Pesquisas

El show de Ángeles Rawson

Pedro no tiene el dinero suficiente para tomarse un tren que lo llevará hasta una estación suburbana, desde la que caminará algunas cuadras hasta el cementerio para dejarle una flor a su padre. Si tuviera ese dinero –apenas siete pesos, ida y vuelta- se acercaría al puesto de flores de la entrada y pediría una pequeña donación de dos claveles para colocar sobre la tumba. Pero no hay nada. Pedro cayó en desgracia hace varios años y ahora vive en la calle, chupa el frío del otoño y hurga en la basura con la esperanza de encontrar algún mendrugo de pan. Cada tanto ve pasar a la muchedumbre por delante y alterna sus pensamientos con la lectura de diarios –carga con una bolsa llena de ejemplares viejos. Pero es martes 18 de junio y hoy Pedro se olvida un rato de la tumba de su padre. No le importa ni la gente ni las limosnas; sólo el diario.

“Parece que fue el portero”, cuenta, con un hablar pausado. “Dijo que la nena lo insultó y que por eso lo hizo”. Sostiene entre las manos un ejemplar del diario La Razón que lleva como título principal la confesión del presunto asesino de Ángeles Rawson.

Escribo estas líneas en la noche del mismo martes en que charlé con Pedro. Ese tipo no fue la única persona que me ha comentado el caso en la última semana, por supuesto. Mi mamá me pregunta qué sé de nuevo del asunto cada vez que me llama por teléfono. Mi viejo dedicó una parte importante de la visita que compartimos en su Día del Padre para referirse al homicidio. Mi abuela estiró la noche hasta ya no poder más y se quedó dormida frente a la pantalla de un canal de noticias que relató en vivo y en directo el allanamiento de la casa de la familia Rawson. He compartido una cuadra entera, al lado del periodista Juan Ortelli, escuchando cómo las dos chicas que iban adelante nuestro analizaban el asunto, apasionadas. Y cuatro amigos me apuraron en Twitter para que escriba alguna nota sobre el hecho con twits de este estilo:

 

 

Trabajo en noticias policiales desde hace diez años; las leo desde hace mucho más. Y nunca he vivido nada parecido.

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El de Ángeles Rawson es el crimen más resonante de la última década. Carpe diem para los que quedamos vivos: estamos asistiendo a la invención de un caso que será histórico –quizá con lejanas reverberaciones en el homicidio de Norma Penjerek, otra chica de 16 años desaparecida y hallada en zonas lindantes de basurales- y no debemos dejar pasar la oportunidad de informar y de narrar como se debe (los periodistas) ni la de investigar como se necesita (los funcionarios judiciales).

Los indicadores mediáticos del caso dicen que en la semana que pasó, la tevé le dedicó a la muerte de esta adolescente 206 horas de programación: según el Grupo Identidad en la televisión abierta Canal 9 le dio 14 horas; América, 12; Telefé, 8 y media; El Trece, 7; y Canal Siete, 2 y media. El mismo estudio señala también que a Candela Sol Rodríguez le fueron dedicadas “apenas” 85 horas de pantalla. Es decir, dos veces y media menos para un caso de un marcado compromiso político.

El primer domingo después del caso fue un día clave para los diarios: Clarín, Página 12 y Tiempo Argentino llevaron el tema a tapa y convirtieron al portero Jorge Néstor Mangeri –ya sospechoso del homicidio- en uno de los protagonistas del día. Entre el medio centenar de noticias más leídas de la edición digital de La Nación del último mes, ocho corresponden a Ángeles Rawson. Y Crimen y Razón –un sitio web independiente de noticias policiales y judiciales- vio incrementado su tráfico cuatro veces durante esta semana.

 

Es que los medios encontraron en Ángeles Rawson a su gallina de huevos de oro –sin importar que, de alguna manera, sea una gallina degollada- y la explotaron a toda hora. Por otro lado, no sería una sorpresa que el gobierno hubiera dado su visto bueno sobre la campaña, beneficiado con el soterramiento de la noticia del accidente fatal de los trenes en Castelar, un tema sensible para la administración CFK que pasó con sordina mediática.

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Decir que el caso es resonante porque se trata de un crimen en el seno de la clase media es tan obvio y sencillo como errado sería decir que es un homicidio ruidoso porque es un “crimen de porteros”.

