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Diarios de la Morgue/5

El primer cuerpo, al que habían bautizado como “el Increíble Hulk”, estaba en muy mal estado.

Tenía los ojos saltones como los sapos y el cuero cabelludo y la barba comenzaban a desprenderse junto con la capa exterior verdosa de la piel, que se oscurecía cada vez más. Se había ahorcado con un cable de plancha que todavía abrazaba su cuello. Confiábamos en no tener que conservarlo por demasiado tiempo: cuando la descomposición está tan avanzada, ni siquiera la refrigeración puede detenerla.

Tal vez uno de los aspectos más despiadados al que tengamos que enfrentarnos en la morgue sea la transformación de los restos de personas no identificadas en “el hombre de la bolsa”, “la señora enterrada” o “el jinete sin cabeza”. Son apodos se llevan las identidades y todo lo que ese individuo muerto ha sido en la vida. No descubrir la identidad suele ser una dolorosa derrota personal. Guardamos los huesos en cajas y los almacenamos en el armario de esqueletos, a la espera de que alguien nos diga algún día a quién pertenecieron. Guardamos durante meses y años cuerpos intactos o partes en las cámaras refrigeradoras y no los entregamos a las tumbas para pobres hasta que ya no queda esperanza ni espacio –es que no tenemos lugar suficiente para mantener a alguien eternamente.

Autopsiamos al Increíble Hulk en una jornada tranquila y muy lluviosa. Sólo él y otro cuerpo llegaron, pero no dejaron de ser dos historias que me llevaron a pensar una vez más en las decisiones que toma la gente. Decisiones que muchas veces hacen que nosotros debamos intervenir. Vida y muerte. Principio y fin. Y los interrogantes que quedan en el camino. De eso se trata nuestro trabajo.

Nos pusimos batas, guantes quirúrgicos descartables, botas altas impermeables, capuchas con visor. No teníamos equipos de aire especial, aunque estaban programados para cuando la nueva morgue estuviera terminada, si bien yo no terminaba de creer en su utilización. Tampoco usábamos pomada de eucalipto en la nariz, aunque los policías sí lo hacían (y todo el tiempo). Siempre pensé que si un medico forense y su equipo no son capaces de soportar la parte más desagradable del trabajo, entonces deberían dedicarse a otra cosa.

Además, los olores son importantes. Cuentan su propia historia. Un olor dulzón puede indicar la existencia de etilclorovinol, mientras que el hidrato de cloral tiene el mismo olor de las peras. Los dos pueden hacerme pensar en una sobredosis de hipnóticos, al tiempo que un dejo de olor a ajo puede señalar arsénico. Los fenoles y el nitrobenceno me hacen pensar, respectivamente, en éter y pomada para zapatos, y el etilenglicol tiene el mismo olor que los anticongelantes, porque eso precisamente es lo que es. Aislar los olores espantosos que exudan cuerpos y carnes en descomposición –pero que son potencialmente importantes- se parece mucho al trabajo arqueológico. Uno debe concentrarse en lo que esta allí para que lo hallemos y no en las lamentables condiciones de lo que lo rodean.

Más allá de los aspectos desagradables, como la descomposición que aspiro en cada guardia, lo que realmente me deja pensando –y a veces hasta impresionado- son los motivos por los que tanta gente muere. El odio. Odiar a otra persona está mal: alguna vez leí que el odio es un crimen del espíritu que conduce a los crímenes de la carne. Yo lo que sé es que el odio trae tantos pacientes a nuestra puerta.

Pero en este momento, las autopsias se han terminado. La sala está limpia, así como las mesas de acero inoxidable. Las herramientas ya están secas y guardadas en sus estantes. El personal de limpieza ha desinfectado todo y una fragancia a limón intenta hacernos creer que no estamos en un lugar en el que la muerte siempre está presente.

La lluvia sigue cayendo.

El año que viene cumpliré diez desde que me licencié en Criminalística. Una década en la que he visto muchas cosas y en la que he estado en muchos lugares. Mientras pienso en todas estas cosas, observo el alfeizar de la ventana, moteado por la lluvia; las gotas son perfectamente redondas porque cayeron en un ángulo de noventa grados.

Nunca podré alejarme de lo que hago. Todo me recuerda a algo de mi trabajo. Si voy por la calle y me cruzo una furgoneta blanca, pienso en las ambulancias que trasladan los cuerpos desde o hacia nuestra morgue. No tomo jugo de tomate o tragos Bloody Mary con hielo porque me recuerdan a la sangre coagulada que se separa del suero; no como hígado desde que estaba en la facultad: degustar un órgano es inconcebible.

A veces estas percepciones hacen que me sienta incomprendido, como cuando la gente sólo quiere saber sobre los casos en los que trabajo. Sobre los horrores que veo, cuando hay tantas otras cosas en mí. Tengo 34 años y sé que he elegido una profesión difícil. Muy difícil, en varios aspectos.

No importa; quiero seguir aprendiendo, cada caso nos propone un nuevo desafío: llegar a la verdad, cueste lo que cueste. Los cuerpos no mienten, sólo esperan que alguien los escuche y cuente su verdad.

Leé una entrevista con Gastón Intelisano

Gastón Intelisano nació en San Martín, Provincia de Buenos Aires, el 16 de Mayo de 1978. Durante cuatro años acompañó como pasante universitario a la U.M.F.I.C. (Unidad Médico Forense de Investigación Criminalística), donde pudo observar de cerca el trabajo tanto de médicos forenses como de peritos y asistir a numerosas escenas de crímenes y autopsias. Es Licenciado en Criminalística y Radiólogo. Modus operandi es su primera novela.