Pesquisas

Coronel Suárez, mucho más que el escenario de un secuestro resonante

Por Inés Meiller

Los suarenses exiliados recitamos como letanía que la nuestra es una ciudad a 500 y tantos kilómetros de Buenos Aires, que queda al sudoeste de la provincia, a 200 kilómetros de Bahía Blanca, que tenemos cerca Sierra de la Ventana, que Sergio Denis nació allá y que se necesita una noche entera en colectivo para llegar.

Ese “páramo intrascendente” –según leí por ahí– es un pueblo a primera vista manso. Técnicamente, una ciudad. El hospital que todavía trabaja en sanar las heridas físicas de Sonia Molina (la muchacha que permaneció tres meses secuestrada, a manos del “pastor” Jesús Olivera y de la periodista Estefanía Heit), es el más grande de la zona.  También, el que hace pocos días vio agolparse una horda de cronistas, camarógrafos y móviles de TV. El que está enfrente de la casa de mis padres. El telón de fondo de las tardes sobre patines y de los primeros besos.  El lugar donde trabajó mi abuela Dolly hasta jubilarse, que fue algo así como una institución dentro de otra.  Y adonde cada vez que llega una ambulancia mi madre tiene miedo. Una tarde de domingo de 1990 el parquecito del frente de la guardia también se llenó de gente llorando y murmurando por lo bajo. Esa vez por Claudio Heintz, un ex jugador del club Blanco y Negro, de 20 años, asesinado a la salida de un partido contra Peñarol de Pigüé. Lo que fue un incidente comentado de rumor en rumor terminó como una causa cerrada en un juzgado de Bahía Blanca, principalmente por falta de testigos que quisieran identificar a quien guió al puñal que le perforó el abdomen.


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Por entonces el intendente y los concejales se empezaron a preocupar por los adolescentes, los horarios nocturnos, los excesos y los ruidos molestos. Nosotros pasábamos largas horas en las calles, en los parques, en las puertas de las heladerías. Jugábamos a tirarnos bombazos de agua en las siestas de carnaval y en las noches de sábado nos apretábamos en el mismo boliche apestado de olor a cigarrillo, con instalaciones eléctricas precarias y puertas de emergencia inexistentes.

En una de esas noches, un chico desconocido se me acercó a conversar, entre galán y sorprendido, y soltó: “¿Qué pasa en Suárez que todas las chicas son rubias, de ojos celestes y lindas?”. Quizás no sabía que Coronel Suárez era (y es) una ciudad donde hay una enorme proporción de descendientes de alemanes por metro cuadrado y muchos apellidos que empiezan con H, como los de Claudio Heintz y Héctor Hoffmann a.k.a. Sergio Denis. O el de Estefanía Heit.