Memoria del crimen

Andrei Chikatilo: el Ciudadano

Por Dante Leguizamón.

Encienda el velador y acomódese en la butaca. Está por conocer una historia real. Está por acercarse al terror.

Primera escena: Estamos al final de la década de 1930, en la Unión Soviética de Joseph Stalin sumergida en la miseria en tiempos de pre-guerra mundial. La fría madrugada ucraniana encuentra al niño acurrucado en un rincón de su catre. Aterrado y soñando con su primo, es primo al que nunca conoció. La noche anterior le contaron que dos años antes de su nacimiento aquel otro niño se alejó de la casa, pero nunca regresó. También le cuentan que para la época de aquella desaparición la hambruna en la URSS era tanta que la conclusión fue que el niño había sido devorado por los vecinos. En la pesadilla, que se repetirá por mucho tiempo en la cabeza del pequeño Andrei, él ve a sus propios vecinos de la aldea de Yablochnoye, donde vive, devorándose a su primo.

El escenario se oscurece.

Segunda Escena: El niño tiene doce años y todavía se hace pis en la cama. Guarda ese secreto con obsesión y resentimiento. En la escuela, durante las clases, todo es una tortura: un problema en los ojos que no se anima a acusar le impide ver el pizarrón. Como está seguro de que se trata de un defecto que lo diferenciará aún más de los demás, Andrei se mantiene callado. Se siente culpable. Imperfecto.

Si no tiene tinta en la lapicera, tampoco tiene fuerzas para pedir ayuda. Sólo puede sentarse en la silla y llorar. Todas esas actitudes lo hacen víctima del maltrato de sus compañeros. Tendrán que pasar 18 años más para que se anime a hacer algo con respecto a su miopía. A los 30 recién, comenzará a usar anteojos.

Se escuchan tiros, gritos. Una luz roja ilumina el escenario.

Tercera escena. Andrei vive en una zona de guerra. Gran parte de su Ucrania natal esta invadida por el ejército nazi y los tiroteos son moneda común. Pese a su miopía, el pequeño aprende a ver la muerte en las calles. La violencia también le llega de manos de sus pares. Además de los maltratos por sus dificultades visuales se vuelven frecuentes las referencias a sus pechos, que son demasiado grandes. Comienzan a llamarlo “Baba”, el término peyorativo para señalar a las mujeres. Alguien se cruza en el baño con él y encuentra que tiene un prepucio “extraño”. La noticia corre en boca de todos.

Cuarta escena. El adolescente se para frente al mapa del mundo. Concentrado empieza a recitar de memoria la extensa lista de los presidentes comunistas. Cada nombre y cada apellido es acompañado con un movimiento de su dedo índice, que señala el país de origen. Tiene apenas 16 años. Es considerado un buen alumno y se lo reconoce como un apasionado lector de Chejov y Dostoyevsky. Fanático de los textos de Marx, Engels y Lenin. Su fervor ideológico lo protege de sus incapacidades. A los 16 años es el director del “Diario Rural”, miembro del comité de la escuela y encargado de traducirle a sus compañeros los mensajes del poder.

Una luz cenital, blanca ilumina un rincón de la sala. Un chico y una chica están parados junto a un jardín de flores.

Es primavera. Tania Bala, de 13 años y amiga de la hermana de Andrei, viene a casa a buscar a Tatiana. Por alguna razón el adolescente Andrei, de 17 años, siente que debe hacer algo. Lo hace. Abraza a la chica y la acuesta sobre el césped. Permanecen acostados así, durante unos minutos y sin hacer absolutamente nada. Finalmente Andrei se levanta y se aleja. La experiencia, en lugar de entusiasmarlo, lo trauma. Algo pasó, algo no llegó a ocurrir. Algo. Esa noche jura permanecer “puro” hasta casarse.

Dos años después Andrei conoce a otra joven con la que intenta tener relaciones, pero en dos ocasiones no puede concretarlo. Le resulta imposible sostener una erección. Pasa el tiempo y el muchacho se convierte en un hombre de 24 años: Andrei Romanovich Chikatilo.


