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Diarios de la Morgue/4

En la morgue existen fenómenos reales, que todavía no he presenciado (por fortuna) pero que conozco a través de lecturas y de anécdotas. Y, les aseguro, estos fenómenos pondrían los pelos de punta de cualquier ser humano (vivo).

Algún tiempo atrás, mientras hacía zapping, me detuve mirando un episodio de la serie Los expedientes secretos X. La escena con la que arrancaba la historia mostraba el choque de una ambulancia con un camión, su destrucción casi total y la muerte de un paramédico, que quedaba tendido sobre la calle con la cabeza separada de su cuerpo. Luego era llevado a la morgue, a la espera de la autopsia.

Hasta aquí no había nada fuera de lo normal. Pero a la medianoche el encargado de la morgue comenzaba a oír ruidos extraños que provenían de las cámaras refrigeradas donde permanecían guardados los cuerpos a tres grados bajo cero. El joven se quitaba los auriculares y dejaba de completar los protocolos de autopsia. Y más ruidos, como de pies que empujaban la puerta de la cámara refrigerada desde adentro. Atento pero atemorizado, se acercaba hasta la zona de donde provenían los inquietantes sonidos… Y entonces era golpeado por una figura que se le acercaba desde atrás: el cuerpo sin cabeza del paramédico, que huía después a paso firme.

¿Una situación completamente inverosímil?

A lo largo de la historia muchos médicos han relatado cómo se movió el cadáver mientras se le realizaba la incisión que da comienzo a la autopsia o mientras revisaban su cuerpo todavía vestido. Cuentan que movieron sus brazos, sus piernas, que abrieron los ojos o la boca. Que parecía un grito mudo y eterno.

¿Estaban vivos todavía?

No. Hoy en día contamos con muchos medios para certificar la muerte, a diferencia de épocas pretéritas en las cuales los conocimientos en tanatología (la especialidad dentro de la medicina legal que estudia los fenómenos que rodean a la muerte) eran escasos y la posibilidad de despertar en un féretro cerrado y enterrado era algo tan común que llevó a que se construyeran ataúdes con una campana que podía ser accionada por el enterrado y dar señales de que aun estaba vivo -perpetuando desde ese momento la famosa frase “salvado por la campana”.

Hoy podemos dar una respuesta científica a esa broma pesada que nos juegan los muertos: son impulsos eléctricos que quedan reservados en los tejidos y que al ser transmitidos post-mortem producen una respuesta en forma de movimiento. Otros médicos especialistas hablan de calambres que sobrevienen una vez que la rigidez abandona el cuerpo.

En el caso de los ojos y las bocas que se abren, se trata de esos mismos impulsos eléctricos, pero que esta vez provienen del cerebro, donde quedan alojados.

Hay otro fenómeno que es aún más escalofriante y es lo que los forenses llaman “el sonido de la muerte”. Se trata de la contracción del diafragma que hace expulsar el aire contenido en los pulmones y provoca oscilaciones al nivel de las cuerdas vocales en el cuello, produciendo un ruido que, según la cantidad de aire, puede tratarse de un sonido gutural o en el peor de los casos de algo muy parecido a un grito de ultratumba.

Mi amiga y mentora, la médica forense Nora Nigro, me contó una experiencia personal que le tocó vivir, en la que escuchó el sonido de la muerte.

Se trataba de un hombre obeso que había muerto de un infarto en plena cancha de tenis mientras jugaba con un amigo. La Unidad Medico Forense asistió como de costumbre para realizar las primeras pericias en el lugar del hecho. Cuando la doctora Nigro tuvo que examinar el cuerpo, que se encontraba acostado de espaldas, solicitó la ayuda de un joven oficial. Juntos trataron de girarlo y observar si existían lesiones en la parte trasera del cuerpo, que estaba cubierta de polvo de ladrillo. Ante el gran peso del cadáver y la contextura pequeña de ambos, el cadáver se derrumbó cayendo hacia adelante y presionando el diafragma, lo que provocó que todo el aire que se había acumulado en los pulmones atravesara sus cuerdas vocales. Emitió entonces un sonido espantoso; el joven oficial soltó el cadáver y salió corriendo en estado de shock.

Hace unos días me tocó finalizar una guardia, muy tarde en la noche, siendo la última persona que quedaba en la morgue hasta la llegada del sereno. Fueron dos horas en las que nadie más que yo se encontraba en ese edificio con dos cámaras refrigeradas repletas de cadáveres.

Las ventanas me devolvían oscuridad al otro lado del vidrio, porque en el edificio de los tribunales, que se encuentra frente al nuestro, ninguna de las oficinas estaba ocupada. Fue una prueba de fuego. Entonces fue cuando recordé una frase de cabecera de la doctora Nigro: “A los muertos no hay que tenerles miedo. De los que tenés que temer y desconfiar es de los vivos”.

Su frase me reconfortó… pero no voy a negarles que me sentí más tranquilo cuando el sereno, finalmente, llegó.

Leé una entrevista con Gastón Intelisano

Gastón Intelisano nació en San Martín, Provincia de Buenos Aires, el 16 de Mayo de 1978. Durante cuatro años acompañó como pasante universitario a la U.M.F.I.C. (Unidad Médico Forense de Investigación Criminalística), donde pudo observar de cerca el trabajo tanto de médicos forenses como de peritos y asistir a numerosas escenas de crímenes y autopsias. Es Licenciado en Criminalística y Radiólogo. Modus operandi es su primera novela.