Memoria del crimen

El mejor imitador de Juan Moreira

– Me he desgraciado, tata viejo, he muerto a un hombre.
El viejo levantó la cabeza, miró a Moreira a través de un velo de lágrimas y le preguntó sencillamente:
– ¿En buena ley?
Juan Moreira, Eduardo Gutiérrez

Cuando en el último febrero un pícaro colgó en el sitio Mercado Libre la foto de un sable al que presentó como el “Sable de Juan Moreira” y por el que pidió ocho mil dólares (aclarando: “Vendo sable antiguo con historia, perteneciente [sic] a Juan Moreira, regalado a él por el precidente [sic] Alcina [sic]!!! Acero Solinger [sic] Header Número de fabricación 5115”), la condena de los mercaderes virtuales fue unánime: “Te lo permuto por el camión que le regaló Moyano a Simón Bolívar, si no te sirve tengo las alpargatas que usó ET cuando vino a ver a Menem en el ‘94”; “Respetuosamente, si acepta canjes tengo un preservativo de cuero crudo que perteneció al cacique Paja Brava. Podríamos arreglar la diferencia en efectivo”; “Cuidado!!!! A ver si Moreira resucita y te mata por mentiroso!!!!!!!”.

Es que a nadie que esté dispuesto a pagar esa pequeña fortuna por una pieza histórica se le escapa el hecho de que el verdadero sable de Juan Moreira (en realidad, un facón caronero cuya hoja mide 63 centímetros, con el que seguramente dio muerte a varias de las dieciséis víctimas que lo padecieron) está exhibido en el Museo “Juan D. Perón”, de Lobos. Pero es posible que al pícaro vendedor de Mercado Libre (radicado en Villa Dolores, Córdoba) el propio Juan Moreira le perdonara la vida. A fin de cuentas, alrededor del célebre matrero se tejieron una y mil historias. La más fascinante, sin dudas, es la novela Juan Moreira, que Eduardo Gutiérrez publicó como folletín desde noviembre de 1879 en el diario La Patria Argentina y que ha extendido la fama de su héroe hasta nuestros días, tomándose varias licencias poéticas.

Juan Moreira, el hombre real que nació en la aldea de San José de Flores –hoy, barrio porteño- y que murió cuando fue emboscado por una partida de 25 policías el 30 de abril de 1874 en la pulpería “La Estrella” (siendo atravesado por la bayoneta del sargento Víctor Chirino, que acababa de dejarle cuatro de sus dedos al filo cruel del facón caronero de Moreira), tuvo émulos desde muy temprano. Incluso desde antes de que el reloj diera los 900 y la figura del gaucho fuera canonizada del todo.

Quien camine hoy por el boulevard de la calle Perón entre Cerrito y Pellegrini tendrá ante sus ojos una postal típica de Buenos Aires: el Obelisco, a doscientos metros; los autos que avanzan a derecha e izquierda, enloquecidos; la gente que camina en todas las direcciones, como hormigas desordenadas. De ninguna manera podrá darse cuenta, el paseante de hoy, de que en ese mismo sitio el gaucho Juan Moreira tuvo a uno de sus más fieles imitadores.

La historia se remonta a una ciudad en la que la avenida Nueve de Julio y el Obelisco no eran más que un sueño pasajero y donde uno de cada dos porteños había nacido en el extranjero, sin extrañar que se concentrara junto a otros doscientos en alguno de los conventillos de aquellos barrios céntricos y populosos. A poco de andar, el café Cassoulet –famosa guarida de malandras- servía sus últimas ginebras y el café Diván, de Cangallo 1035, emergía como un nuevo refugio donde se cruzaban los cretinos y los honrados. En una mesa al fondo, ni tan cretino ni tan honrado, paraba Mariano Castilla, un francés de 30 años, corista de teatro devenido en tipógrafo y en desempleado, a quien conocían bajo el apodo de “Treinta y Tres” por lo difícil que le resultaba, con su entonación oui-oui, decir esa palabra.

Castilla tuvo su noche moreiresca de sangre y fuego ahí mismo, en Perón entre Cerrito y Pellegrini (por entonces, Cangallo entre Cerrito y Artes), cuando el 15 de marzo de 1898 se batió mano a mano y filo a filo contra 18  vigilantes (¡!) que acudían a detenerlo luego de una pelea que el Treinta y Tres había mantenido con su propio cuñado, un español llamado Sansebastián. “Ha puesto fuera de combate a seis, á unos ha muerto y á otros ha herido gravemente. En pleno centro de la ciudad hemos tenido anoche una escena que podría considerarse como exagerada en la representación de los ‘dramas criollos’ y que ha sido real, provocando el espanto de un barrio entero”, se leyó en La Nación el 16 de marzo.

Dos días después, el mismo diario ya hablaba de “el nuevo y sensacional Juan Moreira”. Y en sus ediciones siguientes contaba la hazaña y sus derivaciones al tiempo que la noticia cobraba la forma de un intenso folletín, de una épica gauchesca en la Babel moderna de los inmigrantes: “Uno de los agentes le arrojó encima el capote. Esto en vez de turbarlo á Castilla le sirvió de ayuda, pues se echó el capote al brazo y, manejándolo como nuestros gauchos el poncho, paraba con él los golpes de machete, arremetiendo contra los que lo asediaban, apuñaleando á unos y tajeando á otros”.

De alguna manera, Castilla traía lo que muchos querían leer: un cuento viejo. “El gaucho ‘malo’ está en las antípodas de los ‘nuevos’ delincuentes que personifican el temor del presente: es atractivo precisamente por estar en retirada, por su esencia moral incontaminada de modernidad”, anota la historiadora Lila Caimari en su imprescindible La ciudad y el crimen, donde señala la oposición entre la “degradación moral” del bajofondo y “la franca puñalada de nuestro paisano, viril y criolla, asestada en esa riña de pulpería de añorada sencillez”.

Sin embargo, cuando el Treinta y Tres fue por fin capturado –su sargento Chirino fue el cabo Félix Ferreyra, que también resultó herido en su brazo izquierdo antes de echarse sobre Castilla- cambió de rostro y pasó de gaucho a delincuente moderno. En efecto, el juez de instrucción Rodríguez Bustamante cayó sobre él con más fuerza de la que habían tenido los jueces de paz para acechar a Juan Moreira. Rodríguez Bustamente interrogó largamente a Mansilla y escuchó de su boca varias historias que no pertenecían a la gauchesca, sino al género ya viejo de los príncipes y las brujas: el Treinta y Tres dijo ser el vizconde León de Laferrand, nacido en Burdeos y criado en España (donde había adoptado aquel otro nombre), y dijo haber tomado como sirvientes a Sansebastián, a su mujer y a su madre. “Lo que hay es que la vieja, la suegra de Sansebastián, es completamente bruja, y yo le he visto la brujería, la tiene del tamaño de una nuez sobre el hombro izquierdo; de pronto se le pasa al derecho; pero como es bruja todo venía en contra mía y así me han hecho perder la cabeza”, declaró Castilla/Laferrand.

De alguna manera, parecía haberse olvidado de su papel. Porque Moreira jamás hubiera salido con esos cuentos: era un criollo de palabra. El francés, en cambio, terminó en el hospicio de alienados.