Pesquisas

Osvaldo Martínez: “la verdad está en las manos de mi novia”

La segunda vez que fue capturado, el 3 de mayo pasado, Osvaldo Martínez –conocido por sus amigos como “Ale” (el nombre árabe que su madre, Herminia, quiso ponerle) y por toda la sociedad bajo el alias de “karateca”- no se sorprendió ni se desesperó. Al contrario, en lo más profundo de su corazón ya lo estaba esperando, seguro de que el changarín Javier Edgardo Quiroga, la Hiena –un alias aún más desgraciado-, lo iba a involucrar para limpiar su responsabilidad. De modo que esta segunda vez Martínez estaba tranquilo, a diferencia de su primera temporada tras las rejas (cuando compartió celda con dos de los acusados del crimen de la niña Candela), porque consideraba que la Justicia ya había dado con el asesino.

Es que fue Quiroga, un albañil que había realizado algunos trabajos de mantenimiento en el PH de la calle 28 de la ciudad La Plata, quien dejó su ADN en la escena del cuádruple crimen ocurrido el 26 de noviembre de 2011, en el que perdieron sus vidas Bárbara Santos, que fue sorprendida en la ducha y que alcanzó a rasguñarlo; la madre de ésta, Susana de Bártole, muerta en la cocina; la hija, Micaela, en la habitación y frente al televisor; y la amiga Marisol Pereyra, a poco de ingresar. El albañil dio una versión según la cual el día de la masacre llegó al PH a pedido de Martínez (que dice haberlo visto una sola vez, en esa casa y de refilón) y tomó mate y fumó mientras lo esperaba. Quiroga dijo que cuando apareció Martínez, él se retiró a trabajar hasta que escuchó unos aullidos que lo hicieron volver, para verse apuntado por un arma en manos del otro. Según Quiroga, el karateca mató a las cuatro mujeres y lo obligó a mover el cuerpo de Bárbara, que permanecía con vida y que alcanzó a rasguñarlo.

Ahora, en la Alcaidía Departamental de La Plata “Roberto Pettinato”, Osvaldo Martínez luce más flaco que en las fotos que se conocieron de él en noviembre, a poco de ocurrida la masacre, pero insiste con su serenidad y asegura que la declaración de Quiroga está plagada de contradicciones.

Esa misma serenidad no carece de crítica: el karateca rebate las pruebas que lo comprometen y se pregunta qué motivos tienen el fiscal Álvaro Garganta, el juez de Garantías Guillermo Atencio y el testigo clave del caso, el remisero Marcelo Tagliaferro, para apuntarle en un proceso que ve plagado de agujeros. “Diez horas después del crimen fui detenido y se me practicó un hisopado debajo de las uñas, que no tenían rastro de sangre, y se indicó que yo no me bañaba desde hacía 18 horas. ¿Cómo puede ser entonces que yo haya cometido los crímenes?”, se defiende. “Además, y con respecto al celular, que marca mi posición de aquel día, no sé por qué una llamada fue tomada por una antena lejana, pero desde que estoy acá vengo pidiendo que se haga la prueba de volver a llamar para ver qué antena responde. También hay contradicciones en las declaraciones absurdas del remisero Tagliaferro, que declaró dos cosas distintas sobre las mismas eventualidades. En la primera declaración, del 28 de noviembre de 2011, dice que no pudo reconocer a la persona que se le acercó porque era de noche y aclara: ‘No tengo la cara’. Dos días más tarde, el 30 de noviembre, afirma que puede reconocer a la persona porque la vio por un espejo del auto y dice que en su cabeza siempre tuvo aquella cara. La contradicción es clara, pero lo que a mí me resulta llamativo es que un fiscal y un magistrado la abalen”.

– Pero hay otras pruebas en su contra.
– Mi auto tampoco tenía sangre, como se dijo, sino manchas de antióxido, que es una pintura anticorrosiva de color naranja, porque mi papá tiene un taller de chapa y pintura y yo suelo ayudarlo. En ningún momento estuve manchado de sangre: me secuestraron una cámara que tiene una foto que nos sacamos el sábado a la mañana [el día del crimen] con Barbi, en la que yo tenía la misma ropa con la que fui detenido al día siguiente. Y esa ropa no estaba manchada con nada: si estuve antes y después del crimen con esa ropa, es imposible que yo me haya manchado con sangre, como se dijo. Yo tenía un moretón un brazo y el doctor que me vio cuando fui detenido anotó ‘Evolución mayor de 24 horas’, habiendo ocurrido el crimen 12 horas antes. Además, ese hematoma lo deben tener la mitad de los mecánicos de la Petroquímica La Plata, donde trabajo, porque el 23 de noviembre nos hicieron un estudio de salud del que hay registros que hasta el día de hoy nadie fue a buscar. Tenía también dos raspaduras en el otro brazo, porque me arañó una perra que me había regalado Barbi. Realmente fue casualidad que yo no hubiera tenido otro golpe en las manos porque en mi trabajo de mecánica pesada uso llaves y herramientas grandes. Ni me quiero imaginar qué hubiera pasado si tenía un martillazo en el dedo… ¡hoy ya estaría con una perpetua en Sierra Chica!

