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Diego Galeano: el historiador en busca del libro perfecto

¿Cuáles son los libros más preciados que guardás en tu “tesoro”?
En la biblioteca tengo algunos estantes con libros viejos, algunos editados en el siglo XIX, y primeras ediciones. Son libros sobre la policía, otros escritos por policías, criminólogos y criminalistas, es decir, los primeros especialistas en aquello que se llamó policía científica. Difícil elegir uno, pero digamos que, en primer lugar, me quedo con las “Cartas sobre la policía” de Valentín de Foronda. Lo elijo no sólo por ser el más viejo (es una edición de 1801), sino además porque fue el puntapié inicial de mi pequeña colección. No tuve la idea de juntar este tipo de libros hasta que me topé con ese ejemplar en una librería de usados de Avenida de Mayo. Lo compré por muy poco dinero: no sabían ni qué estaban vendiendo. Valentín de Foronda era un escritor español, aristócrata, de la tribu de los “consejeros del príncipe”, que a fines del siglo XVIII le escribió a Pedro Cevallos esta serie de cartas sobre la policía, aunque hay que tener en cuenta que el concepto de “policía” de esta época era mucho más amplio: abarcaba la vigilancia y control del orden público, pero también cuestiones de salubridad, circulación de mercancías, comercio, agricultura.
Me acuerdo que lo primero que me llamó la atención, en la lectura del índice, fue un capítulo que decía tratar sobre – te lo leo – “ladrones, caballeros de industria, zahories, profetisas, saludadores, duendes, brucolacos, vampiros, astrólogos, mágicos, incendios, inundaciones, camorristas, guapetones y desafiantes”. Esa lista me pareció alucinante. Me hizo acordar a esa enciclopedia china que cita Borges en “El idioma analítico de John Wilkins”. Al leerlo me costó un poco escapar a esa mirada pintoresquista que se ríe de las ocurrencias del libro. Los historiadores, supuestamente, tenemos que escapar del anecdotario y buscar los procesos, las regularidades aunque sean aburridas. Pero no lo pude evitar. En una parte, por ejemplo, Foronda propone que el Corregidor de Madrid le diera a cada vecino de la ciudad unos instrumentos para matar moscas y hace un cálculo: en Madrid habría algo así como dos mil millones de moscas, entonces calcula cuantas debería matar por mes cada vecino para exterminarlas.
Como a los demás libros, al de Foronda lo tengo guardado en una biblioteca especial, que tiene dos puertas de vidrios, porque acá en Río de Janeiro entre la humedad y los bichos te pueden comer hasta una silla entera. Un poco arbitrariamente, el de Foronda está entre otros de su misma altura, porque es un libro de no más de quince centímetros de alto. Está al lado de los cuatro volúmenes de las Memorias de Vidocq, el delincuente francés que se convirtió en jefe de la Sureté, la Brigada de Seguridad de París. Los de Vidocq y Foronda tienen casi la misma altura. Todos son de tapa dura marrón con arabescos dorados, páginas amarillentas, pero muy bien conservados.

¿Cómo llegaste a estos libros?
En Buenos Aires siempre compré estos libros en librerías de usados del centro. Durante años me tomé el tiempo de recorrerlas y mirar los estantes. No queda otra, porque los podés descubrir en el lugar menos esperado, incluso en alguna mesa de saldos. Así encontré, por ejemplo, un libro que fue fundamental para mis investigaciones posteriores: la “Historia de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires”, del comisario Ramón Cortés Conde, una edición de 1937. Cortés Conde es uno de los fundadores de una tradición de historiadores institucionales (policías que escriben la historia de su propia institución), un linaje que nace con otro comisario, Leopoldo López, y continúa con el que fue la gran figura de esa cofradía, Francisco Romay. En la propia editorial policial, Romay publicó, en la década del sesenta, una historia de la Policía Federal Argentina en cinco tomos, que abarcan desde el siglo XVI hasta 1880.
En esa serie Romay comete dos errores garrafales que van a quedar instalados como una forma de mirar el pasado policial. Por un lado, el anacronismo de hablar de una historia de la Policía Federal Argentina para un período en el que esa institución, como tal, no existía. Fue creada en 1944. Por otro lado, hace algo que no es para nada exclusivo de los policías argentinos, más bien es una mirada muy instalada en el mundo, que es confundir el nacimiento de la policía con la aparición de cualquier forma de autoridad pública. A veces se arman historias de la policía que encuentra sus orígenes en la Grecia antigua, en Roma o incluso en el Paleolítico. Bueno, Romay no se remite tan atrás, pero elige una especie de origen mítico que coincide con la segunda fundación de Buenos Aires, en 1580, donde Juan de Garay vendría a ser como el primer jefe de policía.
A mí el libro de Cortés Conde siempre me gustó más que el de Romay, en parte porque, al menos en el título, no comete el error de hablar de una institución que no existía. “Historia de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires” es un título correcto. Efectivamente, eso es lo que había hasta 1880, cuando la policía porteña se divide en dos y se crea, por un lado, la Policía de la Capital y, por el otro, la Policía de la Provincia de Buenos Aires. También me genera simpatía porque fue el primer libro que leí sobre el tema y el que me empujó a estudiar la historia de la policía argentina. Me acuerdo perfectamente que lo compré en la librería Fernández Blanco y volví a La Plata – donde vivía en ese momento – leyéndolo en el tren, encantado con la lectura. Era uno de esos trenes caóticos, repletos de personas, que nunca sabías cuanto iban a demorar en llegar. Pero en los trenes puedo leer, a diferencia de los micros y los autos que me marean.
Cuando lo compré empezábamos a salir de la crisis del 2001. Me acuerdo que a ese libro de Cortés Conde lo pagué cien pesos, que en ese momento era bastante dinero para un libro usado. Por mucho menos fui comprando en esos anticuarios de Buenos Aires todos los libros de Romay y varios de la colección Biblioteca Policial, que fundó Enrique Fentanes en la década del treinta y que desde entonces publicó una cantidad inmensa de libros, centenas. Incluso conseguí el primer volumen de esa colección, un libro que me encanta: “Policías de novela y policías de laboratorio”, del criminalista francés Edmond Locard.