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Ya no vive en su aldea natal y trabaja cerca de Rostov, dentro de la URSS pero en territorio ruso. Por esos años siente pasión por una bibliotecaria a la que observa todo el tiempo. De hecho ella también lo hace y llega a insinuársele. Sin embargo, nada ocurre hasta que un día la mujer compra el periódico local y encuentra un artículo firmado por Andrei en el que éste la elogia desmesuradamente. El artículo no habla de su belleza; la virtud que rescata es su ejemplo de “joven obrera modelo y comunista”.

Chikatilo trabaja en una empresa de teléfonos. Un día sale con una cuadrilla y, cerca de la aldea de Khotunok, tienen una larga jornada de trabajo. A la hora de almorzar todos suspenden sus tareas y se concentran en el bosque para comer. Chikatilo, sigiloso, se aleja de ellos asegurando que va a orinar, pero termina masturbándose. Todavía no llegó a los 30. Todavía no usa anteojos. Su miopía lo ha traicionado nuevamente. Acaba de masturbarse a la vista de todos.

Permanece solo hasta los 27. Conoce a Fayina, tres años menor que él, y se casan. La noche de bodas Andrei Romanovich Chikatilo no puede sostener una erección. Ha llegado puro al matrimonio. Seguirá así.

Después de algunos años logrará concebir a dos hijos a quienes amará con locura. Con el tiempo, en 1971, a los 35 años, se graduará en Filología (el análisis profundo de los textos) y Literatura. Su carrera docente será paralela al nacimiento de otra vocación. La de homicida.

El maestro. Le gusta sentarse cerca de sus alumnas. A veces llega a tocarlas, pero nunca es denunciado. Consigue trabajo en un colegio de pupilas y se da cuenta de que de noche, en penumbras, puede acercarse a sus camas y masturbarse. Ya usa anteojos. En una excursión escolar se mete al agua con ellas y se acerca a Lyuba Terentayeva. Comienza a tocarle los senos y la zona genital. Lo llamativo no es sólo eso sino que, al parecer, los gritos de la niña de quince años en lugar de asustarlo lo entusiasman.

En el colegio, el episodio es escondido. Unos días después Chikatilo hace que otra alumna se quede después de clase para castigarla con una regla y excitarse al ritmo de los gritos.

Andrei no estaba perdiendo la razón. Estaba encontrando una razón para vivir.

Sin denuncias de por medio el maestro acuerda desvincularse del instituto. Se muda a la ciudad de Shakhti y consigue otro trabajo docente. Una noche de otoño de 1978 se presenta en la habitación de los alumnos y, frente a la cama de Sherbakov, un chico de 15 años, se masturba. Entusiasmado retira las sábanas y comienza a succionar el pene de su alumno. Cuando Sherb despierta, Andrei sale corriendo. Ya tiene 42 años.

Por esa época compra una cabaña en una callejuela llamada Mezhevo. No es que le interesen los negocios inmobiliarios, más bien no sabe porqué lo hace. Se trata de una casilla que nadie de su entorno conocerá hasta mucho tiempo después. No es un refugio para estar solo. Chikatilo acaba de comprar una escena para el crimen.

Se corre el telón. Intervalo.

Segundo acto.

El 22 de diciembre de 1978 Andrei va al supermercado después del colegio y de regreso encuentra a una niña vestida con un tapado rojo, gorro de piel de conejo y botitas. Le pregunta de dónde viene y la niña responde:

– Vuelvo a casa. Se me ha hecho tarde.

El maestro miope, de lentes y cara de buen tipo comienza a caminar junto a ella, que le confiesa que tiene ganas de hacer pis. Hace frío. El niño que soñaba a los vecinos devorando a su primo, le ofrece ir a su casilla y le asegura que sólo tardarán unos minutos en llegar. La niña accede. Chikatilo comienza a temblar.

