Memoria del crimen

Un policial peronista: el robo del sable de San Martín

En 1963, un grupúsculo de la embrionaria y clandestina Juventud Peronista organizó un plan impactante para acorralar al gobierno de José María Guido y levantar la moral de la propia JP, que había visto la anulación de las elecciones a legisladores y gobernantes de marzo de 1962 y la prohibición del peronismo en las de julio de 1963.

El plan consistía en robar el sable corvo que había usado José de San Martín en sus campañas militares y en enviárselo a Juan Domingo Perón –por entonces, exiliado en Madrid-. Por complemento, también soñaban con desembarcar en las islas Malvinas para izar la celeste y blanca y cantar el himno (idea que luego materializaría Dardo Cabo), y recuperar las banderas capturadas por Francia en el combate de la Vuelta de Obligado, exhibidas en el Hôtel National des Invalides, en París, donde también se hallaba la tumba de Napoleón Bonaparte. Para esa última etapa, sería indispensable la ayuda de Hussein Triki, representante en la Argentina de la Liga Árabe, quien contactaría a los comandos argelinos encargados de dar el golpe.

Se sabe: la guerra política es, en gran parte, simbólica. Y los jóvenes de la resistencia peronista, encabezados por Osvaldo Agosto, tuvieron que pensar como los grandes ladrones de obras de arte para dar el primero de los golpes –que fue, también, el único que tuvo éxito: el robo se llevó a cabo el 12 de agosto de 1963.

Cincuenta años después, el periodista e historiador Rodolfo Piovera presenta El sable. Un thriller peronista, una novela de no ficción donde reconstruye el gran robo. Piovera detalla en estas páginas la llegada de Agosto y sus compañeros al Museo Histórico Nacional, cómo engañaron al ordenanza para que los deje pasar a la hora del cierre y cómo, cuando el tipo les abría la puerta, lo encañonaron. Los peronistas fueron a la vitrina donde estaba el sable, la rompieron y se lo llevaron envuelto en una tela, y antes de irse del museo desparramaron unos panfletos en los que pedían por el regreso de Perón, por la devolución del cadáver de Evita y por la libertad a los presos políticos.

Durante un tiempo guardaron el sable en una estancia camino a Mar del Plata, a la que llegaban otros militantes –con los ojos vendados- para jurar frente a la espada por la patria y por Perón: el acto simbólico en todo su esplendor es de parte de esta majestuosa historia policial y política.

“Este fue un hecho que tuvo en su momento mucha repercusión, en el que se mezclaron el reclamo por el retorno de Perón, la resistencia frente al autoritarismo y la figura de José de San Martín, el máximo héroe nacional. Y que, de alguna manera, se encadenó con lo que vendría después”, explica ahora Rodolfo Piovera, el autor del libro. “Aparecen, por ejemplo, el accionar de la Secretaría de Informaciones del Ejército, o sea el ejército metiéndose con las personas como si fuera la policía; aparecen los Taunus celestes, precursores de los Falcon negros de la década siguiente. Creo que aquella resistencia peronista fue, de algún modo, un anticipo de la guerrilla que actuó algunos años más tarde”.

– ¿Qué experiencia en el delito tenían los autores del robo?
– Ya habían robado armas, autos y plata de diferentes lugares; que no eran robos de delincuentes comunes sino hechos con fines políticos, aunque algunos de ellos me dijeron que en muchos casos había compañeros a quienes también les gustaba lo ajeno. Pero la historia que cuento en el libro es una historia política, no lo dudes, apoyada sobre algunas historias policiales.

¿Cuáles fueron las medidas de seguridad adoptadas luego de la restitución del sable?
– El sable quedó en poder del Regimiento de Granaderos a Caballo. Fue durante el gobierno del general Onganía que se decidió sacarlo para siempre del Museo Histórico Nacional, algo que hoy podría reverse ya que se hizo por medio de un decreto de un gobierno de facto. La posesión del sable impulsó la creación de un museo en la sede del Regimiento, de acceso bastante incómodo para los civiles. Yo creo que debería volver al Museo Histórico Nacional, de donde fue sustraído, luego de incorporar, por supuesto, un buen sistema de seguridad para que no ocurra por ejemplo lo que sucedió con el robo del reloj de Belgrano, hecho por delincuentes comunes.

– ¿Qué lo llevó a meterse con esta historia?
– El azar, la casualidad. Un día una sobrina que estudiaba cine quiso que le sugiriera un tema para hacer un guion y dio la fortuna de que tenía un libro a la vista de San Martín y la historia del sable corvo. No la historia del robo, sino la del sable, que es también bastante interesante. Yo sabía lo del robo, pero era apenas un eco lejano de la infancia. Y entonces le propuse que buscara por ahí, que había un tema, sin saber siquiera quién había robado el sable del museo. Mi sobrina finalmente no hizo ese trabajo, pero a mí me quedó la intriga y empecé a buscar información sobre el tema. Había algo en Internet, la descripción del primer robo. Pero lo que más me llamó la atención es que no se sabía nada del segundo. ¡Qué misterio!, me dije. Imaginé complots y una confabulación del ejército para quedarse con el sable… Cuando me quise acordar había avanzado bastante y me gustó hacer de Sherlock Holmes. Lo que más me gusta de la historia es investigar lo que no conozco, revolver papeles, archivos, hablar con protagonistas, y todo eso lo pude hacer durante la escritura del libro.

Aquí, una muestra de El sable, de Rodolfo Piovera: