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Las últimas palabras de Mate Cosido

Por Osvaldo Aguirre

En las crónicas del delito hablan muchas voces. Los policías, los jueces, las víctimas, los abogados, los criminólogos, los historiadores, los funcionarios y los periodistas especializados tienen algo para decir, y encuentran sin inconvenientes el espacio para decirlo. Pero hay personajes que no disponen de la misma posibilidad. O cuando pueden hablar reciben un lugar secundario. Y sin embargo tienen un rol protagónico en los hechos en cuestión. Son los delincuentes.

La palabra de los delincuentes está siempre mediada, en sus registros, por la voz de otro: el empleado judicial que toma su declaración, el experto que lo estudia, el perito que lo indaga, el periodista que lo reportea. Los interlocutores de esos diálogos no están en pie de igualdad y además ocupan lugares enfrentados, dentro y fuera de la ley. No es la palabra de los delincuentes la que nos transmiten los documentos judiciales, las pericias, los estudios científicos y las notas de prensa sino un eco lejano, en el que los términos y las formas de hablar están filtradas -corregidas, adulteradas- por el modo en que la escucha una persona que suscribe a determinados valores, un representante de la ley. Nos dice mucho más de Guillermo Hoyo, Hormiga Negra, la equis que estampa como firma de su declaración ante la justicia de San Nicolás que los términos que le adjudican en la indagatoria.

A diferencia de lo que ocurre a priori con cualquier otro personaje del mundo del delito, el delincuente provoca desconfianza. Su palabra está devaluada. Hablar o mantenerse en silencio son, en su caso, estrategias sospechosas. Si habla, se supone, es para obtener alguna ventaja, y si calla es para evitar una complicación. Nada parece más diferente de la verdad que su relato.

Los delincuentes no son escuchados de la misma forma en que se escucha a otros personajes tanto o menos confiables. Nunca se les otorga el beneficio de quedarse con la última palabra. Por eso, de vez en cuando, dan su propia versión, sin mediadores y sobre todo al margen de las instancias de la ley. La historia criminal argentina ofrece muchos ejemplos de condenados por crímenes y robos que fueron desoídos en sus reclamos ante la justicia y que escribieron cartas, autobiografías y testimonios para relatar lo que consideraban la verdad de sus historias. En los textos menos interesantes, expresan arrepentimiento, descargan la responsabilidad de sus hechos en otros, adoptan en definitiva la perspectiva de la propia ley que los castiga. Los más perturbadores son aquellos en que asumen sus actos, hacen presente un contexto de circunstancias y situaciones en que sus historias tienen otro sentido y transforman sus experiencias en un foco dirigido sobre la sociedad que los produce y los desconoce como producto propio.

Cuando llega el correo

En esa línea soslayada de la historia criminal se inscribe el nombre de Segundo David Peralta, Mate Cosido, y su apelación a la opinión pública para que se difundiera una versión de los hechos, la de su historia, que era negada por la policía y la justicia.

El 7 de enero de 1940, en Villa Berthet, Chaco, una patrulla de la Gendarmería Nacional preparó una emboscada para detener a Mate Cosido cuando iba a recibir el rescate por el secuestro del encargado de una estancia, Jacinto Berzon. Hubo un tiroteo, pero Peralta consiguió escapar. Las persecuciones continuaron sin éxito durante años, encabezadas por Guillermo Solveyra Casares, quien durante el primer gobierno peronista fue Director de Informaciones Políticas de la presidencia y organizador de un temible grupo de tareas especializado en la tortura de presos políticos e integrado por Cipriano Lombilla –discípulo de Leopoldo Lugones (h)-, José Faustino Amoresano, Salomón Wasserman y los hermanos Luis y Juan Amadeo Cardoso.

La captura de Mate Cosido vivo o muerto fue la misión inicial de la Gendarmería, creada en julio de 1938. Se comprende que pusiera tanto empeño en cumplirla. En publicaciones posteriores de la fuerza, cuando ya estaba retirado, Solveyra Casares dijo que Mate Cosido murió por las heridas recibidas en el tiroteo de Villa Berthet. Pero no hubo ninguna prueba al respecto. La conjetura trata de enmendar una frustración: la historia de la Gendarmería Nacional comienza con un fracaso.