Al llegar al número 26 de la calle Mezhevo, el abuelito hace entrar a la pequeña y enseguida se abalanza sobre ella. Los detalles son imposibles de reproducir pero imaginables: la resistencia estimula a Chikatilo. La sangre lo entusiasma y algunos minutos después asesina a su primera víctima con una navaja.

Desde los pasillos de la sala se escucha la voz del acomodador que anuncia que las próximas 20 líneas pueden ser perjudiciales para la salud. Aquí decimos: aquella persona impresionable debe abstenerse de seguir leyendo.

Tres años después, en 1981, Chikatilo abandona la docencia y consigue trabajo en la administración de un complejo industrial. Ese nuevo trabajo le permitirá moverse a lo largo de los siguientes años por diferentes ciudades del departamento de Rostov. Su oficina se convertirá en un santuario lleno de retratos de los miembros del Politburó (el órgano ejecutivo) del Partido Comunista.

En setiembre de ese año conoce en la estación de ómnibus a Larisa Tkachenko, de 17 años. La joven lo acompaña dispuesta a mantener relaciones sexuales hasta un bosque. Los gritos son “apagados” con tierra y trompadas que la dejan atontada. Chikatilo comienza a estrangularla. Más se resiste ella y más se excita él. Algo pasa dentro suyo, algo extraordinario que se revela cuando le arranca el pezón con los dientes y, al ver la sangre, eyacula. De repente todo toma sentido para Andrei. Está viviendo una revelación. Esto es lo que es, esto es lo que desea. Poseído –él mismo lo relatará más tarde– desbordado de una energía arrolladora comienza a danzar alrededor del cadáver lleno de felicidad, sacudiendo con las manos las ropas de la joven, que vuelan y van a dar sobre las ramas de los árboles y en el piso completando un ritual espantoso.

Andrei Chikatilo –45 años, miope, maestro, esposo de Fayina, comunista– acababa de convertirse en un asesino serial.

Del corazón de la platea, sentada entre los espectadores, surge una voz que afirma:

1982. 12 de junio. Lyuba Biryuka, de trece años, es asesinada en un sendero boscoso dela Aldea de Donskoi. 25 de julio: Lyuba Volubuyeva, de 14, muere en una zona sureña en la región de Krasnodar. 13 de agosto: el pequeño Oleg Pozhidayev, de nueve años, es asesinado. Su cadáver nunca aparecerá.

Otra voz desde las plateas más baratas interrumpe y continúa…

16 de agosto: Elga Kuprina, de 16, se suma a la lista. 8 de setiembre: Ira Karabelnikova, de 19 años, muere en las afueras de Shakhti. 15 de setiembre: a un kilómetro de donde apareció Ira, asesinan a Sergei Kuzmin, de 15 años. 11 de diciembre: Olya Stalmachenok, de diez años, es la siguiente víctima.

Las luces se apagan dejando la sala a oscuras y en silencio. Un grito interrumpe el descanso de los espectadores. Se ilumina el centro del escenario: el hombre que ha recitado las últimas muertes es iluminado desde arriba y concluye:

La cantidad de heridas cortantes y punzantes en cada cadáver superaban las 30. El asesino concentraba varias de las cuchilladas en los ojos de sus víctimas. Muchas de ellas eran “operadas” cuando aún estaban con vida. En algunos casos, y sobre todo desde 1983 en adelante, el asesino les quitaba sus órganos genitales y se los devoraba.

La voz que comenzó recitando las primeras muertes vuelve a hablar:

– Chikatilo mata ocho veces más en 1983 en diferentes sectores cercanos a Rostov, y asesina a 14 personas hasta el 13 de setiembre de 1984.

Se apaga la luz. Regresa el silencio.

Segunda escena.

Se pasea por la estación de trenes como un cazador. Habla con los jóvenes y con los niños, intenta que ellos hablen con él. Lleva un portafolio y usa anteojos gruesos. Dos semanas antes, el inspector dela Policía, Aleksandr Zanasovski, lo ve en la misma actitud y le solicita documentos.

