. Según esa voz, su novio, el policía, le era infiel.

La cosa es que el hombre cortó, y Julita se quedó con el tubo en la oreja y una expresión que sólo podría ser descripta por Yiya, única testigo de la escena. Yiya, en cambio, estaba como agazapada, con la mirada pícara que solía delatarla. Y un gesto que nacía de sus labios arrugados, seguía por su nariz –inclinada levemente hacia la derecha– y terminaba en los ojos bien abiertos y las cejas arqueadas. Era una mueca grotesca. No le hacía falta hablar. Bastaba con conocerla para saber que aunque a veces por fuera mostraba una máscara trágica, por dentro disfrutaba del dolor ajeno. Podía fingir que lloraba o se lamentaba, pero una risa burlona le quedaba atragantada.

Julita no hablaba. No sabía qué hacer. Si reír, llorar o directamente empujar a la vieja por la escalera. Se sentía inmovilizada, sobre todo cuando la vieja la abrazó con fuerza para consolarla. Era como caer en las garras de una viuda negra, las arañas que se comen a sus machos y tejen telarañas de seda a las que se aferran antes de atacar. En el área ventral tienen un dibujito colorado con forma de reloj de arena que brilla. Lo que podría ser un espectáculo (las telarañas unidas y el rojo brilloso, la escenografía arácnida), no es otra cosa que una advertencia. La advertencia de una picadura letal. En Yiya, una viuda negra de carne y hueso, la advertencia –el dibujito rojo brillante– la daba su inocultable falsedad. Cuando quería conseguir algo, desde un café con leche con masas finas hasta un préstamo o una rebaja en el mercado , recurría a los elogios fáciles con los que trataba de sacar ventaja.

A Julita, que seguía paralizada, comenzó a darle besos ruidosos e insistentes en la cabeza: chuick, chuick, chuick, chuick, chuick. Fueron como diez besos al hilo. La vieja le hubiese dado muchos más, pero Julita apartó la cabeza y se escabulló por debajo de los brazos de Yiya, que quedó sorprendida.

Quizá Julita no hablaba porque trataba de procesar lo que había ocurrido. Estaba confundida y en un primer momento eligió el camino equivocado: sospechar de su novio antes que de Yiya.

Tampoco podía pensar porque Yiya monologaba:

–Julia, ya me parecía que ése te cagaba. Turro de mierda. No quería decírtelo, pero te lo voy a decir para que abras los ojos, Julita de mi alma. La otra noche, me levanté a comer dulce de batata que había en la heladera, y lo pesqué manoseándose la banana esa que tiene entre las piernas. Es como un ganso que le sale del slip, Julita. Un ganso vivo. Es un degenerado tu novio, Julita. Vos me conocés bien. Julita. Le puse cara de asco y él como si nada. Flor de turro. Imagino que cuando vengas le vas a dar una patada en el culo, ¿no? Es lo menos que podés hacer.

Cuando Julita logró liberarse de su madrastra, fue hasta su pieza y se vistió. Llamó a su novio al celular y le dijo que quería verlo cuanto antes. No le anticipó sobre qué quería hablarle, pero él supo que no era nada bueno. Se encontraron en un café del microcentro. Rubén estaba con su uniforme policial.

–¿Qué pasó, Juli?
–Hoy llamó un tipo y me dijo que me metías los cuernos –dijo mordiéndose los labios.
–¿Me hablás en serio?
–Sí –dijo Julita y se puso a llorar.
–¿Y vos le creíste?
–Dijo tu nombre.
–¿Y qué más dijo?
–Nada más porque cortó.
–Esto es cosa de la vieja hija de mil putas.

En ese momento, Julita se tranquilizó. Se le hubiese venido el mundo abajo si Rubén le habría confesado alguna infidelidad. Quizá su novio le mentía, pero sus palabras firmes la convencieron. A Julita le volvió el alma al cuerpo.

–¿Nunca me engañaste?
–Nunca, mi amor. Y nunca lo haré. Yo mismo voy a encarar a esa vieja de mierda.
–No, dejá. Le hablo yo.

Pero ese día Julita no le dijo nada. Trató de seguirle la corriente a la vieja. Con su novio idearon una estrategia para hacerle pisar el palito. No había que enfrentarla, sino esperarla. Jugarle con sus mismas cartas. El caos beneficiaba a la vieja. Además acusarla no servía de nada. A una persona que no se conmovió ni siquiera cuando la acusaron de envenenar a sus tres amigas, no se le movería el pelo por una pelotudez. Porque al fin y al cabo, lo del misterioso llamado era eso. Una reverenda pelotudez.

No hizo falta mucha estrategia que digamos. La vieja no volvió a preguntar del asunto. Era como si intuyese que la habían descubierto o que sospechaban que ella había inventado todo para separar a la pareja. Ella se caracterizaba por dividir. Dividir y reinar a su antojo. Manipular era su más estilo siniestro. Otro llamado alcanzó para desenmascararla. Dos días después, cuando Julita preparaba la comida, la misma voz le preguntó:

–¿Julia?

Su voz, que en el llamado inicial reflejaba un tono violento, ahora aparecía más pausada y suave.

