Crimen y Castigo

La jungla de fibra

Shoaib es perito mercantil. No tiene idea cuánto trabajo de ingeniería inversa se necesita para desbloquear un celular. No tenía idea hace dos años cuando desbloqueó su primera Blackberry por 15 libras y tampoco tiene idea ahora. “Esto es simple, mi amigo: las personas no tienen la confianza necesaria para hacerlo ellas mismas, por eso acuden a mí”, me confiesa con una sonrisa pícara de dientes manchados.

Ese es el secreto de Shoaib: en la era del Do It Yourself, con un caudal inagotable de conocimientos a un clic de distancia, él, que nació en el lado pakistaní de Kashmir hace 28 años, hace lo que otros no se animan y lo hace por dinero.

– Toda la información está en YouTube –dice.
– ¿Y me vas a decir que no leés xda-developers? –pregunto.
– ¿Qué es eso, mi amigo? Nunca lo vi.

Acaba de confesarme que no conoce xda-developers, uno de los foros on-line más conocidos dentro del universo móvil. Hace una pausa y sin interrumpir sus quehaceres me repite lo que bien podría ser su mantra: “Esto es simple, mi amigo”.

Shoaib es trigueño y diminuto. Todo en él lo es: sus manos, su cabeza redonda, sus ojos tristes y su local de dos por uno que está al lado de una estación de tren, al sudeste de Londres, una área que la brújula de distribución económica indica como lo más pobre de la ciudad.

Durante la última década y media, kioskos como el de Shoaib proliferan en varias ciudades del mundo. Asunción, Nueva Deli, Buenos Aires o Londres, da igual. Son casi idénticos, como diminutos clones transnacionales, símbolos de una época que tiene más de seis mil millones de teléfonos celulares conectados. Suelen instalarse cerca de estaciones de tren, mercados y otros rincones dónde transitan gentes. Venden accesorios, recargan crédito y brindan jailbreaking, rooting, unlocking, debranding, flashing… trucos como los que necesita esta rubia rellenita en ropa deportiva que conversa ahora con Shoaib.

Shoaib le habla sin moverse. Apenas estira la boca. Él sabe que lo que la rubia rellenita necesita es ser root de su teléfono Android, uno de los 1.5 millones que se activan a diario. En rigor, a la chica lo único que le interesa es borrar esa app inútil que ocupa espacio en vano. Esa aplicación mediocre es una de las tantas que las compañías de telefonía celular agregan y traban en los smartphones con la remota esperanza de que alguien las utilice. Si un móvil no está rooteado, esas apps, que llevan el apodo de bloatware, no pueden eliminarse. El rooting en los iPhones se conoce como jailbreaking. Ambas son técnicas de privilege escalation que aprovechan pequeñas vulnerabilidades de un sistema para otorgar a un usuario privilegios superiores a los que tiene por defecto.

Luego de convenir el precio, Shoaib conecta el teléfono a la PC y un software que descarga de un sitio llamado Unlockr  se encarga de todo. Miro el sencillo procedimiento y pienso que la rubia rellenita podría haberse ahorrado unas libras con sólo una búsqueda en Internet. Pero si se avivara la rubia, Shoaib dejaría de ganarse esos morlacos.

Liberar teléfonos móviles para que funcionen con cualquier SIM card –o unlocking– tampoco demanda grandes conocimientos. Shoaib me explica que mediante técnicas como UniversalBox Extended sólo se necesita comprar unos adminículos. Me los muestra. Hay una pequeña caja negra con dos conectores. Requiere además, un cable que va incrustado en lugar de la batería del celular que quiera liberar. Una vez conectados artefacto, cajita negra y PC opera un software con una interfaz bastante simple. Ese software funciona con crédito que Shoaib, cual revendedor de soluciones, compra al por mayor.

Son unas letras raras -como las de Matrix- las que terminan el trabajo. Shoaib me confiesa que no conoce en detalle cómo funcionan esas líneas de código. Si por algún motivo el proceso automático falla, Shoaib espera unos días hasta que algún geniecillo, que sí sabe de ingeniería inversa, publique la solución y el software se actualice. Existen otros métodos de unlocking como JAF/Fenix Key, HWK o Cyclone Box. Pero la Universal, para Shoaib, es la más sencilla.

El unlocking y el rooting no son ilegales, al menos no en el Reino Unido. De hecho, la dicotomía bloqueado/desbloqueado lleva años. Los defensores del bloqueo dicen que sirve para subvencionar el costo del artefacto y promocionar las suscripciones a las telefónicas; los detractores, que es una práctica de marketing injusta que roza el timo, ata al consumidor a una empresa y le quita dominio sobre el celular.

“Mejor si es un área pobre, mi amigo”, lanza Shoaib e improvisa un análisis étnico de consumo móvil. Me cuenta que sus mejores clientes son personas negras de países marginados. Sospecha, o tal vez lo sabe con certeza, que varios de ellos son box breakers.

El box breaking funciona más o menos así: el Sr. Breaker adquiere, en efectivo, un móvil sin contrato en una tienda grande como Carphone Warehouse. Incluso sin contrato, el artefacto tiene un costo menor por estar ligado a una compañía. Y dado que el Sr. Breaker paga en efectivo no hay datos asociados al IMEI (International Mobile Equipment Identity: número único que identifica a casi todos los móviles del planeta). Con la caja intacta, el Sr. Breaker, acude a uno de los miles de Shoaibs que liberan al artefacto por una suma modesta. Finalmente, el Sr. Breaker lo exporta a un mercado emergente en donde los gadgets suelen ser más costosos y se queda con la diferencia. Todo legal, salvo por el hecho de que en la mayoría de los casos el Sr. Breaker evade impuestos de exportación.

Pero hay algo más que el box breaking. Algo que consiguió que Shoaib ya no pueda disimular su incomodidad ante tantas preguntas: desbloquear un barred.

Los barred son teléfonos celulares que fueron bloqueados porque hay una denuncia sobre el IMEI. De hecho, hay servicios web que permiten chequear si un teléfono fue inhabilitado vía IMEI. Sin embargo, ley y trampa nunca estuvieron tan cerquita como en el terreno digital. Y aunque Shoaib “no hace eso”, tiene la picardía necesaria para saber que con sólo googlear “IMEI Crusier” comienzan a surgir enlaces con la data necesaria para cambiar el IMEI de un celular. Pero eso si que es ilegal.

Atiborrado más de calma que de trabajo, Shoaib puede permitirse cierta parsimonia para ensamblar ese Samsung Galaxy SII. Lo hace siguiendo un video on-line a prueba de principiantes, pero lo hace. Se aproxima otro cliente y Shoaib interrumpe la charla. Posa el Galaxy debajo del mostrador y me despide con un ademán afable.

Shoaib está tan lejos del nerd como del cebado que vomita mil datos por segundos sobre modelos y nuevas versiones de gadgets, mil datos irrelevantes diseñados para ser repetidos por loros adictos a la novedad. Se parece más a un panchero Shoaib: sabe calentar el agua, poner las salchichas, cortar el pan, conoce varios tipos de salsas y dónde comprar todo al por mayor. Cuenta, además, con un carrito con todo lo necesario para prepararlos. Y aunque tiene una vaga idea, ignora cómo se hacen los embutidos. Aún así, vive de ellos. Se los vende a otros que no saben, no quieren, no disfrutan o no se animan a cocinar panchos en sus casas.