Zanasovski no queda conforme con tener que dejarlo libre y ahora vuelve a encontrárselo. Sabe que ese hombre es extraño, pero necesita probarlo. Lo ve cuando toma un tren y se baja en la parada siguiente, después de un rato toma otro tren, y vuelve. Zanasovski va detrás. Pasa así todo el día hasta que, a las tres de la madrugada, lo observa entablar conversación con una chica de 19 años. Es suficiente. Lo detienen. Otra vez le piden documentos. Es el 14 de setiembre de 1984 y Andrei Romanovich Chikatilo lleva asesinadas a 32 de sus 53 víctimas.

El camarada Chikatilo permanece detenido a lo largo de tres meses. Los datos son alentadores. La serie de homicidios se detiene, pero no alcanza. No alcanza que Chikatilo haya sido investigado tras la muerte de la niña Zakotnova en 1978, tampoco que se conocieran sus andanzas en los colegios, ni que su descripción sea tan similar a la que realizan los testigos. No alcanza nada, porque cuando se realiza la prueba sanguínea ésta determina que el grupo de Chikatilo es “A”, mientras que el esperma encontrado en las víctimas es “AB”. Tres meses después el camarada Chikatilo, respetado integrante del Partido Comunista queda en libertad. Ocho meses más tarde vuelve a matar.

Dos muertes en 1985. Ninguna en 1986. Cuatro en 1987. Tres en 1988. Cinco en 1989. Entre medio, a fines de 1988, una circular llega a manos de los jueces rusos. Se refiere a un descubrimiento japonés que ha permitido determinar que en algunos casos (a veces uno en diez mil y a veces uno en un millón) es posible que el grupo sanguíneo de un homicida no coincida con el grupo sanguíneo que se aísla analizando el esperma de la misma persona. El dato va a dormir en algún cajón burocrático, quizá cerca de la ficha que lleva el nombre de Chikatilo, entre las 25.600 que completan la lista de sospechosos del caso.

Se producen ocho muertes más hasta el Día dela Revolución de 1990, el 6 de noviembre.

Se escuchan pasos de tropas y por el escenario desfila el ejercito soviético. Entre ese sonido se mezclan los gritos de una víctima. Comienza el tercer y último acto.

El agente Rybakov ve a un hombre salir del bosque y dirigirse a la estación de trenes. Los ve acercarse al bebedero y enjuagar sus manos. Tiene un dedo vendado y un rasguño en el rostro, decide pedirle el documento. Se llama Andrei Romanovich Chikatilo. Rybakov no tiene nada contra ese hombre bien parecido de unos cincuenta años, y lo deja libre. Sin embargo, decide escribir un informe al respecto. Después se sabrá que ese mismo día en ese bosque, minutos antes, había sido asesinada Sveta Korostik, de 22 años. Su cadáver recién sería encontrado el día 13 de noviembre.

Cuando los datos de la muerte son cotejados con el informe del agente Rybakov, el nombre de Chikatilo surge. También aparecen los datos de su detención de 1984 y sus interrogatorios de 1978.

El 20 de noviembre Chikatilo es arrestado y llevado al departamento de Policía de Rostov. Las leyes rusas exigen 10 días para justificar una detención. Si en ese período de tiempo no hay suficientes pruebas para incriminarlo, el sospechoso debe ser liberado.

A lo largo de una semana el jefe de la investigación, Issa Kostoyev, se sienta frente a Chikatilo tratando de sacarle una confesión que nunca llega. El asesino se limita a decir que considera lo ocurrido “una persecución originada en una serie de quejas escritas” que, como miembro del partido, ha enviado a diversos entes oficiales denunciando “las actividades ilegales de funcionarios de la localidad de Shakhti”.

