Memoria del crimen

Petiso Orejudo: lo que resta por decir

 Por Osvaldo Aguirre

¿Cómo podemos reabrir la historia del Petiso Orejudo y encontrar nuevos sentidos, cien años después? Desde el punto de vista de la investigación judicial, el caso está lógicamente cerrado. Parece imposible que aparezca algún documento nuevo.

Las posibilidades de decir algo nuevo pueden surgir entonces de la crítica de los relatos establecidos sobre esta historia. Ya sabemos que el Petiso fue el primer asesino serial en la Argentina; ya sabemos a cuántas personas atacó y en qué circunstancias; conocemos su historia familiar, cómo fue detenido y el calvario que padeció como conejillo de indias y como carne de presidio.

Sin embargo si volvemos a su historia es porque no agotó sus significaciones. Todavía tiene cosas para decirnos, pero para descubrirlas, o inventarlas, hay que cuestionar los relatos convencionales sobre el Petiso, que son los relatos que convierten a la historia en un cuento folklórico, que desprenden al personaje y los sucesos de su contexto histórico. Pasado el tiempo, los grandes casos criminales no son perturbadores por el grado de violencia con que fueron cometidos; lo inquietante, en todo caso, es lo que muestran de la sociedad y la época en que tuvieron lugar.

La prensa fue la base de la construcción del mito del Petiso, el primer narrador de su historia con sus entregas periódicas a partir del momento de la detención y el espacio donde se articularon esas dos instancias que construyeron el caso: la policía, con el relato de los hechos, y los criminólogos, con su interpretación.

Lo que primero llama la atención en los relatos periodísticos sobre Godino es su fuerte impronta asertiva. La prensa de 1912 no tiene ninguna duda; por el contrario está plenamente convencida de lo que dice, empezado por la culpabilidad de Godino; transmite una variedad de emociones -espanto, asombro, repugnancia, indignación- pero también se siente aliviada: hay un monstruo en la ciudad, es cierto, pero ese monstruo ha sido capturado, está encerrado y en todo caso la preocupación pasa porque continúe en prisión. La policía aparece fuertemente reconocida en estos relatos y en particular la división de investigaciones, que detuvo a Godino; no tanto la comisaría 34ª, que tenía incomunicados a los padres de Jesualdo Giordano.

El diario La Prensa lo sanciona así: “el buen éxito obtenido corresponde a la división de investigaciones y técnica y al juez de instrucción José A. de Oro”. El juez aparece en segundo lugar y más atrás se preparan para entrar en escena, los criminólogos, a quienes les corresponde el estudio de un caso que parece sin precedentes, “en beneficio de la ciencia”.

Pero a medida que nos acercamos a los hechos, o sus relatos más bien, el cuadro se pone en movimiento. Hay puntos ciegos, vacíos, piezas que no encajan del todo. Las primeras crónicas nos dicen que un jefe de investigaciones, el subcomisario Peire, asoció el crimen de Giordano con el ataque anterior a otro nene, Roberto Russo, donde Godino había sido individualizado, y entonces fue a buscarlo a su casa. Godino negó toda responsabilidad ante el juez y poco después confiesa exhaustivamente ante la policía: no sólo el crimen de Giordano, sino el de Arturo Laurora, en cuya investigación la policía había fracasado, y hasta se atribuye otro, de su invención, que nadie le reprochaba. Pero la prensa de la época no planteó ningún interrogante sobre este súbito cambio de Godino respecto de las acusaciones que le hacían.

El crimen de Laurora plantea muchos detalles que se podrían discutir. Más que resolver la cuestión estrictamente policial, habría que ver quiénes y en qué circunstancias narran la historia del Petiso. Y qué dicen. Habría que sacar el foco de la figura de Godino y ampliarlo para poder examinar también a sus interlocutores, aquellos que nos retransmitieron sus presuntas palabras y confesiones, los que cuentan qué decía el Petiso; aquellos, también, que al interactuar con Godino contribuyeron a definir sus características, desde los funcionarios que lo encerraron en la colonia Marcos Paz hasta el patrón que le daba ginebra como pago por su trabajo.

La prensa, entonces, interviene afirmativamente, cierra la historia en términos policiales. No hay misterio. Es raro, porque la crónica policial prefería otras estrategias para sacarle el jugo a los grandes crímenes: básicamente, las estrategias del folletín, el relato inconcluso que se prolonga con cada edición del diario, que tiene distintos aspectos para desarrollar, distintos personajes a los que darle voz. Aquí, en cambio, la historia se cierra; no sólo porque no hay dudas de que Godino es el culpable sino también porque su historia, de acuerdo a los criterios periodísticos, no se puede contar, desafía los límites de lo legible desde un punto de vista ético, moral.

