Cuerpos

Pablo Smerling, entre el horror y el sainete

Algunos recordarán sus ilustraciones en Historias a pura sangre, el libro de Ricardo Ragendorfer que hurga con astucia y picardía en el anecdotario del crimen nacional y encuentra hombres desesperados, furiosos, vengativos, temerosos. Desde su estudio en Rosario, Pablo Smerling les puso tinta y color a esos personajes y los convirtió en héroes tristones de ojos grandes, tremendamente expresivos: revivió y reinventó a los grandes asesinos y ladrones; rescató y recreó a los insignes desconocidos. Se convirtió, sin quererlo, en el ilustrador del crimen nacional.

“Sus dibujos son asombrosos: combinan alto impacto artístico con alto impacto narrativo, cosa rara cuando no se trata de una historieta”, opina Ricardo Ragendorfer, que compartió varias páginas con Smerling en la revista Caras y Caretas y que compara los trazos de aquel con las portadas de las viejas pulps aamericanas. “En las ilustraciones que hizo sobre artículos míos”, agrega, “dibujó con colores lo que yo, por otro parte, dibujé con palabras”.

Y Smerling  dibuja tanto como escribe. Si sus ilustraciones están plagadas en detalles y en recursos, sus mails son una fiesta de caracteres. Pero su vida, en cambio, es un misterio: “Se me hace imposible enviarte una biografía mía, más que nada o sobre todo porque mi trayectoria como dibujante (por llamarla de alguna manera) es impresentablemente errática”, advierte.

Después, responde.

– ¿Por qué dibujás sobre el crimen?
– El crimen parece haberme tomado a mí y no al revés. Porque me es un interés recurrente, obsesionante. Creo que viene por el lado de que lo considero como parte de un conjunto del que también forman parte otros hechos más o menos punibles, más o menos anómalos. Hechos como la marginalidad clásica (los crotos, por ejemplo) o las huidas químicas (los paraísos artificiales) o las diversas maneras de fugarse de los deberes sociales (a un nivel menos estridente, más de todos los días, como el “esgunfio”). Quizás sea una idea un poco esquemática, pero creo que ese conjunto de hechos, aberrantes o simpáticos en distinto grado, tienen en común el ocultamiento de una cierta verdad recóndita sobre los individuos y sobre la sociedad, una verdad prolijamente reprimida por el ecuánime orden de cosas, una verdad que denuncia lo imposible o absurdo de una condición que pretende ocultar ese vaivén atroz entre la violencia revulsiva y la indiferencia absoluta, vaivén que me parece innato al ser humano. El crimen en particular no me interesa por una cuestión de mera morbosidad, de voyeur del sufrimiento ajeno, sino porque uno se identifica indefectiblemente con el culpable, o se identifica tal vez más puntualmente con los extremos de abyección a los que alguien, cualquiera, puede llegar por dinero, por odio o por amor. En ese subjetivo y quizás enfermizo orden de cosas, me sucede sentir una incontrolable simpatía por los tipos que son expulsados del circuito social normal, tipos incapaces de moderarse o de ser dóciles y que de pronto no aguantan más (pienso en un ejemplo clásico: Ricardo Barreda), a quienes de repente se les quiebra algo adentro y hacen lo que hacen sin saber muy bien cómo ni por qué. Por otra parte, y para decirlo aproximadamente como Charles Baudelaire –que de estas cosas sabía en serio–, creo que un crimen es un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento, un horror profundamente real enclavado en el aburrimiento artificioso, convencional.

