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Roberto Arlt, el periodista de policiales

“Indudablemente, el oficio del periodista es de lo más singular que existe en lo de aventuras extrañas. Y esta ciudad tiene materiales vivientes para confeccionar todo género de locuras”.

Lo escribió Roberto Arlt, un Roberto Arlt joven que cubría noticias policiales para el diario Crítica. Y lo puso en una nota en la que contaba cómo, a las ocho y media de la mañana del 5 de abril de 1928, una mujer llamó a la redacción del sensacional diario de Natalio Botana para anunciar su suicidio y pedir cobertura periodística. Arlt marchó, junto a un fotógrafo, dispuesto a lo que fuera. Evitó, de alguna manera, que la mujer se descerrajara el tiro que había anunciado. Y luego, como hacen los periodistas, escribió un colorido texto noticioso con su aventura del día.

La nota -que se puede leer embebida aquí abajo- es ahora parte de El facineroso, el volumen donde el escritor Álvaro Abós recopila las croniquillas policiales redactadas por Arlt como reportero de a pie (a su paso por los diarios Crítica y El Mundo entre 1927 y 1929) y donde le rinde tributo a uno de sus escritores favoritos y a la vez al oficio de periodista.

De este modo, Abós suma una nueva pieza a un trabajo minucioso con el que ya perfiló a Natalio Botana (en la biografía El tábano) y con el que ya observó a Roberto Arlt (en la guía literaria Al pie de la letra). Durante el trienio que enmarca este nuevo trabajo, Arlt –que venía de publicar El juguete rabioso en 1926- prepara Los siete locos, inspirado, según Abós, en sus criaturas cotidianas. Y comienza, además, con las aguafuertes –destinadas a la celebridad y a la reedición continua- en las páginas de El Mundo. “Arlt sólo estuvo un año en Crítica. Hubiera brillado, pero fiel a su espíritu intrépido, prefirió la aventura de un diario nuevo”, explica Abós. “Alberto Gerchunoff lo convocó para la salida de  El Mundo, que Alberto Haynes lanzó con bombos y platillos. Había mucho dinero en El Mundo. Es que el periodismo tiene algo de aventura, siempre, y Arlt no era hombre de quedarse con el ‘puestito’”.

– ¿Qué lo llevó a meterse en el rescate de estas crónicas policiales?
– Cuando uno ama a un escritor, como tantos amamos a Arlt, cualquier cosa, hasta la cuenta del lavadero, le interesa. Las crónicas policiales de Arlt eran una zona arltiana desconocida. ¿Por qué no sumergirse en ella? Por otra parte, no se trata de mero fetichismo. Esas humildes crónicas no son obras maestras ni alteran nada sobre lo ya conocido de la obra arltiana, pero son como un ramo de flores silvestres, encantadoras en sí mismas. También me interesaba vincular a Arlt con el  universo de la literatura negra. En el prólogo del libro sostengo que Arlt es un gran escritor policial. Su obra es una indagación del crimen. Y doy algunas pistas sobre cómo utilizó Arlt sus andanzas porteñas como cronista policial para construir sus personajes de Los siete locos. Es un territorio muy rico, al cual seguramente volveré, y si no soy yo, no faltará quien lo haga.

– ¿Cómo fue el trabajo de recopilación de estos textos, teniendo en cuenta que muchos de ellos no estaban firmados?
– Investigué por un lado los testimonios biográficos y autobiográficos de Arlt, y por otro lado las reconstrucciones sobre Crítica en el año 1927, cuando Arlt ingresa al periódico. Luego, la colección del diario. Crucé esas fuentes y las completé con un sinfín de indicios, señales, pruebas indirectas. Como en un rompecabezas, las piezas fueron armándose. En algunos casos, la autoría de Arlt estaba escondida en alguna página del diario que mencionaba las crónicas policiales. En otros casos, las pistas surgían de alguna de las miles de aguafuertes publicadas en El Mundo, quizás muchos años después. Fue invalorable el trabajo de mi colaboradora Eugenia Mastropablo, una joven investigadora que realizó una tarea titánica, incluso desde el punto de vista físico, teniendo en cuenta que la Hemeroteca Nacional no permite consultar el diario original, sino la versión digital a través de antediluvianas,  vergonzantes pantallitas. La licenciada Mastropablo hizo una lectura rica de ese caos que es un diario. Esta tarea demandó un año de exhaustivo trabajo. El material así recolectado estaba sembrado de errores de todo tipo, tanto redaccionales como tipográficos. El descuido de Arlt es legendario (también es uno de sus encantos), ello unido a su uso de tipismos y coloquialismos. Debí destrozar esa maraña. Algunas crónicas las deseché, con pena porque eran divertidas, pero no podía atribuir a Arlt una tarea colectiva (es que en la sección policial del diario trabajaban muchos periodistas). El libro es fiel a la escritura arltiana, sin alterar ni una coma los textos, pero al mismo tiempo, a través de las notas y paratextos, trata de ofrecer al lector un material divertido, que mantenga la vivacidad y no lo enfrente con enigmas filológicos. Tanto más que el libro se publica en una colección de novela negra sin pretensiones académicas.

– ¿Algún medio ocupa hoy el lugar que ocupaba Crítica, en relación a las noticias de crimen y delito?
– El lugar de Crítica en muchos aspectos lo ocupa el audiovisual, la radio y sobre todo la TV. El reciente caso de Ángeles Rawson, con su parafernalia mediática, lo demuestra. Lo curioso es que el periodismo policial televisivo actual no avanzó mucho sobre las cosas que hacía Crítica hace ochenta o noventa años. Quizás, retrocedió.

Una muestra de El facineroso: