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Viaje a Moravia con Marcelo Luján

La mala espera terminó: la nueva novela de Marcelo Luján ya está en las librerías y viene a agregar un nuevo eslabón en su cadena de relatos oscuros e intrigantes. A diferencia de su título anterior (justamente, La mala espera, donde se desarrollaba una trama grande de narcos y malandras en el Madrid subterráneo), aquí Luján elige contar una tragedia familiar en clave negra –bien negra- que transcurre en el espacio pequeño de una familia de cuatro: el bandoneonista Juan Kosic, su mujer Lidia, su madre Anna y su hermana Ofelia. Todos, de origen moravo, checoslovaco. Todos, inmigrantes fatigados que recorren medio mundo para darse cita con la muerte.

Pero Marcelo Luján también es un inmigrante: nacido en Buenos Aires en 1973, vive desde hace tiempo en Madrid, donde forma parte –junto a Carlos Salem, a Raúl Argemí y a Matías Néspolo, entre otros- de la camarilla de escritores policíacos argentinos del exilio español. El grupo, con un pie en cada continente, ha sabido ganarse su lugar en el vasto mercado ibérico (el propio Luján se alzó con cuatro galardones, siendo el último el Premio Ciudad de Getafe de Novela Negra, de 2009, por La mala espera) y ahora, con festivales locales como el Azabache y el BAN!, y con la distribución local de ediciones españolas (como ocurre con Moravia), busca desembarcar de regreso en casa.

Algo parecido pasa con Juan Kosic, el bandoneonista que Marcelo Luján creó aquí, que vuelve consagrado después de algunas décadas de exilio a su casa en la colonia Buen Respiro, situada en un rincón perdido de la pampa infinita. Allí, en la posada familiar, Juan Kosic se anota como un pasajero más y despista a una madre poco atenta, que no lo reconoce. De alguna manera, Moravia cuenta el retorno de un héroe que busca reconocimiento y que encuentra un final tremendo, con la argentina de Perón y Evita como escenario cercano y las ruinas de la Segunda Guerra Mundial como atmósfera lejana. En ese tablero, la pluma de Luján teje minuciosamente un relato duro y conciso, pero, sobre todo, humano.

Una cita oportuna indica la deuda que tiene Luján con Albert Camus y con El extranjero. Otra, la que guarda con Paco Ignacio Taibo II, uno de los jefes del policial iberoamericano. Equidistante entre esos dos referentes se sitúa esta novela, que también es un homenaje a Checoslovaquia, un país de vida breve, y un cumplido al tango, a las orquestas de la época de oro y a los bandoneonistas de siempre.