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Diarios de la Morgue/2

Mi formación en ciencias forenses y médicas no me permite reaccionar al horror de la misma forma que lo haría la gente normal. Se supone que debo enfrentar cualquier espectáculo, cualquier imagen o cualquier olor sin vacilar ni temer. Tengo que poder reconstruir el horror sin sentirlo en forma personal. Invocarlo, sin dejar que me siga a casa: soy licenciado en Criminalística, Radiólogo y Técnico en autopsias.

Hace un tiempo, en una reunión de amigos surgió el tema de los que aún continuamos solteros. La mayoría de mis amistades que han superado la barrera de los treinta años ya están casados y en algunos casos también tienen hijos. Mientras discutíamos entre risas y copas el por qué de nuestra tardía soltería uno de mis amigos enunció:

– ¿Y vos qué querés, si te la pasas cortando a la gente en pedacitos?

Las carcajadas se multiplicaron en ese momento, pero muchos días después, su frase seguía dándome vueltas en la cabeza. De alguna manera, la respuesta que dio mi amigo, me puso cara a cara con el modo en el que la gente nos ve. Somos bichos raros. Los colegas entenderán perfectamente a lo que me refiero.

A menudo cuando conozco a alguien y le comento cual es mi trabajo, me parece ver como pasa por su imaginación la imagen de mi persona ataviada en un delantal manchado de sangre con vísceras en las manos y un bisturí en la otra. En algunos casos genera fascinación e interés, porque entienden del tema, en otros puede que no vuelva a tener noticias de esa persona.

Lo he consultado con infinidad de colegas del ambiente y todos coincidimos. Muchas veces debemos explicar (como si hiciera falta) que cuando nuestro trabajo termina también tenemos una vida que nada tiene que ver con el crimen ni con la muerte. Que hacemos actividad física, tenemos hobbies, nos gusta viajar, disfrutar de un buen vino, cocinar para amigos o ir a cenar con nuestra pareja.

Reconozco, también, que a veces es difícil sentirse una persona normal con emociones normales cuando se esta rearmando en la mesa de autopsias a un cuerpo que ha sido desmembrado o se está hirviendo huesos en una olla de cuarenta litros para que queden limpios y lustrosos y podamos buscar marcas que indiquen un traumatismo.

Podría pensarse que es una indignidad o una muestra más de menosprecio para lo que fue una persona, pero en nuestro trabajo, sencillamente no hay otra manera de hacerlo.

La muerte es un tabú. Un tema del que no se habla. El tópico del que se busca salir si se cuela en una conversación. Porque para nuestra cultura occidental, la muerte es el fin. Marca la conclusión de una vida y por eso, le tememos y preferimos no nombrarla.

Los que trabajamos con la muerte (y aun los que trabajan salvando vidas) sabemos que es una presencia constante. Esta allí, no la negamos. Pero no dejamos que se lleve todo el protagonismo.

Al fin y al cabo la muerte no dista tanto de un criminal. Toma lo que no es suyo. En algunos casos, utilizando el dolor como medio, en otros, aprovechándose de los débiles, los que han perdidos el interés o los motivos para vivir. En el peor de los casos, algunos hacen el trabajo sucio para ella.

En junio participé junto a una médica forense, María del Carmen Almada, en el primer festival de novela policial de Buenos Aires, el BAN, que reunió a autores del género de nuestro país y del exterior, pero que también incluyó a periodistas, jueces, fiscales, policías, sociólogos, delincuentes (que dicen haber pagados sus cuentas con la sociedad) y por supuesto, forenses. En una mesa redonda titulada “Los muertos hablan: dos forenses le dan la palabra”, charlamos del día a día en una sala de autopsias. El periodista que moderaba arrancó con una presentación nuestra y enseguida nos preguntó:

– ¿Qué motiva a un medico, que podría ocuparse de personas vivas, a trabajar con cadáveres? ¿Qué lo lleva a meter sus manos en un cuerpo sin vida?

La respuesta de la médica forense no se hizo esperar:

– Lo que motiva a un medico forense es encontrar la verdad. La verdad necesaria para hacer justicia ante un tribunal. Lo motiva la victima, para quien el médico forense es su último aliado. Él será la última persona que podrá ayudarlo y señalar a su verdugo, ya sea este natural, como una enfermedad, o criminal, en los casos de una muerte violenta.

Con respecto a la segunda pregunta, aquello de que meter las manos en un cuerpo sin vida sea lo más común para un medico, respondió ella. Y continuó:

– Los médicos comenzamos nuestra formación teniendo contacto con cadáveres. Basamos el conocimiento de la anatomía humana en lo que vemos en cuerpos donados a la ciencia. Lo cierto es que no todos los médicos eligen la medicina legal, que requiere de un entrenamiento y un olfato especial. En algunos casos, muchos médicos no cuentan con ese olfato y en otros prefieren no desarrollarlo.

La muerte puede parecer el lugar donde terminan todas las historias. En la morgue y más precisamente, en cada una de nuestras mesas de acero inoxidable, es donde las historias que pretendían inmutarse, confesarán.

Continuará…

Leé una entrevista con Gastón Intelisano

Gastón Intelisano nació en San Martín, Provincia de Buenos Aires, el 16 de Mayo de 1978. Durante cuatro años acompañó como pasante universitario a la U.M.F.I.C. (Unidad Médico Forense de Investigación Criminalística), donde pudo observar de cerca el trabajo tanto de médicos forenses como de peritos y asistir a numerosas escenas de crímenes y autopsias. Es Licenciado en Criminalística y Radiólogo. Modus operandi es su primera novela.