Crimen y Castigo

La pregunta por la violencia

Si el trabajo de pensar la violencia en la Argentina actual resulta de entrada paradójico, extraño, incómodo; formular preguntas sobre la violencia lo es más aún ¿Somos una sociedad violenta? En ese caso, ¿cada día más? ¿Es posible (y deseable) una sociedad sin violencia? Y lo curioso es que ese por qué reposa en la punta de la lengua, persiste sin poder ser enunciado, parece no poder ser dicho. Sin embargo se formulan la preguntas, se afilan los conceptos, se buscan explicaciones, pistas, datos y testimonios.

Y responden el filósofo Darío Sztajnszrajber, docente y conductor del ciclo televisivo Mentira la verdad; Mauro Szeta, periodista especializado en policiales, columnista de C5N; y el sociólogo Alejandro Grimson, que recientemente ha publicado el libro Mitomanías argentinas.

¿Cómo definir la violencia?
Alejandro Grimson:– La violencia implica un acto de alguien contra un otro en contra de la voluntad de ese otro. Implica el ejercicio de un poder no aceptado. Por ello, hay violencia física, cuando ese acto se dirige a un cuerpo y lo lesiona o lo elimina. Y por ello hay violencia simbólica cuando ese poder afecta bruscamente las emociones, la libertad de pensar e imaginar. En contextos bélicos literales y metafóricos la violencia es esperable, pero no por ello aceptada, ya que es visualizada como poder enemigo.
Mauro Szeta:- Uso bastante la palabra ‘violencia’, más que la palabra ‘inseguridad’. Trato de ceñir todo a la violencia, me parece más general. No distingo entre el robo y la pelea callejera. No me parece más ‘trascendente’ la muerte en ocasión de robo que la muerte violenta en una pelea a la salida de un boliche. Me parece que la violencia es la forma de dirimir las cuestiones sin un sentido de represión de lo peor que tenemos.

¿Por qué una pelea callejera entre dos civiles puede ser comprendida como más violenta que el espectáculo de dos boxeadores en un ring?
Mauro Szeta:– El boxeador pelea dentro de un marco reglamentado. Cuando uno habla con los boxeadores lo tienen como una cosa casi mecánica, técnica, ni siquiera pasa, para ellos, por un acto de violencia. El boxeo está legitimando una pelea, pero el resto, todo lo que tenga algún final de muerte, herida, lesión, dirimir las cuestiones sin palabras, es violento.

¿Que elementos de un marco más general, dígase las sociedades contemporáneas capitalistas y occidentales, podrían ser relevantes para pensar el problema de la violencia en Argentina?
Darío Sztajnszrajber:- Creo que hay una violencia global cuyos orígenes pueden rastrearse más que en el capitalismo, en la lógica de la metafísica occidental que prioriza el principio de identidad y entiende que todo lo que no hace a la identidad es nocivo y peligroso, y por ello exterminable. Occidente se posiciona como una sociedad tolerante pero históricamente ha dividido a sus otros en dos: le ha dado cabida a algunos al precio de perder su singularidad, y a aquellos que no cuajaban, los ha invisibilizado, cuando no aniquilado. En ese sentido hay una violencia mas latente que pasa por la naturalización de un lugar de inferioridad o de exclusión de grandes sectores sociales. El caso mas prototípico es el de la supuesta debilidad de la mujer.

¿Cómo opera la relación causal que suele establecerse entre “falta de justicia” y el subsiguiente “campo fértil” para la violencia que se generaría ante los crímenes impunes? ¿Cómo se piensa la relación entre violencia y justicia?
Mauro Szeta:- En los casos donde alguien termina matando por la llamada ‘justicia por mano propia’, uno podría creer que la decisión que toma el que le dispara al ladrón, la toma porque no cree en las instituciones. Entonces prefiere el camino personal al camino institucional. Así existe el individuo que no es violento, pero se torna violento porque las instituciones lo han defraudado, no cree más en ellas.
Darío Sztajnszrajber:– Muchas sociedad de mano dura no han logrado hacer decrecer la violencia cotidiana. Tal vez más que de justicia en términos represivos, deberíamos pensar en una justicia mas bien social o de igualdad de oportunidades que pueda brindar la posibilidad a todos los ciudadanos de desarrollarse plenamente y realizarse. La justicia es represiva, aunque a veces necesaria para garantizar cierto orden, es la prueba de que hay algo de base que no funciona. No creo que esa base tenga que ver con cierto esencialismo humano orientado al mal, sino con la ausencia de modelos de inclusión social que busquen brindar plenas condiciones de realización para todos.
Alejandro Grimson:- En una sociedad capaz de actuar de manera justa con cada uno de los delitos (violentos o no) que hayan sido cometidos, la tendencia a la violación de las leyes tiende a disminuir. Está claro que las diferentes causas de impunidad en una sociedad alimentan situaciones delictivas en general y violentas en particular. Ahora, la idea de justicia alude por una parte a las instituciones específicas ocupadas de la administración judicial y, por otra, a la justicia entre los miembros de una comunidad. En un caso imaginario donde el poder judicial y sus instituciones vinculadas funcionen a la perfección, pero donde existan grandes injusticias sociales, es posible que la intensidad de la violencia surja más temprano que tarde.