– Si es así, ¿por qué cree que le apuntan?
– La verdad, no lo sé. Cuando se responda esa pregunta se resolverá este enigma. Por la dinámica del fiscal, pienso que acá hay alguien al que le conviene que esto se cierre como si fuera un crimen pasional. Yo tengo el derecho de pensar eso por cómo se está manejando todo. Las pruebas que pidió mi abogado desde el 30 de noviembre, que no sólo llevaban a mi libertad sino también al esclarecimiento del hecho, han sido encajonadas por el fiscal, y serían pruebas científicas rotundas. Además, mi ADN no está en la casa. ¿Cómo puede ser que el fiscal tome en cuenta las palabras de Quiroga, que es un adicto, y que margine la palabra de la ciencia? ¿El fiscal es un ingenuo o una persona a la que la verdad lo perjudica? En esta causa yo soy la persona que pasó presa más tiempo y la que ha sido más investigada, y lo único que puede decir de mí el fiscal es que soy celoso y que hice karate.

– ¿Y es verdad?
– Sí. Pero esas mendacidades que me atribuye se van a caer cuando vayan a hacer la prueba del teléfono a mi casa. Yo quiero que investiguen a todos tanto como me han investigado a mí, para que se dé un embudo que lleve a la verdad.

Karateca y celoso: de lo primero, Martínez cuenta que comenzó a practicar el arte marcial a los 12 años, en un club de Berisso, y que lo tuvo que dejar una década más tarde, cuando el trabajo y los estudios en la facultad de Ingeniería de la Universidad de La Plata colmaron su agenda. “Hace seis años que ya no hago karate, pero no me molesta que me digan ‘karateca’…  muchos lo hacen con ironía”, considera este cinturón negro. Y aclara que karate-do significa “el camino de la mano vacía”. “Acá hubo mucha gente que se tomó muchos atributos”, sigue. “Gente que nunca en su vida hizo karate opinó sobre el karate y dijo que enseñaba a matar. Y nada más lejos. Gente que no es psicóloga opinó sobre psicología. El mismo fiscal opinó sobre las antenas de los teléfonos celulares. Y una de las juezas dijo que yo sufría de una celopatía, cosa que dedujo porque yo iba a buscar a mi novia a la una de la madrugada cuando salía de su trabajo”.

Luego, cuando habla de Bárbara, sus ojos se llenan de lágrimas. El hombre acusado de matar sin miramientos se quiebra como un niño cuando evoca la fiesta de noviembre de 2008 –otro noviembre- en la que se conocieron. “Me acuerdo de ese momento como si hubiera sido ayer”, jura. “Era una casa quinta, al aire libre, de noche. Yo había ido con unos amigos y ella estaba con los suyos. Cuando la vi por primera vez me di cuenta de que era una mujer distinta. En ese momento me acerqué muy poco, no hice más que mirarla y cruzar algunas palabras, pero se formó un grupo de amigos y empezamos a salir sábado de por medio, con lo que nuestra relación se fue estrechando, hasta que le pedí el teléfono y, mensajes de por medio, concretamos una salida. La primera vez que le di un beso fue en Chavela, un boliche de La Plata. Y nos pusimos de novios. Barbi fue la primera y la única novia que tuve”.

Y después vuelve. Se recompone. Se asegura. “Sé de mi inocencia desde el primer momento y sé que si esto se maneja de una forma correcta llegará el momento en que salga en libertad”, agrega. “La verdad está en las manos de mi novia: ahí está el ADN del asesino. Barbi es quien hoy está demostrando mi inocencia y estoy seguro de que es cuestión de tiempo para que paguen todos los que tienen que pagar: el asesino, el mitómano, el transa y los incompetentes. Si Quiroga no se fugó en los cinco meses que le regaló el fiscal, hay que agradecérselo a la casualidad porque él ya había tenido enfrente como testigo, sin un ápice de sospecha. Y si hay que agradecerle a alguien que Quiroga esté preso, es a los científicos que estudiaron, que encontraron un patrón genético y que lo pudieron comparar. Y es esa misma ciencia la que me va a poner en libertad”.

– ¿Volvió a la casa de la masacre cuando estuvo libre?
– No, nunca más. Pasar por esa casa no me va a generar el mismo sentimiento y hasta mi propia casa está en venta porque cada rincón es un recuerdo de Barbi: la cocina, la cama, el sillón… Pasábamos noches y días, por eso me hace tan mal estar ahí. Y no importa cuánto llore, no importa cuánto sufra, no importa cuánto espere… yo sé que a mi novia ya no la voy a ver nunca más y ese es, más que cualquier otro, el epicentro de mi dolor.

– ¿Cómo es el paso de la Facultad de Ingeniería a la cárcel?
– Durísimo. ¿Cómo puede ser que uno está allá y en un instante pasa a estar al revés? El que no tiene la capacidad para entenderlo, no sabe dónde está parado. El 25 de noviembre yo estaba en el cumpleaños de mi novia. Todos le cantamos feliz cumpleaños, todos la vimos soplar las velitas, todos comimos torta… y dos días más tarde yo estaba preso sin ella, sin la nena, si mi facultad, sin mi trabajo, sin mis cosas, sin mi libertad… Pero todas las respuestas van a aparecer porque los elementos están: el fiscal no debe olvidar que tiene a la persona que estuvo adentro de la casa mientras ocurría el crimen, que es Quiroga, y también tiene a la que estuvo afuera, que es el remisero Tagliaferro. Uno de los psiquiatras me dijo: “Martínez, ¿es consciente de la acusación que pesa sobre usted?”. Sí, lo soy. Y ahora yo le preguntaría al fiscal lo mismo: Garganta, ¿usted es consciente del crimen que está tratando de resolver?

Una versión de esta nota se publicó en la revista El Guardián.