La revista Ahora publicó entonces una serie de notas dedicadas a contar la historia de Mate Cosido, en base a los reportes de un enviado especial no identificado. El relato respaldaba la intervención de la Gendarmería pero a la vez reproducía con ciertos matices la perspectiva de la fuerza y de las grandes empresas y comerciantes del Chaco, principales víctimas de los asaltos de Mate Cosido. Las leyendas en torno a los actos de generosidad del bandido y el buen trato que concedía a las víctimas de sus secuestros aparecían mezcladas con los datos tomados prácticamente en crudo de su prontuario y con información policial que trataba de socavar su red de contactos y de relaciones.

En su edición del 5 de marzo de 1940 la revista ofreció una primicia sensacional: “es Mate Cocido, el propio protagonista, quien aparece y se ubica en un primer plano. Y habla”. El bandido contaba su historia en una extensa carta, “fiel documento de una vida que quiere decir su palabra en medio de tantas mentiras y verdades como se han tejido alrededor de ella”.

Ahora publicó la carta de Mate Cosido en sucesivas ediciones. Es decir que la sometió a su regla básica de edición, al convertirla en un relato por entregas. En la inicial, la revista reprodujo la primera carilla de la carta, fechada en Chaco, en marzo de 1940, y “el sobre de puño y letra de Mate Cosido”, dirigido “Al señor director del periódico ilustrado Ahora, Benezuela (sic) 677, Buenos Aires”.

La carta estaba firmada por Manuel Bertolatti, uno de los nombres falsos a los que acudió Mate Cosido. Para Ahora la rúbrica demostraba la autenticidad del texto, ya que en todo caso era un nombre y un apellido “que la policía considera que no son los verdaderos” pero que efectivamente identificaban, con otros, al bandido. El editor periodístico hacía las veces de  investigador y de perito calígrafo: “Fechado en el Chaco, el sobre tiene sin embargo el sello de una oficina de correos perteneciente a una ciudad santafecina; es una precaución explicable en el bandolero, que ha tratado por este medio de ocultar su paradero actual”. La estación de donde fue despachada la carta (la revista no reveló el nombre) estaba en un cruce de líneas ferroviarias con el Chaco, y la letra de la carta “es exactamente la misma de las cartas enviadas a María Berzón, de Santa Fe, hermana de Jacinto Berzón (…) y como en aquellas cartas Mate Cosido no fecha en una localidad determinada sino simplemente en el Chaco”.

Mate Cosido comienza su historia con una disculpa: “Yo sé señor director que mi carta adolece de errores ortográficos y de redacción, pero como mi intención (…) no es pasar por hombre de letras, lo hago a mi alcance y nada más”. Es cierto que tiene faltas de ortografía, pero la letra, a juzgar por lo que reprodujo Ahora, es clara y prolija; y el mismo exordio tiene cierta impronta culta, al evocar el viejo tópico de la falsa modestia, el del escritor que se declara incapaz de llevar a cabo la tarea propuesta.

Peralta cuenta que estuvo leyendo las notas publicadas por Ahora sobre su vida y que ha visto “conceptos elogiosos de mi proceder con los secuestrados”. Entonces se explica y dice lo que no consta en los documentos policiales: “Yo creo que el origen de esta conducta mía está basada en esto: No soy un delincuente nato, ni creo que mis sentimientos sean malos. Soy una fabricación por las injusticias sociales que siendo muy joven ya comprendí, y por las persecuciones gratuitas de un policía inmoral y sin escrúpulos”. Cuando la policía individualiza a un hombre con antecedentes, puntualiza, “lo primero que hacen es quererlo conquistar como delator, si no acepta, vienen las persecuciones”. Entre otras ocasiones, intentó rehacer su vida en 1931, cuando salió de la cárcel de Tucumán, pero la policía de Investigaciones comenzó a acosarlo y a detenerlo en averiguación de robos.