El sospechoso parece impenetrable hasta que el 22 de noviembre habla de su debilidad ante “expresiones de perversión sexual” en las películas. Asegura que, desde su infancia, le resulta “imposible” considerarse “un hombre completo”. Kostoyev decide recurrir a un psiquiatra que algunos años antes, en 1987, había redactado un informe sobre la personalidad del posible asesino.

Aleksandr Bukhanovsky es convocado inmediatamente ala KGB. Años antes ese hombre ha realizado un informe titulado Ciudadano X, analizando el perfil del asesino.

Bukhanovsky ingresa en la habitación donde se encuentra Chikatilo y se presenta:

– Soy psiquiatra. He trabajado sobre el asesino al que llaman el carnicero de Rostov. Escribí un informe llamado Ciudadano X sobre él.

El niño miope que soñaba con actos de canibalismo lo mira. El niño miope que tuvo actos de canibalismo, responde:

– Yo he matado.

El diálogo se extiende por cerca de 2 horas. El asesino recuerda a la perfección cada uno de sus crímenes y los describe al psiquiatra como si buscase que lo ayuden a descifrar su propia naturaleza.

Las luces del escenario se apagan y vuelven a encenderse. En el centro hay una jaula vacía. Una voz continúa el relato mientras la luz se apaga:

Al día siguiente, Andrei Romanovich Chikatilo es acusado y desde ese momento se convierte en el principal colaborador dela Policía mostrando dónde y cómo ha matado. Finalmente es acusado de 53 homicidios y diversos casos de abuso. Los exámenes psiquiátricos lo consideran sano y consciente de sus actos. El 14 de abril de 1992 es llevado a juicio. Durante el proceso se enfrenta en varias ocasiones con los familiares de sus víctimas, desafía al juez y llega a desnudarse ante las cámaras exhibiendo sus genitales y gritando:

La luz se enciende. En la Jaula se ve a Chikatilo desnudo:

– ¡Observen esta cosa inútil. ¿Qué piensan que podría hacer con esto?!”.

Durante el juicio Andrei ya no es aquel hombre tímido. Habla, insulta, se refiere a sí mismo como “un error de la naturaleza, una bestia enfadada”.

Mientras el fiscal realiza su alegato final, Chikatilo le responde entonando las estrofas de La Internacional, el himno de los trabajadores.

El 14 de octubre de 1992 Andrei Romanovich Chikatilo fue declarado culpable de 52 de los 53 cargos existentes. Al número de víctimas hay que agregar al joven inocente que fue condenado a muerte por su culpa. La reacción del asesino serial ante el veredicto fue gritar, violentarse, escupir y declararse como una víctima del sistema soviético. Al día siguiente fue condenado a la pena capital. El 15 de febrero de 1994, después de ser rechazada una apelación, el “Carnicero de Rostov” fue ejecutado con un balazo preciso en la base del cráneo.

Se cierra el telón. No hay aplausos.

Nota final: La escritura de esta crónica hubiera sido imposible sin contar como fuente principal con el maravilloso y por momentos increíble trabajo periodístico del periodista ingles Peter Conradi. “La otra cara del diablo”.

Esta nota fue publicada por primera vez en el suplemento Casos Policiales, del diario Día a Día, en 2008.

Dante Leguizamón (Córdoba, Argentina, 1974) es cronista, periodista. Trabaja en los Servicios de Radio y Televisión (SRT) de la Universidad Nacional de Córdoba. Integra el equipo del programa radial Nada del Otro Mundo, en AM 580, Radio Universidad, es columnista del noticiero central de Canal 10 de Córdoba y participa del programa Redacción 24, en el canal digital CBA24n. Ganó, en 2009 el primero y en 2007 el segundo, Premio de Periodismo Rodolfo Walsh. También obtuvo la primera mención. En 2009 ganó el cuarto premio «América Latina y los Objetivos del Fin del Milenio» organizado por las Naciones Unidas. Es el creador del suplemento de investigación periodística Casos Policiales, que se publicó entre 2007 y 2009 en la edición dominical del diario Día a Día. Es autor del libro «La marca de la bestia» y de «La letra con sangre».