Por supuesto que es una historia atronadora, y no fue María Marta García Belsunce quien nos enseñó que las condiciones socioeconómicas elevadas aseguran un éxito de audiencia, ni tampoco Nora Dalmasso, sino tal vez Frank Carlos Livingston, apuñalado unas cuarenta veces en el zaguán de su casa del Barrio Norte hace 99 años. O el hijo del héroe de Mayo Martín de Álzaga, que mató a un amigo en el llamado Crimen de los Aristócratas, en la Buenos Aires de 1828. Es una cuestión de interés narrativo y es también una cuestión estadística: en las clases dominantes el enchastre de sangre se ve menos. Y el crimen de puertas adentro se convierte en una rara avis que cuando aparece, encanta y aterra.

Por otro lado, un análisis certero con respecto al crimen y a las clases en relación a su repercusión sólo puede surgir del estudio de las audiencias. Por supuesto, hay matices e intereses económicos relevantes en torno a las decisiones editoriales, pero es notable que hoy, martes 18 de junio, Diario Popular y La Nación, Clarín y Crónica, Página 12 y Muy se han hermanado al llevar a sus portadas no sólo un tema, sino todavía más: el preciso textual del presunto portero asesino. “Fui yo”. Como si este fuera un crimen de demanda total.

La pregunta por el móvil, que tanto desvela a los analistas del caso, puede ser trasladada a la pregunta por el móvil de nuestro consumo.

¿Por qué la mató?

¿Por qué consumimos esta muerte con tanta voracidad?

Los investigadores del crimen sacan conjeturas en torno a los motivos clásicos: sexo, dinero, venganza, silencio. ¿Cuáles de estos motivos nos atraen ahora como audiencia y nos hacen asesinos perfectos a la hora de consumir medios?

No debemos perder de vista tampoco el capital social que hemos depositado aquí. De drama íntimo a cosa pública, la historia de esta adolescente repercutió rápidamente sobre la idea de país y de nación con una insospechada y verdadera pasión cívica: “Nos merecemos un país en el que no haya más Ángeles”, dijo algunas horas después del homicidio María Inés, la abuela de la chica; “Creo que nos está faltando un poco de orden en esta sociedad”, agregó el padrastro, Sergio Opatowski; “Hay que acordarnos de todo esto a la hora de votar”, opinó por fin el padre, Franklin Rawson.

Y qué le exigimos como sociedad a esta gente que ahora invade nuestras pantallas; esa es otra pregunta válida.

Porque: crimen es cultura.

Y un caso como el de Ángeles Rawson evidentemente congela como una fotografía cierta época argentina, aparte de revivir y actualizar la pasión investigativa nacional. En un país donde los casos criminales pasan por las pantallas 24×7 y aletargan a las mentes con el veneno de la rutina y el recurso del miedo, hay momentos vertiginosos –como este- en los que las conciencias se despiertan y abrazan la ciencia criminalística y el texto policial. Haga patria, descubra un asesino.

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Una genealogía de la insólita repercusión del caso comienza el martes 11 con el pavor social ante la hipótesis de un violador serial. “Será que [este asesinato] me afecta un poco más porque tengo hijos que se mueven por la zona. Me siento inseguro y me siento inseguro con la gente que quiero”, decía el animador Mario Pergolini en su programa de radio, al día siguiente del hallazgo del cuerpo. Poco después, una marcha llegaba a la planta del CEAMSE del barrio de Colegiales para pedir justicia por la chica, que en ese momento se sospechaba también abusada.

Hacia el miércoles 12, cuando el violador serial ya se había evaporado y la policía allanaba la casa de la familia Rawson-Aduris-Opatowski, el juego de la audiencia cambió: dejó de considerarse a sí misma presa para acomodarse en su sillón favorito frente a la pantalla y transformarse en conmovida consumidora y, en el mejor de los casos, en detective de hobby. El peligro ya no acechaba, pero en el enigma quedaba tal vez un resto de identificación viciosa con los protagonistas.

Atrae ahora el misterio, atrae el laberinto de sentido, atrae el acertijo urgente.

Y también el horror del estrangulamiento. Y la originalidad y el impresionante simbolismo del descarte del cadáver en la basura –y aquí el secreto se potencia: la sagacidad del asesino se hace añicos contra la fama de buenudo del portero. Mientras tanto, la familia transita el vía crucis sinuoso que la llevará quizás a ocupar un pedestal en la galería del crimen argentino, así como lo ocupan hoy los miembros de la familia Carrascosa/García Belsunce y los de la familia Macarrón/Dalmasso.

Escenificación y reducción a personaje. Show y showbiz, en otras palabras. El sistema trabaja solo y avanza mucho más rápido que la justicia.

Y más allá Pedro, el mendigo, busca qué puede sacar de la basura y espera ansioso el diario de mañana.