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Videoapuntes del Festival Azabache

Quien haya visitado el Festival Azabache que acaba de terminar no habrá dejado de notar el crecimiento que tuvo: su segunda edición, celebrada entre el 10 y el 13 de mayo, pareció más bien la cuarta. Hubo en 2012 más de cincuenta escritores –muchos de ellos, famosos, best-sellers, masivos o como quieran ser llamados; otros, insignes desconocidos; varios, de peso medio; pero todos, brillantes literatos.

Pasaron Osvaldo Aguirre, Cristian Alarcón, Federico Andahazi, Jon Lee Anderson, Vicente Battista, Leopoldo Brizuela, Gabriela Cabezón Cámara, Jorge Fernández Díaz, Mercedes Giuffré, Juan Guinot, Sebastián Hacher, María Inés Krimer, Josefina Licitra, Natalia Moret, Gustavo Nielsen, Guillermo Orsi, Leonardo Oyola, Rodolfo Palacios, Claudia Piñeiro, Gabriel Rolón, Ricardo Romero, Carlos Salem, Juan Sasturain, Reynaldo Sietecase, Juan Terranova, Alejandra Zina, y otros, y otros. Llegaron con el incesante vaivén de las olas, deambularon como los cangrejos, se mostraron y fueron requeridos como los bañeros, se juntaron como los caracoles, y, finalmente, se fueron (porque todo termina –con o sin armas, con o sin violencia).

Mar del Plata se llenó de crímenes de papel y a los 15 mil que pasamos por allí nos dejó satisfechos, a panza llena, de literatura policial en todas sus formas y en todos sus colores: ficción, no ficción, enigma, social, cuento, novela, noticia, crónica, violencia, cómic, erotismo… Lo que sea que exista, allí estuvo.

Algunos, después, atesoran recuerdos. Otros, videoapuntes.

Como este, de la bolsa negra -un misterioso paquete esperaba a todos y a cada uno de los invitados. Adentro, siempre con el logo del Festival Azabache, había una lapicera, una remera y un libro. Y qué libro: una antología de cuentos firmados por Claudia Piñeiro, Carlos Balmaceda, Vicente Battista, Pablo de Santis y varios otros; una radiografía de aquella primera edición del festival, tan fría en el clima playero de mayo y tan caliente en el entusiasmo como ésta.

La foto que sigue es prueba de una mañana de bolitas de paint-ball, que dolían y mucho. Ocho escritores –entre ellos, Rodolfo Palacios, Fernando del Río, Sebastián Hacher, Gustavo Nielsen, Kike Ferrari y Ricardo Romero- se dividieron en dos equipos, se pusieron las máscaras y salieron a la selva a cazarse como rambos. Pero en la mayoría de los casos no fueron más que escritores, y murieron. Uno solo, en cambio, pareció calificar como gurka. Ganador de un premio Clarín, finalista de dos premios Planeta, arquitecto, cantante aficionado de tangos y buen contador de anécdotas, Gustavo Nielsen demostró en el campo de batalla que también es capaz de dirigir un escuadrón y de seccionar los dedos de sus enemigos muertos para guardárselos de recuerdo –como los maniáticos en Vietnam.

Y hubo libros, libros, muchos libros: ¿cuántas páginas había en las tres librerías que montaron sus stands dentro de la Plaza del Agua (la sede mayor del festival)? Sin temor al error, podrían calcularse unas 500 mil. Hagan ustedes el cálculo y verán. Entre los escritores, Leonardo Oyola y Alejandra Zina recorrieron los libros en busca de sus preferidos. Esta pareja de autores –que viene de publicar Kryptonita (él) y Barajas (ella), que vive en un departamento en Almagro acondicionado para escribir sin parar y que, en ese sentido, escribe sin parar durante las noches- encontró títulos tan distantes como los de Laiseca y los de Alarcón. Y más.

¿Pero dónde meter tantos a criminales de papel? Una de sus guaridas fue La Bodeguita, un local de tonos cálidos –de luces bajas y naranjotas-, de maderas, de paredes cubiertas de graffiti y fotografías de los héroes de la cultura sudamericana y de la Revolución Cubana. Allí fue donde, en el primer día del encuentro, los escritores se atrincheraron en dos mesas largas para cenar y, ya alegres, le cantaron dos veces el feliz cumpleaños a Miguel Ángel Molfino y una al español Andreu Martín. Los dos agasajados levantaron los brazos como campeones victoriosos y brindaron por el feliz cumpleaños, aunque fuera una doble y vil mentira, casi tan grande como la literatura.

El café Corso fue otra de las guaridas. Allí, entre tazas grandes y tazas pequeñas, el sorprendente Gustavo Nielsen se sometió al juego del identikit y trazó un dictado de rostro (y de cuerpo entero) para capturar al marplatense prófugo y paladín de la no ficción Rodolfo Palacios, que llegó hasta el encuentro para presentar su nuevo libro, Adorables criaturas (una colección de frescos donde retrata, entre otras leyendas, a Yiya Murano).

Otros deambulaban buscando personajes y tramas… y dinero. El periodista Sebastián Hacher, autor de Sangre salada, conoció varios de los cajeros automáticos de Mar del Plata hasta que logró que su banda magnética fuera leída.

Durante su merodeo buscó, también, la respuesta a una pregunta: ¿el crimen paga?

La escritora y periodista Gabriela Cabezón Cámara viene de sorprendernos con la potencia de una nouvelle digital, Le viste la cara a Dios, publicada por Sigueleyendo.com aquí. Después de La virgen cabeza retomó ese estilo tan personal y caleidoscópico, trabajando lenguaje con furia y con amor, y transformando su nouvelle en un poema glosado que trae un contrapunto constante entre lo refinado y lo soez donde vuelve a lidiar, como en aquella primera novela publicada por Eterna Cadencia, con la divinidad, con las chicas sometidas y con la maldad de los opresores.

Pero bien, aparte de la literatura, ¿alguien sabe a dónde se puede fumar?

Los organizadores del encuentro –periodistas y escritores de pura cepa marplatense: Carlos Balmaceda, Javier Chiabrando, Fernando del Río y, en el programa de no ficción, Juan Carrá- se animaron, incluso, a producir una película en la que hicieron actuar a varios de los escritores. Se tituló El Cofre y fue digna de la más genuina calidad del cine de clase Z. Todos comentaron, durante las exhibiciones, la ductilidad actoral de Claudia Piñeiro, la autora de Las viudas de los jueves y de Betibú.

Después de todo el ajetreo, se vio a Carrá recostado sobre la vidriera de una de las calles aledañas. Contaba, con la voz rasposa y la mirada desgastada, lo que había costado organizar el programa de no ficción, logrando el milagro de traer al afamado cronista de guerra Jon Lee Anderson desde algún campo de batalla de Medio Oriente para sentarlo en una de las mesas del Azabache.

Pero al final todos murieron, como en las buenas piezas de la novela negra -aquellas donde sobrevuelan los fantasmas de Dashiell Hammett, Raymond Chandler y Jim Thompson. Así y todo, el Festival Azabache promete una nueva edición para el año que viene.