–Sí, ¿quién habla?
–No sé cómo decirlo. El que llamó el otro día para decirte que tu novio te metía los cuernos. Antes que me cortes quiero contarte que mentí.
–¿Quién te dijo que lo hicieras? –quiso saber Julita con ingenuidad fingida.
–Yiya. Soy remisero y el otro día me tocó llevarla. Me habló de vos y de tu novio. Me dijo que él era violento y que quería echarlo. Me prometió 200 mangos a cambio de que hiciera ese llamado. Pero no me pagó. Por eso llamo para decir la verdad. Perdoname…
–Gracias, pero no puedo perdonarte. Andá a cagar, sorete.

El hombre no dijo nada más. Ya había cortado. Justo cuando Julita estaba por decir “sorete”.

A los pocos minutos, Yiya entró en la casa. Venía de la farmacia.

–¡Julita! ¡Me aumentaron el remedio! El mes que viene no sé si voy a poder comprarlo.

Su hijastra la miró con marcado desprecio:

–El problema es que gastás la plata en pavadas.
–¿Qué decís, querida? –dijo Yiya encogiéndose de hombros.
–Ya sé qué le prometiste 200 pesos a un remisero para que me llamara.

Yiya mantuvo la tranquilidad. Como mentirosa compulsiva lograba desarrollar el arte del ardid: a diferencia de los farsantes sin talento, que se ponen colorados, esquivan con la mirada o les tiembla un ojo o los labios cuando alguien los acusa de mentirosos. Yiya no. Despreocupada, dijo:

–Julita, no podés creerle a ese tipo. Debe estar atrás tuyo. Seguro que te arrastra el ala. También vos, te ponés shorcitos o minifalda y zarandeás el tujes de un lado al otro como una de esas reventadas que aparecen en lo de Tinelli.
–Yiya, basta de decir pavadas. De ahora en más no voy a confiar en vos.

Y así fue. Desde ese día, Yiya se convirtió en una amenaza para Julita. En una viuda negra que aguardaba, desde la majestuosidad de su telaraña de seda, el instante para atacar a su presa.

Sospechas a la hora del té

–Doctor, creo que me envenenaron –dijo Julita mientras el médico la revisaba.
–¿Por qué dice eso?
–Esto pasa desde que mi madrastra volvió a cocinar. Mi madrastra es Yiya Murano.

Después de dos semanas con mareos, dolor de estómago, vómitos y desmayos, Julita comenzó a sospechar de los fideos con manteca y de las tazas de té que le preparaba Yiya. “Si me pasa algo, sabés quién fue”, le avisó a una amiga mientras se retorcía por los dolores. Pero por miedo no hizo la denuncia ni se sometió a exámenes toxicológicos para detectar si tenía veneno en la sangre. Todo quedó envuelto en una sospecha incomprobable.

Una sospecha que fue suficiente para lograr su objetivo: echar a Yiya de su casa.

–Pudo haber sido una paranoia o un estado de psicosis, pero temí lo peor. Creí que me estaba envenenando a mí y a mi viejo, quien tuvo neumonía; pero no tengo pruebas y no me animé a denunciarla. Nunca en mi vida me había sentido tan mal.

Un incidente la llevó a dudar de su madrastra: el robo del cintillo de oro que era de su madre. Yiya acusó a la portera. Una semana después, durante el Día del Niño, le regaló a su hijastra un sobre con mil pesos.

–Julita querida, esto es para vos m’ hijita. Anoche fui a cenar y ver a Moria Casán con uno de mis amantes y el tipo me dio este obsequio.

Julita no lo aceptó. No podía creer que su madrastra le dijera eso. En realidad, con el tiempo, supo que a Martín Murano, su hijo verdadero, le había hecho cosas peores. A modo de catarsis y a cambio de unos pesos, Martín –un doble de riesgo de películas de acción contó las penurias que vivió al lado de su madre en el libro Mi madre, Yiya Murano, en el que revela que un día Yiya le confesó que había puesto el veneno en los saquitos de té. Cuando era chico, ella lo llevaba a sus encuentros con sus amantes. Su padre era el abogado civil Antonio Murano. “Martincito, portate bien, ahora nos vamos a ver con un tío lejano”, le decía la cretina, pero al rato andaba a los besos con ese tío lejano, que le acariciaba las manos, le decía cosas al oído y hasta le daba joyas y dinero. “Martincito, tratalo bien a tu tío así me hace lindos regalos”, le decía la cretina, y el pobre chico lloraba por dentro, se quedaba callado porque Yiya lograba eso: inmovilizarlo. Cuando Martín se recibió en la secundaria, a la fiesta de egresados no fue su padre Antonio. Se sorprendió cuando en la pista de baile vio que su madre se zamarreaba con un hombre al que no conocía. “Es un amigo, tu papá se enfermó”, le dijo. Má que amigo ni que amigo, era otro amante de la vieja atorranta, pensó Martín, que la odiaba cada día más. Cuando volvió a su casa, su padre miraba la tele. “Hijo mío, no fui a tu fiesta porque tu mamá me dijo que me podía hacer mal al corazón porque iba a vivir una emoción inmensa”, le dijo Antonio y Martincito tuvo ganas de llorar. De rabia y de tristeza. Cuando su madre volvió a la casa, le dijo: “Martincito, tenés que ser más vivo”. Tenés que ser más vivo. Esas palabras que le dijo tantas veces a Julita. “Julita, querida de mi alma, hija que la naturaleza no me dio pero que Dios me puso en el camino, Julita, hija mía, tenés que ser más viva”. Cuando una vez habló por teléfono con su hermanastro Martín, que vivía en México, le confesó que creía que Yiya los estaba envenenando. La respuesta del doble de riesgo fue contundente: “De mi madre, a quien todavía odio y odiaré toda mi vida, no me extraña nada”.