¿Es posible que la que la lógica inseguridad/seguridad, desde la cual se piensan predominantemente ciertos hechos violentos, como robos o robos seguidos de homicidio, obture y a la vez naturalice la cuestión de la violencia en una sociedad?
Darío Sztajnszrajber:– No sé si la obtura, pero seguro que es estigmatizante y la asocia a los sectores mas desventajados. La lógica de la inseguridad no refleja la situación de hecho, sino la crea. Una cosa es hablar de una sociedad sumida en la inseguridad y otra cosa es hablar de delitos cotidianos. La idea de una sociedad insegura representa, a mi entender, la idea de una sociedad para algunos y de la necesidad de construir una importante cantidad de excluidos que legitime a los que están adentro. En general la inseguridad es postulada por los que están adentro del sistema, cuando podría tranquilamente ser a la inversa…
Alejandro Grimson:- La matriz perceptiva “seguridad-inseguridad” permite ver ciertas cosas e impide ver otras. Un niño conduciendo un cuatriciclo motorizado o un adolescente de clase alta conduciendo un auto antes de la edad permita no ingresan en la idea inseguridad. Tampoco ingresa la falta de regulación pública sobre el mercado inmobiliario, a través de la cual pueden morir más personas que otras situaciones características de la inseguridad.
Mauro Szeta:– Inseguridad y violencia no van necesariamente de la mano. La violencia es algo mucho más amplio. Si vos me preguntás qué hace que un joven se torne violento… Los especialistas dicen que el ocio y la falta de trabajo y expectativas puede hacer que un pibe se torne violento, consumo de drogas, todo eso puede tornar una conducta violenta… Hay una figura que me impactó mucho: un pibe que se apodera de un banco por cinco horas, el “el Chilenito”. Y hay una imagen muy fuerte, donde el chico se sienta en el sillón del contador del banco y da vueltas, disfrutando el robo, pero más que el robo, disfrutando que una vez en la vida era alguien de quien estaban hablando todos. En ese momento sintió que lo estaban escuchando. La falta de escucha, de aquel que no tiene afecto o contención te puede tornar violento, aquel que no tiene el plato de comida o alguien en quien apoyarse, te puede tornar violento. Pero no necesariamente, hay mucha gente de clase media que afana y es violenta. La explicación de la violencia en los sectores marginados puede obedecer a eso. Si sentís que el mundo te es hostil todo el tiempo, ¿por qué no serlo vos?