– ¿Qué debe tener un dibujo tuyo para funcionar?
– Si bien yo no puedo hablar seriamente de mis dibujos ni juzgarlos, me parece que más o menos funcionan cuando hay cierta coherencia entre el asunto, lo que se está tratando de contar, y lo que uno piensa del universo, por así decir. Si no hay coherencia entre esos dos elementos, o en el más lamentable de los casos no hay siquiera (digamos) una cosmovisión que sirva de basamento –por más inconciente o idiota que sea esa cosmovisión– me parece que la cosa no marcha. Y que el dibujo se vuelve algo vano, algo que no se justifica. Para decirlo más concretamente: todos los personajes que aparecen en estas historias son tipos a la vez inmensamente trágicos y ridículos, tipos que en un momento de imbecilidad supina, llevados por una codicia infame o por una pasión estrepitosa o por lo que fuese, cometieron un crimen o fueron asesinados, en cualquier caso se hundieron. Y para mí es eso lo que puede verse en la calle, en cualquier momento, en torno a uno e incluso en uno mismo: no el hecho del crimen en sí, sino las fuerzas subterráneas que lo incuban y lo alimentan, el rencor o el orgullo o la más sencilla y cruel y mezquina y violenta y humana estupidez. Eso es lo que pienso y eso es lo que trato de plasmar, más allá de los medios. Y para tratar de explicarlo mejor: si me viese compelido a dibujar sobre dinosaurios o árboles de levas o mitos escandinavos, por poner un ejemplo, creo que la cosa no funcionaría ni a garrotazos. Porque no tengo nada en contra de esas cosas pero tampoco tengo nada a favor, no forman parte de mis amistades o de mis intereses, de mi pequeño universo particular. No hay una preocupación preexistente sobre el asunto, digamos, y sin eso, sin que el tema lo haya tomado a uno, lo que se intenta hacer se vuelve hueco. En cuanto al tono de los dibujos, hay una cierta oscuridad que viene obviamente de la novela negra, de esos ambientes espesos, ultrasórdidos. Sin embargo no es una oscuridad totalmente densa, porque pretendía captar ese clima a mitad de camino entre la tragedia y el sainete, esa cosa de sangrienta farsa grotesca, ese ambiente de alguna manera tan argentino. También hay un desorden en cuanto a tamaños, perspectivas, esas cosas, que si bien empezó siendo nomás un mero recurso compositivo para acomodar tanta figura en tan poco espacio, me parece plasma un poco el fuerte desorden que estas situaciones introducen en el orden general –o en el simulacro de orden general, mejor dicho.

– ¿Quiénes son tus referentes?
– Tengo muchísimos referentes. Referentes no tanto por la influencia técnica, sino más bien por la admiración de los mundos que ellos construyen, por una indefinible afinidad a un nivel extremada, desaforadamente sentimental. En el campo de la plástica y haciendo una selección bastante caprichosa mencionaría a Dix, Beckmann, Klimt, Schiele, Kokoschka, Steinberg, Toulouse-Lautrec, Paul Klee, Alberto Breccia. Y a un escultor impresionante de San Pedro que se llama García Curten. También a un dibujante rosarino que se llama Sebastián Ríos, que es una bestia peluda, gráficamente hablando, y amigo mío. Y también a una artista uruguaya, Vivianne Artigas, que hace los dibujos más intensos que yo haya visto nunca. Y desde luego agregaría además referentes de otros campos: Jim Thompson, Goodis, Celine, Arlt, Beckett, Bernhard, Salinger. Y las canciones de Nick Cave. En fin, muchísima gente. Creo que todos ellos tienen algo en común, aunque no sabría definir qué y diría que me gustan, mejor dicho me conmueven, todas aquellas cosas descarnadas, ajenas al virtuosismo, al ornato, al alarde. Creo que el campo del arte es uno solo más allá de los géneros, y que es artista quien se hunde en la búsqueda de que una verdad visceralmente personal y perpetuamente huidiza adquiera una determinada forma nueva. Sin importarle mucho la trascendencia personal, el reconocimiento de las instituciones, lo que se suele llamar miserablemente la carrera. En esas búsquedas, en la persecución de esos hermosos fracasos, creo que está el arte, creo que se produce la auténtica comunicación.