La revista transcribe y analiza la carta, contrasta los dichos de Mate Cosido “con lo que él llama su realidad y con lo que informa la policía” y redefine su lugar, haciendo equilibrio entre unos y otros. Mate Cosido “no niega la parte de culpa que pesa sobre él; no niega que vive al margen de la ley, no intenta –ni mucho menos- rehuir responsabilidades. Se limita, simplemente, a denunciar cuál es el origen del bandolero que lleva en sí. Y no lo hace en el tono de quien busca atenuantes, sino en el de quien pone las cosas en su lugar, desde su punto de vista, claro está”. Ahora acredita que “su anecdotario está pleno de sorprendentes gestos de generosidad”: Mate Cosido ayuda económicamente a los humildes, expone su propia vida por los débiles (ejemplificada por la búsqueda de un médico para un niño enfermo, una de las leyendas más difundidas en el caso) y, en fin, “hay situaciones sorprendentes, que revelan en Mate Cosido la existencia de un delincuente de orden excepcional”.

La admiración no excluye algunos reparos, ante episodios de violencia como el asalto a La Forestal, en Cote Lai, de mayo de 1938, donde murió el mayordomo Jorge Mieres o el crimen del chofer Pedro César Borelli, cerca de Sáenz Peña. Son los frutos envenenados de la traición, en el primer caso (Mate Cosido dice que lo acusa un ex cómplice, Manuel Delgado, para hacer zafar a los verdaderos responsables) y en el segundo “los platos preparados en la cocina policial (…) condimentados con el arte culinario de la picana eléctrica”. Ahora advierte que en realidad la policía no acusó a Mate Cosido por el crimen del chofer sino a algunos miembros de su banda, pero “era lógico entender que éstos habían procedido a dar muerte a Borelli para cumplir órdenes recibidas de su jefe” y lo absuelve por el intento de homicidio de un empleado de Bunge y Born: “De acuerdo con lo que el mismo Mate Cosido dice en su carta, estos innecesarios excesos de violencia no son su característica. Y su historia lo demuestra”.

Mate Cosido también encuentra espacio para criticar los procedimientos de la Gendarmería. El ofrecimiento de una recompensa por su cabeza es un “pobre recurso de fracasados, eso es lo mismo que hacer confesión de incompetencia”. Confía en sus amigos, que lo hospedan en sus casas y quienes “algunas veces charlan conmigo al respecto y vierten opiniones, unos critican la bonita moral que quieren enseñar al pueblo, ser un traidor”, mientras “los hinchas más furiosos me piden que extreme la lucha y al verlos tan adictos a mí y dispuestos a servirme en cualquier trance, todo mi ser rebosa de agradecimiento”. Y a propósito de las contradicciones que señala Ahora agrega:  “yo llevo a la práctica dos normas de conducta, la primera evitar la violencia todo lo posible, dentro de mi realidad, para alejar toda posibilidad de homicidios y comentarios desfavorables, desprestigiándome a mí y a los camaradas que me acompañan y esta otra: extremar las energías en el combate forzoso cuando se trata de defender la libertad o eliminar algún delator”.

Cuando la Gendarmería lo daba por muerto, Mate Cosido reapareció para contar su historia a través de la prensa. “Tal vez cuando algún día -si no se borra para siempre todo rastro de él- deba enfrentarse a la justicia para rendir cuenta de sus andanzas, se conozca recién la verdad -dijo Ahora-. Y se compruebe que un gran número de asaltos y secuestros que se le han sumado a la abundante lista de sus fechorías no han sido obra suya sino que se usó de su fama y de su nombre -mal nombre y mala fama- para lograr una transitoria y relativa impunidad”. Ese día nunca llegó, pero las últimas palabras de Mate Cosido son desde entonces fundamentales para conocer su historia.

Villa Berthet, Chaco, allí donde desapareció Mate Cosido.

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