Pesquisas

Hiena Quiroga: “Ver una persona matar a otra no es como ver a dos perros peleando”

En el penal de Magdalena, a cincuenta kilómetros del centro de la capital bonaerense, Javier Quiroga –el albañil mejor conocido como “la Hiena”, aunque él mismo rechaza ese apodo– pasa sus días a la espera de la resolución que confirme o no si será uno de los protagonistas del juicio del cuádruple crimen de La Plata. Quiroga está acusado ahora como coautor de la masacre cometida en la noche del 26 de noviembre de 2011, en la que perdieron la vida Susana de Bártole; su hija, Bárbara Santos; la hija de ésta, Micaela Galle; y una amiga, Marisol Pereyra. Él, que había hecho varias refacciones en la casa de la señora De Bártole, fue capturado en la noche del 2 de mayo de 2012 –cuando se descubrió que era suyo el ADN hallado en las manchas de sangre y en los restos de piel desperdigados en la escena del crimen–, y eligió mantener un prolongado silencio. Hasta ahora.

El acusado habló ante la revista hispanoargentina Orsai  –y frente a este periodista–, y su testimonio enriquecerá un articulo sobre el cuádruple crimen que será publicado en el número 14 de la revista, en el mes de julio. Así, el albañil contó que en la tarde de aquel sábado 26 de noviembre, Osvaldo Martínez –otro de los acusados, conocido por su apodo de “Karateca”– lo fue a buscar a su casa, en las afueras de la ciudad de La Plata.

“Me resultó raro, porque yo a él no lo recordaba”, dice. “Lo había visto una sola vez, un domingo en el que él se había quedado a dormir con [su novia] Bárbara y en el que yo llegué [a la casa de Bárbara y Susana] a las nueve de la mañana y estuve charlando sobre una refacción con la señora [De Bártole]. Aquella vez ni me saludó. Pero el día en que me fue a buscar me charló como si fuéramos grandes amigos. ‘Queríamos hablar con vos por el tema del trabajo siguiente, después de los techos hay que arreglar los cielorrasos porque están todos destruidos’, me dijo. Y no me pareció raro, porque ese tema estaba charlado”.

Quiroga cuenta que Martínez le pidió que ese mismo día se presentara en la casa de la calle 28 –donde después ocurriría el múltiple homicidio– porque había prisa por comenzar la refacción. Alrededor de las nueve de la noche, entonces, el albañil llegó en bicicleta y fue recibido por la señora De Bártole, que no estaba al tanto del nuevo trabajo, pero que, ya confiada en él, lo dejó entrar. “Nos quedamos un ratito”, detalla ahora Quiroga. “Se ve que Bárbara estaba estudiando y por eso no salió enseguida. Tomamos mate con Susana y charlamos. Al rato salió ella, cuando sonó el timbre. Yo me puse a arreglar unos cajones; porque siempre que iba tenía que acomodarlos porque se corrían las guías y los tornillitos no daban más… En eso llegó él… y… pasó lo que pasó”.

A lo largo de la entrevista, el albañil se quiebra varias veces.

Y aunque rechaza las fotos (“No quiero que mis hijos me vean así”), acepta hablar sobre sus orígenes (en una familia humilde de Formosa que se asentó hace varios años en La Plata), sus problemas de pareja (“Hace dos años y monedas que estamos distanciados con mi mujer, pero nunca supe exactamente cuándo fue que nos separamos realmente porque hasta el día de hoy me cuesta”), y sus recaídas en el alcohol y en la droga (“Mi separación fue prácticamente a causa de las drogas y el alcohol, y por ese motivo fue que decidí internarme: para recuperarme y no tener nada que esconder”).

Y, por supuesto, también da su versión sobre los cuatro asesinatos.

“Bárbara salió a recibirlo [a Martínez, después de que sonara el timbre] y se metieron a discutir en voz baja. Yo ya había dejado de tomar mate y estaba esperando a que Martínez se decidiera para que hablara de lo que había que hablar, porque ya eran como las diez de la noche. Hice un llamado a mi señora para avisarle que me iba a demorar y ella me recriminó que ya estaba de joda de nuevo… Y en eso fue que él dejó de hablar con Bárbara y ella se metió en el baño. Él vino para donde estaba yo y me preguntó si ya había visto lo del trabajo. ‘No’, le dije. Fui para el recibidor, intenté agarrar una silla para subirme y ahí fue que escuché un golpe. Ahí empezó todo”.

