Pesquisas

Matar al motorman

El cuerpo de Leonardo Andrada yacía sobre la vereda de cemento alisado, enroscado al lado de una parada del colectivo, más allá de un charco. Ahí estaba, en el cruce de las calles José María Paz y Malabia, en el barrio de Ituzaingó: reposaba inerte y cuatro orificios sangraban en su espalda con sangre seca. El tatuaje de la pólvora –el signo inequívoco de la ejecución a corta distancia- había dejado su piel chamuscada alrededor de algunos de los huequillos. Era viernes, 8 de febrero, y había nubes en el cielo cuando, cerca de las seis de la mañana, un vecino aletargado por el sueño se topó con el cadáver. Pensó que era una pesadilla. No lo era.

Leonardo Andrada –que tenía 53 años y era padre de dos hijos- había sido asesinado cuando esperaba el colectivo que lo llevara desde la casa de su madre hacia su trabajo. ¿Fue un robo? Quizás: le quitaron el celular y alcanzó a empuñar la navaja que había decidido llevar consigo ante un eventual ataque callejero. ¿Fue algo más? Tal vez: a Andrada le faltaban tres años para jubilarse en Trenes de Buenos Aires cuando, el miércoles 22 de febrero de 2012, condujo como cada mañana un tren a través de las vías desencajadas del ex ferrocarril Sarmiento, en el oeste del conurbano bonaerense. Ese día Andrada se dio cuenta de que la formación que manejaba llevaba sobrepeso: una demora de 18 minutos en el servicio había recargado de gente los andenes. Como cada mañana, guió la locomotora desde Moreno hasta la estación de Castelar, donde lo esperaba un joven de 28 años, Marcos Antonio Córdoba, quien lo suplantaría en la cabina. El joven Córdoba llevó luego el tren hacia Once, la estación cabecera, donde perdió el control y lo estrelló contra el paredón final: 51 personas perdieron la vida. Después de salir de terapia intensiva y de hacer un test de alcoholemia que resultó negativo, este motorman aseguró que había avisado que los frenos de la formación fallaban. Andrada, el otro maquinista, podía dar cuenta de ello. Pero Andrada hoy está –él también- muerto.

Cuando un día más tarde Andrada estaba siendo velado, ocurrió otro suceso extraño. Dos de sus sobrinas volvieron de la sala fúnebre y descubrieron que la cerradura de la casa de la víctima lucía desencajada. Nerviosas, tomaron la decisión de entrar. Y comprobaron que no estaban equivocadas: algo andaba mal. Adentro había dos tipos que atinaron a escapar y a saltar entre los techos de chapa de la manzana. Nadie puede decir, todavía, si en el desorden que dejaron buscaban dinero o algún tipo de documentación.

El homicidio del maquinista prendió como una mecha entre los demás testigos de la enmarañada causa judicial que lleva adelante el juez federal Claudio Bonadío, en la que –a casi un año del accidente- el juicio oral está cerca y cuenta entre sus acusados a dos ex secretarios de Transporte (Ricardo Jaime y Juan Pablo Schiavi), a un ex subsecretario de Transporte Ferroviario (Antonio Luna), a dos ex titulares de la Comisión Nacional de Regulación de Transporte (Juan Sícaro y Pedro Ochoa) y a uno de los dueños de TBA (Claudio Ciriglano), entre otros. Estremecidos, muchos de los otros testigos ya pidieron custodia policial. “El acto que le costara la vida al testigo Andrada demuestra la debilidad de los cobardes que cometieron el asesinato”, dijo el abogado Gregorio Dalbón, que patrocina a cerca de cuatrocientas víctimas de la tragedia. “Es cierto que perpleja, paraliza y estremece. Pero también es cierto que la mafia mata cuando se ve en peligro. La querella que encabezo acompañará la investigación de la familia. Personalmente creo que pedir custodia es hacer lo que la mafia desea: temer. Los testigos tienen derecho a hacerlo, pero que quede claro que la Tragedia de Once está probada, filmada, descubierta y en proceso de elevarse a juicio. Nada ni nadie puede parar el tren de la verdad y la Justicia”.