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Diarios de la Morgue/3

Los olores son parte del lenguaje de los muertos, tanto como lo son las cicatrices y los tatuajes.

Y son una presencia muy desagradable. El hedor nauseabundo por momentos parece oscurecer el sol y no importa todas las veces que yo haya percibido ese olor, nunca consigo acostumbrarme a él. He aprendido a bloquearlo sin descartarlo y jamás mengua con cigarrillos, perfume ni nada.

Cualquier patólogo forense honesto admitirá que los procedimientos de la autopsia son atroces. No hay nada como la incisión mento-pubiana en ningún procedimiento quirúrgico  premortem, pues tiene el aspecto de su nombre: el bisturí va desde el mentón, se desplaza por toda la longitud del torso y termina en el pubis después de un leve desvío alrededor del ombligo. La incisión que se realiza de oreja a oreja antes de serruchar el cráneo tampoco tiene nada de atractiva.

“¿Qué es lo que se siente cuando uno está a punto de realizar una autopsia?”, me preguntan a menudo. Quieren saber qué sentimiento experimento al estar frente a un cadáver. Mi respuesta pasa por evaluarlo clínicamente. Incómodo con ese sentimiento, lo aparto de mí. Lo estudio como un órgano al que estoy disecando.

Las personas que no me conocen en profundidad pero saben a qué me dedico pensarán que nada me impresiona. Que nada me asusta o me perturba. Supondrán que podría hacerle frente a cualquier situación.

Seguramente los decepcionaría si les confesara que, aunque trabajo con muertos, no podría ser bombero o paramédico, porque me impresionan los gritos de dolor de una persona viva. Que me provoca un asco inconcebible tocar la piel del pollo crudo con las manos desnudas  o que las salas de terapia intensiva siempre suscitan en mí cierta desazón.

¿Cómo es el trabajo en la morgue? Cada mañana, cuando traspongo la puerta de la sala de autopsias, hago la transición de ambientes con revestimientos en madera y cerámicos a un mundo de riesgos biológicos, desolación y ataques violentos contra los sentidos. La temperatura baja estrepitosamente en el interior de la sala, el agua repiquetea en las piletas y en el fondo de la mesa de acero inoxidable.

En el camino uno va dejando los zapatos y la ropa y almacenándolo todo en los armarios. Tengo siempre un par de botas altas de color blanco cerca de la puerta de la sala de autopsias. No están destinadas a caminar nunca más por el mundo de los vivos, y al finalizar cada día descansan en un recipiente con abundante agua y desinfectante, hasta que vuelva a tener que usarlas.

A continuación me coloco un traje descartable que me cubre por completo desde el cuello hasta las rodillas y que protege mis brazos con mangas de puños elastizados que tapo con los dos pares de guantes de látex que cubren mis manos. Me pongo un delantal impermeable blanco, un gorro y barbijos quirúrgicos.

El último toque es una capucha con visor para proteger mis ojos de salpicaduras… que pueden transportar amenazas tan serias como la hepatitis o el VIH.

Entonces, cuando estoy listo, preparo los instrumentos que me ayudaran en mi tarea: el bisturí, al que le coloco una hoja nueva; los cuchillos; la sierra Stryker; los frascos para muestras. Cuando practico autopsias tomo secciones de cada órgano y en ocasiones, también de las heridas. Ese tejido va al laboratorio de histología, donde se los convierte en portaobjetos que los médicos deben revisar.

Otra pregunta frecuente es si tengo pesadillas después de haber trabajado en algún caso particularmente oscuro o violento.

La respuesta es un rotundo NO.  La morgue no me inquieta. No es un lugar donde el temor habita. Ya no hay sitio para él. Es el lugar donde los muertos por fin hablan libremente para que nosotros hagamos valer su palabra.

Trato de ver a cada autopsia como un acto médico. Como una forma de dar respuesta a un interrogante que el juez me propone. Un medio para lograr que se haga justicia y que una persona pueda descansar en paz.

A pesar de todas las indignidades en la práctica de una autopsia, nadie respeta más a los muertos que los que trabajamos con ellos y escuchamos sus historias.

La finalidad de nuestro trabajo es, siempre, ayudar a los vivos.

Continuará…

Leé una entrevista con Gastón Intelisano

Gastón Intelisano nació en San Martín, Provincia de Buenos Aires, el 16 de Mayo de 1978. Durante cuatro años acompañó como pasante universitario a la U.M.F.I.C. (Unidad Médico Forense de Investigación Criminalística), donde pudo observar de cerca el trabajo tanto de médicos forenses como de peritos y asistir a numerosas escenas de crímenes y autopsias. Es Licenciado en Criminalística y Radiólogo. Modus operandi es su primera novela.