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Luis Carrión, el ángel infame

Por Osvaldo Aguirre

El 15 de noviembre de 1933 la División de Investigaciones de Rosario detuvo a Luis Sebastián Carrión y lo acusó de haber sido el jefe de la banda que había asaltado el año anterior los talleres del Ferrocarril Central Argentino para robar la plata de los sueldos. Carrión admitió su responsabilidad ante la justicia, pero durante el tiempo que pasó en prisión escribió un libro, El ángel infame, donde contó la historia de su vida, más que su versión de los hechos, y contestó al relato que difundieron la policía y los diarios de la época.

El asalto ocurrió en la tarde del 8 de septiembre de 1932. Carrión, Luis Bourrouilh y Anacleto López ingresaron a los talleres ferroviarios vestidos con blusas y pantalones azules, y con bigotes postizos y lentes ahumados. A punta de pistola se llevaron 21 mil pesos y monedas y huyeron en un taxi que había robado poco antes un cómplice, Avis Ceballos. La policía atribuyó en principio el golpe a los anarquistas José Romano, protagonista de una notable fuga del Hospital Rosario en 1930, y Silvio Astolfi. Algo había que decir. Pero rápidamente los diarios orientaron las sospechas hacia “vulgares pinchalauchas, delincuentes noveles dirigidos o asesorados tal vez por algún ex obrero de la empresa”.

En efecto, pese a que estaban armados los asaltantes desistieron de abordar lo que se llamaba coche pagador, porque tenía custodia, y se conformaron con robar la plata que llevaban dos de los tesoreros. Además mostraron conocimiento del terreno y estaban vestidos con el uniforme de los mecánicos del ferrocarril. La hipótesis de que se trataba de delincuentes primerizos y ligados al Central Argentino quedó confirmada cuando la División de Investigaciones capturó al grupo gracias al dato de un soplón, que los llevó a la pensión que había instalado López, en Buenos Aires, con el producto del robo. Ninguno tenía antecedentes importantes, y Carrión y Bourrouilh trabajaban como ajustadores en la sección Reparación de Maquinarias.

Carrión comienza su relato en 1917, el año en que ingresó como aprendiz mecánico al ferrocarril. Tenía 13 años, había nacido en Barcelona y su padre era obrero ferroviario y delegado de los talleres. En su carnet de afiliado a la Federación Obrera se leía la frase de Karl Marx que dice que la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos. La participación activa en varias huelgas y los enfrentamientos callejeros contra los agentes del Escuadrón de Seguridad, que no dejaban vidrios sanos en los negocios de la avenida Alberdi, forjaron en él “un odio profundo hacia los poderosos de la Tierra”.

La cuestión ideológica se desplegó a la vez por otra cuerda: la relación con una joven, “hija de una familia rica”, a la que conoció en barrio Arroyito pero que enseguida se mudó al más exclusivo bulevar Oroño. El noviazgo con la chica, Catalina, fluctuó entre el amor y el odio, hasta que se produjo una ruptura y él la tildó de “frívola muñeca de salón aristocrático”. En ese momento, dice Carrión, encontró casualmente en un bar a sus amigos Bourrouilh, López y Ceballos y decidió sumarse al asalto, entonces en preparativos.

La primera edición de El ángel infame apareció en 1949 y llevaba un subtítulo retumbante: “autobiografía del capitán de la banda que asaltó y robó 23.000 pesos a los pagadores del F. C. Central Argentino”. Pero en la segunda edición, de 1972 (año de la muerte de Carrión), le quitó el subtítulo, que no se ajustaba a su propia versión. Contra el relato policial y las versiones periodísticas, Carrión reconoció haber intervenido en el robo pero no haberlo planeado ni ser el líder de la banda. En el libro explicó su participación con una argumentación bastante enrevesada, según la cual quería desquitarse de Catalina y a la vez reaccionar contra la injusticia dominante. Catalina, razona Carrión, “no era buena ni mala, era simplemente un producto de esta sociedad”; más precisamente, “el símbolo frívolo de una sociedad sin corazón (…) que ha destruido y pisoteado mi verdadero ser”. Poco después del asalto buscó a su ex novia y la responsabilizó por sus propios actos: “arrastré mi conciencia por el lodo como lo hacen los de tu clase”.

El despecho y el resentimiento lo acompañaron hasta la vejez, cuando proyectaba otro libro, El hada pérfida, dedicada a aquella chica de la calle Oroño. Carrión define además la figura de Catalina en contraste con la de su madre (a quien designa como “representante exclusivo para la venta en el país y en el extranjero de los derechos cinematográficos, literarios, etc.” de El ángel infame). El contrapunto está planteado en la introducción del libro, donde le dedica un soneto tan bien medido como incriminatorio a Catalina y a continuación incluye un poema en verso libre dirigido a su madre, de quien reproduce una fotografía.

La autobiografía de Carrión también está en desacuerdo con otras referencias de la crónica periodística: dice que gastó su parte del botín ayudando a familias pobres “que no tenían un remedio ni un miserable puchero criollo”, pero los diarios afirmaron que se le fue en viajes de paseo a Córdoba; se asigna un rol protagónico en el motín encabezado por Bruna Debella, Facha Bruta, en la cárcel de Rosario, en 1934, aunque los artículos de entonces no lo mencionan entre los cabecillas de la revuelta. Pero el motín es una parte importante en su relato; de ahí proviene el título del libro: castigado con brutalidad por los guardias en el patio del penal, dice, “yo era un ángel infame clavado en su cruz de rebeldía humana y social”.

Escribir es entonces para Carrión justificar y también reivindicar su historia como una reacción contra un orden de cosas injusto. Pero tanta retórica sobre la insensibilidad de Catalina -que termina yéndose con un empresario mayor de edad- y sobre todo su resentimiento le quitan credibilidad al relato. Son también sorprendentes las pretensiones y el concepto que tenía de su libro. El ángel infame entabla una especie de diálogo con el Fausto de Goethe; mientras éste es “una leyenda convertida en realidad”, la autobiografía es “una realidad vivida en leyenda”. El libro incluye como colofón un testamento literario en que Carrión, como cierre de unas parrafadas seudoteóricas, plantea que sus memorias son una especie de superación de la literatura precedente. También hay una “indicación importante para el director que filme El ángel infame”, básicamente cómo deben ser las escenas del comienzo y del final de la adaptación.

El epígrafe del libro apela al futuro en el mismo sentido: “El pueblo me convertirá en leyenda”. Pero según cuenta el historiador ferroviario Atilio Reati (Caminos de hierro, 2004), una vez que recuperó la libertad Carrión “instaló un negocio de reparación de máquinas de coser, al ser este su oficio”. El ángel infame fue la posibilidad de inventarse una vida distinta.