Quiroga mantiene la misma versión que puso en su declaración ante el fiscal Álvaro Garganta: dice que fue un testigo deluxe de la violencia espectacular de los crímenes –aunque presa del pánico– y no un partícipe activo. “Me asusté de tal forma que no supe qué hacer”, asegura. “Quería hacer algo, moverme, pero no tenía la reacción. En un momento estuve parado, pero después se me vencieron las piernas y me quedé arrodillado detrás de una mesa, tratando de no ver, de ver. Es algo inexplicable. Muchos me dicen que podría haber hecho algo… pero hay que estar ahí en ese momento… Ver una persona matar a otra no es ver a dos perros peleando, que se separan si los pateás. Por eso no puedo responder a la pregunta de por qué no hice nada. Lo que sí puedo decir es que tuve mucho miedo. Mucho miedo en ese momento y después”.

Durante la serie, Quiroga recibió un corte en la mano y regó con su sangre la escena: así fue que dejó su rastro genético, guardado durante seis meses bajo la enigmática etiqueta de “ADN perfil NN1”, hasta que finalmente se supo a quién pertenecía. Según su versión, Martínez lo habría llevado a la casa precisamente para provocarle una herida y descargar su sangre; en otras palabras, para montar una fabulosa puesta en escena y darle a los peritos un nuevo autor de la masacre. Y dice Quiroga que, habiendo sido amenazado por el Karateca para guardar silencio, eligió callarse hasta que fue detenido y por fin habló con el fiscal.

Ahora, en la entrevista el albañil asegura que vio delante de sus narices la muerte de Bárbara Santos, pero no las otras. Sin embargo, sus restos de piel fueron hallados debajo de las uñas de Marisol Pereyra y de Susana de Bártole, lo que llevó a pensar a los investigadores que las dos mujeres lo rasguñaron en la lucha. “No sé, no tengo ni idea. Son situaciones que no puedo recordar”, se excusa él.

Ésta no es la primera contradicción en una voluminosa causa que alcanza los dos metros lineales de papelerío: el cuádruple crimen de La Plata es uno de los casos más resonantes, controvertidos y misteriosos de los últimos años.

En su elevación a juicio el fiscal Álvaro Garganta sostiene en cambio que Quiroga participó de la pelea y que tomó parte en un múltiple homicidio que demandaría al menos dos autores. De este modo, Garganta descreyó de una parte de la versión del albañil y lo acusó como copartícipe. Con la aprobación del juez de garantías Guillermo Atencio del pedido de elevación a juicio y la posterior apelación del abogado defensor Juan Manuel Morente, ahora resta el fallo de la Cámara de Casación para saber si Quiroga ocupará un banquillo de acusado.

Lo mismo ocurre con Osvaldo Martínez, que espera la decisión en libertad luego de haber sido detenido dos veces y de haber salido por falta de pruebas las dos veces. Martínez siempre destacó, a su vez, la parcialidad del fiscal Garganta y del juez Atencio en su contra.

Con respecto a la versión de Quiroga, Herminia López –la madre del Karateca–, anotó en una denuncia que: “por dichos a personas cercanas al policía Juan Manuel Rodríguez, quien fuera escribiente en la declaración primera de Quiroga Javier, manifiesta que al no nombrar a Martínez en su declaración, el fiscal Garganta le dice que la destruya, que esa declaración no sirve”. Es decir, que el fiscal le habría ordenado la mención del Karateca en la trama. El propio Quiroga destaca que nadie le dijo que podía negarse a declarar y que en las pericias psicológicas que le fueron practicadas en la Unidad 34 del Servicio Penitenciario Bonaerense él se encontraba alterado por efecto de las pastillas que le habían suministrado al llegar.

Y Daniel Oscar Peña Devito, un preso que compartió una celda con el albañil en la cárcel de Olmos, pidió declarar en la causa en enero de 2013, en medio de la feria judicial, para contar que la Hiena le había revelado, en una charla a solas, que el cuádruple homicidio era obra propia y exclusiva. Que el Karateca no había participado. Pero el fiscal Álvaro Garganta, escudándose en que la investigación que él había conducido ya estaba cerrada, le dejó la tarea de escucharlo a los miembros del tribunal que algún día intentará impartir justicia sobre el caso.

Por último, la defensa de Martínez ha sostenido que el remisero Marcelo Tagliaferro (que aseguró haber visto al Karateca en el lugar de los hechos) no sólo sería un testigo falso, sino que además podría ser, de algún modo, cómplice de Quiroga en los crímenes. En este nuevo escenario los celos –el presunto móvil de Martínez– no existen. Habría otros móviles, muy diferentes: asuntos de drogas, de prostitución, de la corporación judicial. O la plata grande que Susana de Bártole habría ganado alguna vez en el bingo y que los asesinos habrían ido a robar.

El propio Martínez dio también su versión aquí y aquí.

Quizás algún día se sepa qué ocurrió realmente en la noche del sábado 26 de noviembre de 2011, en el departamento número 5 del 467 de la calle 28 de la ciudad La Plata. Sólo quizás.