Godino es presentado por la prensa como un monstruo, una fiera. Carece de las virtudes y la racionalidad que distinguen a los seres humanos de las bestias. Los testimonios sobre sus relaciones con los otros funcionan como prueba: arroja cascotes a los vecinos, insulta a las mujeres, muerde y sacude a Jesualdo Giordano igual que un perro rabioso. Como si Godino fuera una criatura venida desde otra parte, radicalmente ajena a la sociedad. En ese sentido, se lo podría relacionar con los niños salvajes que fueron objeto de estudios y de la atención periodística en Europa desde fines del siglo XVIII, como Víctor, el niño salvaje de Apeyron, hallado en 1799, cuando tenía 11 años, en un bosque del Languedoc, en Francia, y que se mantuvo agresivo y resistió los intentos por educarlo hasta su muerte, en 1828; o como Kaspar Hauser, que apareció precisamente en 1828 en Nüremberg, cuando tenía 16 años, y que entre otras proyecciones en la cultura occidental bautizó un síndrome que se adjudica a los niños carentes del afecto de los padres en sus primeros años de vida, algo que formó parte del diagnóstico del Petiso, de acuerdo a Víctor Mercante, uno de los especialistas que lo analizaron.

Pero el Petiso tampoco era un caso tan extraordinario. Otro adolescente, Ramón Esteban, el Ñato Pantaleón, había cometido cinco crímenes y mereció el análisis de Helvio Fernández, el director de la Revista de Criminología. ¿Por qué recordamos al Petiso y no a Ramón Esteban? ¿Por qué algunos criminales persisten en las crónicas y en las memorias mientras otros se pierden en el olvido?

En el discurso de la prensa, la justicia y la criminología toman el relevo de la policía. La oficina de la división de investigaciones, donde acuden “numerosos facultativos” para observar al fenómeno que hasta entonces sólo conocían en teoría es el lugar de paso entre unos y otros. La historia se desplaza de la calle al gabinete. La prensa se llama a silencio, un silencio que rompe en 1915, para exigirle al juez Oro que ponga al Petiso en la cárcel y no en el Hospicio de las Mercedes, como pretende.

Hay un punto en que la prensa se contiene en el caso, un límite que no puede sobrepasar y tiene que ver con la asociación de crimen y sexualidad y con las manifiestaciones que hace o se le atribuyen al Petiso en relación a que matar  es un acto que le provoca placer.  Tal vez sea una marca de época; en el asesinato de Frank Carlos Livingstone (1914), las crónica plantearon una censura moral sobre la esposa de la víctima, instigadora del crimen.

Pero en el caso del Petiso no se trata de censura sino de una demanda de represión que en algunos diarios sugiere la pena de muerte y que queda satisfecha con su encarcelamiento entre los presos y no entre los locos. El silencio, entonces, se impone ante “actos indescriptibles” que “deben ser relegados al secreto de la justicia”.

Las certezas de la prensa borran las contradicciones de la historia. Por señalar una muy evidente: Godino aparece por un lado como un joven locuaz, verborrágico, con cierta inteligencia, que habla en detalle de sus actos, se regocija con el sufrimiento de las víctimas y no manifiesta arrepentimiento; por otro lado, los informes médicos lo describen como un chico con retraso mental grave, de una edad comparable a la de los nenes que atacaba o elegía como compañeros de sus juegos (entre 2 y 4 años), con muchas limitaciones para articular un discurso y referenciarse en el tiempo y en el espacio.

Al mismo tiempo las certezas de la prensa desdibujan la historia personal del Petiso: la figura del monstruo desplaza al niño que representó ese papel. El Petiso encarna entonces las teorías sobre el delito y los delincuentes que venían elaborándose desde fines del siglo XIX. En estas formulaciones, su historia se narra en los términos de los relatos que desprenden al delito de su época y eliminan sus aristas conflictivos, relatos que nos hablan del triunfo de la ley y la policía sobre personajes o fenómenos que amenazaron a la sociedad.

El Petiso Orejudo (1994), el libro de María Moreno, planteó otra mirada sobre la historia, la sacó del registro exclusivamente judicial-policial y la restituyó a su contexto histórico y cultural. Narrar la historia del Petiso supone hoy continuar en esa perspectiva, para que no quede encerrada en las versiones policiales y para que nos diga lo que todavía tiene para contar.

Este texto refleja la conferencia que dio Osvaldo Aguirre en el Coloquio sobre delito, memoria urbana y escritura, celebrado a cien años de los crímenes del Petiso Orejudo.