Memoria del crimen

Lila Caimari: “No me interesa lo que la policía trata de demostrar, sino lo que dice sin darse cuenta”

Corre el año 1936 y el enemigo público número uno del país, el Pibe Cabeza, riega con sus atracos los pueblos pequeños, las ciudades y las rutas provinciales a lo largo del territorio nacional. Rogelio Gordillo –así se llama- fue peluquero en su Colón natal, donde era diestro con la tijera y el peine, pero ahora lo es con las Colt .45, una en cada mano. El Pibe Cabeza roba sacas de dinero y roba autos, le pone el cuerpo a los enfrentamientos con la ley y escapa cubriéndose de una lluvia de balas. Y comparte algo con Mate Cocido, Severino di Giovanni y otros ilegales de la época: a todos los acompaña una banda de pistoleros de figura estilizada, revólver a mano, traje cruzado y sombrero.

Como aquellos, el Pibe Cabeza es el terror de la policía, pero también es el síntoma de una época en la que los automóviles y las armas de repetición impulsan con sus aires modernos el delito y reconfiguran ciertas inquietudes: para el periodismo y la policía de los años treinta, ya no importa tanto el punga oculto en la multitud como la espectacularidad de los golpes relámpago, y sobre ésta y otras cuestiones escribe ahora la historiadora Lila Caimari. Su nuevo libro se titula Mientras la ciudad duerme. Pistoleros, policías y periodistas en Buenos Aires, 1920-1945.

Caimari (licenciada en Historia por la Universidad Nacional de La Plata, con doctorado en el Instituto de Estudios Políticos de París) es uno de los referentes para la historia cultural argentina que estudia al delito, aunque, como ella misma aclaró en otras páginas, no tanto al “delito cometido” como al “delito comentado”. Luego de detenerse a analizar el devenir de la ilegalidad en la vida cotidiana durante el último tramo del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX (en el ineludible La ciudad y el crimen), la apuesta de Caimari en su nuevo libro es ahora por la policía y por sus archivos, que pueden observar (siempre que todavía se conserven: un asunto difícil) las transformaciones del delito y de  la ciudad en una época de cambios veloces.

“Nadie ha usado los archivos policiales porque son de acceso complicado, y una vez accedidos, son complicados en sí mismos”, dice la historiadora en su estudio, rodeada de torres de libros en varios idiomas. “Pero lo que me interesa de la policía no es lo que trata de demostrar, sino lo que dice sin darse cuenta. Yo quiero demostrar que esos archivos pueden hablar también de las calles de Buenos Aires, de los suburbios, del centro y de un anecdotario porteño”.

Los historiadores suelen discutir sobre la década de 1930. ¿Qué ve usted ahí?
Se discute si hay que separarla o si es posible subsumirla en el período de entreguerras. Desde mi mirador, encuentro que esa década tiene un crescendo de la violencia social en su primera mitad. Está la violencia política, de la que ya sabíamos, pero también está el pistolerismo que viene creciendo desde fines de la década de 1920 y la policía que se arma y que tiene instrumentos de coerción más eficaces.

¿Cómo se percibe aquella violencia hoy?
El acceso a las armas baratas de repetición se hace masivo y se banaliza, la pistola de repetición se convierte en un objeto de consumo, aparecen crímenes que no estaban en la imaginación social, se cruza un umbral y eso también viene de la velocidad, de la modernidad misma. Sin duda, la densidad en las prácticas de la violencia separa a la década de 1930 de la anterior. Existe una violencia dispersa que es más que el golpe de estado y el fascismo, y que configura un clima de época. Pero eso se puede ver con muchos ingredientes distintos, traídos con un cuidado puntillista y después vistos desde cierta distancia.

¿Qué lugar ocupaban los periodistas en ese mundo?
Pasé mucho tiempo leyendo las secciones policiales de los diarios de la época y me encontré que la mediación del periodismo era muy fuerte y muy interesante. Así fue como comencé a interesarme cada vez más en esa dimensión: hice foco en algunos trabajos de los periodistas, mostrando qué recursos utilizaban para relatar distintos delitos y cómo los tomaban de la literatura o de la ciencia. En Mientras la ciudad duerme, a diferencia de otros trabajos anteriores, pude comparar por primera vez lo que decían los diarios con el archivo de la policía y sus gacetillas. El lugar del periodista fue recolocado: me di cuenta de que mis preguntas no debían apuntar a la gran nota, sino a la nota promedio, donde el mensaje de la policía pasaba con mayor claridad que en la gran nota.

¿Cuál es el mejor archivo policial que hay en la Argentina?
Esa una pregunta optimista. No hay tal cosa como un archivo policial; cuando yo digo “archivo policial” exagero. O, si lo hay, no está abierto a gente como yo. Lo que hay es una biblioteca creada hace años a partir de la de Francisco Romay, un historiador de la Academia Nacional de Historia y miembro de la policía que se tomó muy en serio su tarea. Con sus libros y algunos agregados se fundó el Centro de Estudios Históricos Policiales “Comisario Inspector Francisco Romay”. Pero como hasta hace poco no sabíamos nada del tema, todo lo que aprendemos sirve.

¿El Estado no ha intervenido en este rincón de la policía?
Es que el problema que hay con los archivos de la policía es la policía, pero también lo es una especie de suicidio simbólico que ha cometido el propio Estado argentino. Y le va mucho mejor a los historiadores colonialistas que a los que trabajamos sobre fines del siglo XIX o siglo XX, porque a medida que se avanza en el tiempo los archivos son peores: el Estado no ha resguardado su propia producción, ni sus saberes, ni su memoria. Y esto, a pesar de que hablemos todo el tiempo de la memoria. Por eso hay períodos gigantescos y preguntas sobre el pasado que están perdidos para siempre por esta mezcla de negligencia, descuido y corrupción.

¿A qué atribuye esta falencia nacional en los archivos?
Sería un error atribuirlo todo a la destrucción deliberada de archivos; mucho ha sido simple descuido. El problema que tenemos los historiadores que trabajamos sobre delito es el mismo que tienen los historiadores en general, por eso estamos muy circunscriptos a escribir sobre los temas para los cuales vamos a encontrar material. Esto no quiere decir que no se pueda hacer nada; al contrario, hay muchísimo por hacer porque la historiografía argentina es tan embrionaria (y sólo con la vuelta de la democracia se profesionalizó) que hay un mundo de proyectos por delante. Está todo por hacerse y eso es muy vitalizante.