Y un día Julita fue más viva. Le dijo a su padre, Julio, que cada día estaba peor, que lo mejor sería echar a Yiya de la casa. El viejo, quizá convencido de la maldad de su esposa o porque sabía que le quedaba poca vida y no quería que su hija quedara sola con Yiya, le dio la razón. Y un día, Yiya escuchó de labios de Julita:

–Mercedes, con papá tomamos una decisión. Lo mejor va a ser que te vayas de esta casa.
–Pero Julita, mi amor, seguro que hablás en broma.
–No, es en serio.
–¡Sos una desagradecida! ¡Me voy ya mismo!

Yiya armó su bolso y se fue sin decir una palabra. Ni de Julio se despidió.

Al otro día, el viejo le pidió un favor a su hija:

–Julita, ¿te fijás arriba del armario, adentro de la caja de zapatos? Contá cuánta plata tengo.

En esa caja estaban sus ahorros de toda la vida. Eran 30 mil dólares. Julita subió a una silla y cuando abrió la caja se llevó una sorpresa desagradable: había papeles de diario con la forma de los billetes.

–¡Hija de mil puta! ¡Me robó la plata! ¡Cretina!

Julio y su hija estaban convencidos de que sólo Yiya podía ser capaz de hacer algo semejante. Julita la fue a buscar al geriátrico de Caballito donde la habían internado sus sobrinas. Yiya negó todo.

–¡Cómo podés pensar que voy a robarle a Julito! ¡Te lo juro por la memoria de mis padres!

La vieja empezó a llorar y no podía decirse que sus lágrimas eran lágrimas de cocodrilo. Porque Yiya tenía una característica: lloraba sin lágrimas. Era un lamento: cerraba los ojos y arrugaba la frente y abría la boca como un lobo. Y en seguida lanzaba una carcajada.

Antes de que se fuera no muy convencida, Julita recibió una promesa de Yiya:

–El día que Julito no esté, voy a darte todos los meses la plata de su pensión.

Julita quería denunciarla, pero su padre no quiso. A los pocos meses, murió. Yiya reapareció en el entierro, donde volvió a llorar sin lágrimas. Ese llanto que le hacía gritar: “¡Buaaa, buaaa, buaaa!”. Al mes, cuando cobró la pensión, se la dio a Julita, como le había prometido. Pero nunca más volvió a hacerlo.

–No quiero saber nada más de esa vieja basura. Le deseo lo peor. Es la persona más mala que conocí en mi vida –confiesa Julia Banín mientras juega con un sobrecito de azúcar con sus dedos. Está sentada a una de las mesas del Británico, el mítico café con vista al Parque Lezama, en San Telmo, donde Ernesto Sabato solía escribir algunos párrafos de su novela Sobre héroes y tumbas. El lugar no es del estilo de Yiya, es más bohemio. Julia dice que tiene pocos minutos y que responderá dos o tres preguntas. La primera cae de madura:

–¿Yiya intentó envenenarlos?
–Sí, estoy segura de que sí.
–¿Y qué pruebas tiene?
–Eso es lo peor. No tengo pruebas. Sólo que cuando ella empezó a cocinar, con papá nos empezamos a sentir mal, con vómitos y mareos. Ella nunca cocinaba. Por algo quería cocinar.
–¿Por qué?
–Pienso que quería la pensión de papá y quedarse con la casa. Me arrepiento de no haberme hecho los análisis toxicológicos.
–También la acusa de robarle dinero, pero tampoco tiene pruebas.
–Es verdad, ¿pero quién iba a robar ese dinero?
–¿Cómo era vivir con ella?
–Al principio tenía prejuicios porque era una asesina, pero era tan amable, cariñosa y consejera, que creí en ella. Comprábamos ropa, salíamos a pasear, mirábamos películas. Nunca pensé que podía ser tan mala. Hizo más cosas que por ahora no puedo decir.
–¿Qué cosas?
–No las puedo decir. Además iba a responder no más de tres preguntas.
–¿Qué hizo Yiya?
–No puedo decirlo. El día que lo diga, será una bomba. Pero basta, me voy. No insistas.

Eso mismo dijo Julita cuando Yiya le ofreció un plato del pollo a la naranja que había cocinado. Julita no probó bocado por temor a morir envenenada. “Desagradecida”, le echó en cara la vieja aquel día, mientras le guiñaba un ojo detrás de sus aparatosos lentes, empañados por el horno humeante.


Foto: Leo Liberman