Memoria del crimen

El mal original: el FBI y el caso Lindbergh

Por Bruno Reichert
“El secuestro del bebé de Charles Lindbergh demostró la importancia del enfoque científico para resolver crímenes y fue una de las primeras historias de éxito del nuevo laboratorio criminal del FBI. En respuesta a la tragedia, el Congreso puso al Bureau al frente de la investigación de secuestros”. Así se lee en el Libro del Centenario del FBI, publicado en 2008. Pero ocho décadas después de acontecido, los hechos no son tan claros.

Junto con los asesinatos y detenciones de los gangsters que hoy forman parte de la cultura popular norteamericana, el caso del bebé secuestrado fue uno de los sucesos que ayudó a cimentar la imagen del FBI.

El 1° de marzo de 1932, el hijo de 20 meses de Charles Lindbergh –el aviador que había hecho el primer vuelo trasatlántico sin escalas– fue robado de su cuna por un desconocido que desapareció en la oscuridad de la zona rural de New Jersey. El país se estremeció ante la sensación de que si el hijo del “hombre más famoso del mundo” podía ser raptado de su lecho, difícilmente podrían estar a salvo los demás.

Una hora después de la desaparición del pequeño Charles Augustus se encontró una nota del secuestrador, que demandaba 50.000 dólares por el rescate. El dinero se entregó, pero no hubo solución: el 12 de mayo de 1932, el cuerpo del bebé fue descubierto cerca de la casa familiar.

Las investigaciones que las autoridades de New Jersey no lograban avanzar y la indignación popular crecía. Esta situación era ideal para un hombre que buscaba que una gris oficina de investigaciones criminales dependiente del Departamento de Justicia tomara relevancia. Ese hombre era el hoy mítico J. Edgar Hoover.

Y el FBI tenía una herramienta novedosa que quería mostrar: un laboratorio que incluía, entre varios especialistas, a grafólogos y a expertos en madera que investigaban la escalera utilizada por el secuestrador para escapar. En un giro de la investigación, se llegó a la conclusión de que, por la manera en que el autor redactaba las notas, este debía ser alemán. La evidencia señaló después que Bruno Richard Hauptmann, un carpintero de origen judío-alemán, era el culpable.

Los ciudadanos tenían lo que pedían: un responsable. Hauptmann fue condenado a muerte y ejecutado el 3 de abril de 1936. Hoover también tenía su premio: a partir del caso Lindbergh, los secuestros comenzaron a ser de jurisdicción federal, lo que elevó la relevancia social de la organización.

Pero muchos de los mismos informes del FBI contradijeron luego la sentencia que terminó con la vida de Hauptmann. En 1981 dos periódicos de New Jersey, el Hunterdon Democrat y el New Brunswick News, publicaron documentos obtenidos gracias a la ley sobre Libertad de Información, que daban por tierra la culpabilidad del asesino ideal.

Para el profesor en criminalística Raúl Enrique Zajaczkowski, este fue un claro ejemplo de una mala investigación criminal que tomó un lugar de importancia gracias a su utilización política. “Este es un patético caso de mala investigación que nada tiene que ver con el proceder científico. Ni en ese momento ni ahora tampoco, los jueces, los fiscales y los legisladores toman en cuenta realmente lo que dicen los científicos; el licenciado en criminalista debería ser el único responsable de la investigación”, sentencia.

Sin embargo, el FBI logró ser percibido como el catalizador que hacía salir la verdad a la luz. En los últimos años, la justicia argentina pidió su intervención durante la investigación sobre el homicidio de Nora Dalmasso. El profesor Zajaczkowski coincide con quienes vieron en esta medida una manera de calmar a la opinión pública: “por ignorancia se cree que el FBI puede resolver todo. El caso de Dalmasso se podría haber resuelto por otros medios, de manera más rápida”.

En cuanto al bebé de Lindbergh, los documentos del Bureau de Investigación señalaban que aun cuando el cuerpo del niño había sido supuestamente encontrado, se lo continuó buscado. La razón podría ser que la autopsia nunca se realizó e incluso que no se pudo identificar el sexo del cadáver. Esto también acababa con la hipótesis de que el bebé había muerto accidentalmente por un golpe en la cabeza cuando el secuestrador escapaba. El propio Lindbergh se habría limitado a echarle un vistazo sin afirmar que era su hijo. El departamento de investigación de Hoover también afirmó que había encontrado huellas dactilares de Hauptmann en el lugar del hecho, pero la policía estatal de New Jersey contradijo la afirmación. Incongruencias como ésta nunca fueron tomadas en cuenta por la justicia.

Bruno Reichert es periodista y estudiante de Ciencias Políticas.