Existe un sentido común que dice que “ciertas cosas en la época de los militares no pasaban, uno podía caminar tranquilo por la calle”. ¿Cómo puede analizarse dicha opinión? ¿Es posible, en efecto, que dicho pensamiento se base en el presupuesto de que “a mayor uso de la violencia por parte del Estado, mayor concentración, menor violencia en el seno de la sociedad civil?
Alejandro Grimson:– Que hay ciertas cosas que en diferentes pasados no sucedían, es cierto: posiblemente un niño podía estar o jugar en la calle con más tranquilidad que hoy. Pero la identificación de esa época con los militares es arbitraria, absurda y puramente ideológica: mi padre viajaba en tranvía con muy pocos años de edad en los años cuarenta. Y durante mucho tiempo los niños jugaron tranquilamente en las calles. En el final de la dictadura, yo mismo no caminaba tranquilo por la calle, simplemente por tener el pelo más largo. Por otra parte, en el pasado hay cosas que sucedían con naturalidad y que ahora son enfrentadas: por ejemplo la violencia de género, la violencia contra los niños en escuelas, la violencia contra cierto tipo de empleados. Como se ve, también este tema está enmarcado por el mito “todo tiempo pasado fue mejor” que discuto en Mitomanías.
Mauro Szeta:– Creo que la última dictadura fue uno del los momentos más violentos de la historia argentina. Sin embargo, te doy la noticia de que hay cosas que siguen pasando, por ejemplo la policía desbordada. Hace poco en la policía del partido bonaerense de 3 de Febrero mató a un chico porque pensaron que la camioneta en la que iba, una Eco Sport, no se condecía con su figura estética, y le pegaron un tiro por la espalda. Casi la aplicación teoría lombrosiana del delito. Probablemente, cuando el Estado es dueño de aplicar la violencia, ésta se incrementa. A veces, la presencia desafiante de la policía en manifestaciones hace que el manifestante se torne violento. Habría que ver qué pasa si no va la policía a las manifestaciones, no hay garantía alguna de nada, pero sería interesante ver qué pasaría…
Darío Sztajnszrajber:- Es que no es cierto que en la época de los militares se caminaba tranquilo por la calle, ya que estaba la amenaza del estado represor. Si ya de por si la violencia de par a par es deleznable, la violencia del estado se vuelve un acto de criminalidad suprema. El tipo de enunciados que mencionás son clásicos de un sector de la sociedad que solo mira para sí mismo, el cual olvida que una sociedad es un conjuntos de fuerzas que interactúan. Así, siempre “el responsable es el otro en la medida en que sus necesidades trastoquen las mías”.

¿Es la cuestión de la violencia política, especialmente para los sectores de izquierda y progresistas, un tema tabú? ¿Por qué no se tematiza políticamente hoy a “los quemacoches”, que según una línea de investigación son declaradamente anarquistas, pero en cambio se los caracteriza mediáticamente y a nivel opinión pública como “vándalos”?
Alejandro Grimson:– Algunas películas y algunas novelas, así como algunas investigaciones académicas, han buscado y en parte han logrado que la violencia política no sea siempre un tema tabú. A la vez, es necesario avanzar en nuevos debates y balances al respecto.
Darío Sztajnszrajber:- Creo que la disociación de muchas acciones políticas de su origen político se relaciona con toda una filosofía que tiende a resaltar la inseguridad civil desde la prioridad de una vida individual, que en su desarrollo se relaciona con el estado como un proveedor de servicios. Así, un ‘quemacoche’ no es un planteo de transgresión social, sino un acto delictivo cometido contra una propiedad concreta. El adversario de la política justamente no se encuentra en el interior de la política, sino en lo que es su negación: la antipolítica. Pero la antipolítica no se agota en humoristas presentándose a elecciones, sino en la conciencia de una clase que supone que un país es como una gran empresa que debe dar dividendos y brindar servicios respetando las jerarquías económicas. Solo el retorno de la política como una opción por el que sufre puede modificar esta situación.

¿Podría pensarse también que se despolitiza a los barrabravas en el fútbol?
Mauro Szeta:- Al barrabrava se lo debe distinguir del supuesto anarquista. El barra es un tipo sin moral, sin ideas, es un mercenario, le da lo mismo trabajar para el PJ que para el radicalismo.

¿A nivel barrial no genera una estructura política?
Mauro Szeta:– No me los imagino ni haciendo tareas sociales, ni recaudando, ni haciendo distribución social. El barra hace la pintada porque le están pagando, no se basa en un concepto de la política.

¿Habría que dar por buena, en esta época de fuertes y ruidosos antagonismos, la tesis que enuncia que “la violencia de los de arriba violenta a los de abajo”? ¿O se trata de un cuestión más profunda, subterránea? ¿A qué nos referimos con “los debates no saldados sobre los setentas”? ¿A un especializado intercambio epistolar entre intelectuales que brindan testimonio sobre aquella época o a heridas que aún palpitan en lo más íntimo del cuerpo social y condicionan sus manifestaciones culturares, políticas?

En el breve pero terrible ensayo Para una crítica de la violencia, de 1921, Walter Benjamin decía: “La violencia, que el derecho actual trata de prohibir a las personas aisladas en todos los campos de la praxis, surge de verdad amenazante y suscita , incluso en su derrota, la simpatía de la multitud en detrimento del derecho. La función de la violencia por la cual ésta es tan temida y se aparece, con razón, para el derecho como tan peligrosa, se presentará allá donde todavía le es permitido manifestarse según el ordenamiento jurídico actual”.

Alan Ulacia es periodista y autor del blog amartillasos.