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Diarios de la Morgue/1

Un hedor ahumado y ácido flota en esa sala ancha y de ventanales amplios y yo miro el cuerpo esbelto, desnudo y ennegrecido que descansa sobre una camilla cubierta con una sabana, que acaban de traer. A solas, frío y en silencio, ese hombre muerto aguarda su turno.

Me espera a mí.

Yo soy la última persona que escuchará sus reclamos. La última persona a la que le hablará en un idioma que importa. Cada día, en la morgue, los cuerpos me siguen contando sus historias, aun cuando se hayan reducido a un montón de huesos. Pero mi primer acercamiento con la muerte ocurrió hace ya mucho tiempo.

Corría el año 1984 y yo tenía apenas seis años. Los domingos, varias veces al mes, íbamos a visitar a mi abuela Irma, que vivía en el campo. Su casa estaba ubicada en una zona rural llamada Gowland, en el interior de la provincia de Buenos Aires, adonde se accedía por caminos de conchilla que parecían lijar los neumáticos del auto de mi padre y formaban una costra similar al pan rallado en el chasis.

En el verano se podía disfrutar de una mañana soleada o de un atardecer bajo la copa de alguno de los tres arboles que se erguían en el amplio fondo de césped surcado por un camino central de baldosas.

En ese escenario tan placido e idílico fue mi primer encuentro con un cadáver. Pero no fue con el de un ser humano. No, todavía faltarían algunos años para ello.

El domingo en cuestión, después de saludar a mi abuela, y mientras mis padres charlaban en la cocina, yo salí al patio trasero. Éste se extendía por más de cincuenta metros. La luz del sol me enceguecía, pero a lo lejos, en el fondo, alcanzaba a ver un bulto oscuro que descansaba en el piso. Me acerqué con cautela. La forma oscura y desdibujada en un principio se transformó en algo familiar: un perro. El perro de uno de los vecinos de mi abuela. Lo recordé porque era particularmente ruidoso y sus ladridos solían molestar a toda la cuadra.

No quise acercarme por miedo a que despertara de su sueño canino y me atacara. Hice ruidos con la boca, primero suaves y después, más sonoros. Pero el perro no despertaba. Busque una escoba y con la punta del palo lo toqué, pero el animal seguía inmóvil. Finalmente, me acerqué hasta donde se encontraba y vi su rostro, pétreo, sus ojos abiertos, con una mirada vacía y la lengua seca, que se asomaba de su boca abierta.

Miré en los alrededores y había pisadas dejadas en la tierra mojada que finalizaban en la ubicación donde se encontraba. Mas huellas en uno de los muros bajos, en el camino de baldosas… Sus patas estaban sucias con barro. Efectivamente, eran las suyas. Él las había dejado en su camino, hasta donde finalmente se desplomó y murió. Con esos escasos datos, casi que pude rearmar los últimos momentos antes de su fallecimiento. A esa corta edad, donde el concepto de la muerte aún no está definido por completo, me encontré cara a cara con ella.

Años más tarde, leí en algún libro que los animales domésticos, como perros y gatos se alejan para morir. Instintivamente saben cuando su momento se acerca y como si no quisieran molestar a la familia con sus despojos, se alejan para morir en soledad.

Ese día, entré en la casa y les conté lo que había encontrado en el fondo. Mi abuela llamó al vecino que vino a buscar a su mascota y con lágrimas en los ojos, se lo llevó. Yo me quedé ahí, parado frente al lugar donde el perro había estado echado, con mi mente de niño llena de preguntas: ¿Qué pasaría con el perro ahora? y ¿Qué le había ocasionado la muerte?

Hoy, con mi mente adulta y entrenada en ciencias forenses me hubiese preguntado: ¿su muerte fue natural, o producto de una acción criminal?

Son las preguntas que a diario nos hacemos cuando estamos frente a un cuerpo frío y desnudo que descansa sobre una mesa de acero inoxidable de la sala de autopsias.

Si lo que yo hubiera encontrado hubiese sido un ser humano, las cosas hubieran sido muy distintas. Para empezar, tendríamos que haber llamado a la policía. Ellos hubieran llegado con un equipo de forenses que investigarían el lugar donde se encontró el cadáver, lo que a partir de ese momento se habría transformado en la escena de un crimen.

Junto con ellos acudiría un examinador medico-un graduado en medicina de cualquier especialidad  que trabaja a tiempo parcial, en colaboración con el patólogo y la policía-.

Los patólogos forenses son los que practican las autopsias, pero el examinador médico es quien acudirá al escenario de una muerte inesperada, súbita o violenta.

La policía local llamaría al médico para que acudiera al lugar del crimen que estaría acordonado y protegido tanto del público como de las inclemencias del clima. Si el caso lo requiriera, se instalaría un toldo o tienda de campaña y se rodearía al espacio con potentes reflectores. En las calles habría agentes manteniendo a raya a los curiosos y desviando el transito.

El medico insertaría un termómetro esterilizado en el recto de la víctima-siempre que no se sospechara de una posible violación- y tomaría su temperatura, para compararla con la del ambiente. Tras un cálculo rápido, podría tener una idea del tiempo de muerte, ya que se estima que la temperatura corporal desciende aproximadamente un grado por hora, las primeras doce horas después del deceso.

Comprobaría el grado de Rigor Mortis, es decir, la rigidez del cadáver y el Livor Mortis, o las manchas que se forman por acumulación de sangre en las partes declives del cuerpo.

Realizaría un minucioso examen externo del cadáver, así como también de sus ropas y de lo que habría debajo y en sus alrededores. Tomaría fotografías y recolectaría cualquier prueba que se pudiera perder en el traslado. Tomaría notas y enviaría el cuerpo al depósito de cadáveres del distrito correspondiente, para que un patólogo forense practicara la correspondiente autopsia.

Y allí es cuando comienza nuestro trabajo. Cuando el cuerpo llega a la morgue con la orden judicial para que determinemos que provocó que esa persona dejara de caminar por el mundo de los que respiramos. Allí es cuando comienza el desafío que la muerte se empeña en ocultar, pero que la ciencia, el entrenamiento y la experiencia logran develar. Ese es nuestro trabajo. Esa es nuestra vida. Porque la muerte no es el fin. En nuestro caso, es sólo el comienzo.

Continuará…

Leé una entrevista con Gastón Intelisano

Gastón Intelisano nació en San Martín, Provincia de Buenos Aires, el 16 de Mayo de 1978. Durante cuatro años acompañó como pasante universitario a la U.M.F.I.C. (Unidad Médico Forense de Investigación Criminalística), donde pudo observar de cerca el trabajo tanto de médicos forenses como de peritos y asistir a numerosas escenas de crímenes y autopsias. Es Licenciado en Criminalística y Radiólogo. Modus operandi es su primera novela.