Las librerías de viejo dan vida a una suerte de elite de buscadores de perlas bibliográficas. Siempre nos preguntamos si esa es una tribu argentina o el eslabón perdido de otras expresiones…
Depende. Después se dio un fenómeno que no entiendo muy bien, pero las librerías de usados aumentaron los precios escandalosamente. La cuestión es que dejé de ir, pero no tanto por los precios sino porque nunca más tuve tanto tiempo para recorrer estanterías, para ese trabajo de hormigas que antes hacía. En los últimos años he comprado muchos en un sitio web brasilero que se llama estante virtual y que reúne los catálogos de una infinidad de librerías de anticuarios (en Brasil le llaman “sebos”). Te diría que están todas ahí o casi todas. Así encontré varias joyitas, muchas en francés, porque la elite brasilera fue, o más bien es, muy francófila. Compré casi todos los libros de Edmond Locard, muchas primeras ediciones, como la de “Le crime et les criminels”. Un libro hermoso, con pequeños capítulos que son como un catálogo del mundo del delito: los apaches, el tatuaje, el argot, los pickpockets, los ladrones de hoteles, los falsificadores de billetes, etc. De Locard también me compré una edición de “La defense contre le crime” muy llamativa, roja como si destilara sangre. Encuadernada en una tapa dura de rojo furioso y adentro del libro venía la faja de papel que alguna vez tendría cuando estaba en venta. Blanca, con letras rojas enormes, sensacionalistas, que dicen: “les dangers que nous fait courir une criminalité sans cesse croissante”. ¡Los peligros que nos plantea un incesante aumento de la delincuencia!
En Brasil me compré varios libros de criminólogos y criminalistas, de Lombroso, de Ferri, de Sighele, de Reiss. Todos por Internet, en una operación bastante desencantada en comparación con las viejas visitas a librerías de usados. Pero, paradójicamente, ¿sabés qué?… por un lado toda esa cosa del mouse, el click, la tarjeta de crédito y el Pay Pal le quitan gracia a la compra de libros antiguos, pero a la vez te terminan enviando los libros que comprás por correo postal. Entonces, al final, el procedimiento ultramoderno que te aleja de las librerías de anticuarios te acerca a un viejo placer perdido, ese de recibir algo por correo. Cada día preguntás si llegó, estás ansioso por saber cómo es, si vendrá con algún papelito adentro, alguna anotación. Cuando me llega el paquete desespero por abrirlo, tanto que terminé rasguñando algún libro con un cuchillo y ahora tengo un abrecartas de bronce que conseguí en un anticuario. Hasta que empecé a buscar libros usados por Internet, digamos que por correo solo me llegaban cuentas para pagar. Me devolvió una alegría que casi nunca tuve, esa de recibir cosas agradables por correo.
A pesar de todo este giro, te diría que la última gran alegría me la dio un anticuario de Buenos Aires. No me acuerdo qué librería era porque del éxtasis me fui sin saber por dónde había pasado, pero estoy seguro que queda cerca de la Biblioteca Nacional porque salía de un día de investigación ahí. Nunca había entrado a esa librería y me llamó la atención una cosa en la vidriera. Cuando entré me encontré con un tesoro. Yo creo que debía haber fallecido un penalista, o un hijo de ese penalista, tal vez un nieto, algún descendente que se deshizo de la biblioteca. Ni siquiera pude comprar todo lo que hubiera querido, gasté lo que tenía encima y lo que pude sacar por cajero automático. Una fortuna, pero las cosas que me llevé son invalorables. Sería larguísimo si te cuento todas: primeras ediciones, incluyendo la del primer libro de criminología argentina, “Los hombres de presa”, de Luis María Drago. De todo lo que me llevé, creo que la mayor joya fue una encuadernación de tapa dura negra con “Clemencia” y “Las huellas del crimen”, las dos novelas que Luis Varela publicó con el seudónimo de Raúl Waleis. Es la primera edición, de 1877, considerada la primera novela policial en lengua castellana. Que yo sepa quedan muy pocos ejemplares, hasta ese momento solo había localizado uno. Imagínate la importancia de ese hallazgo que ni en la Biblioteca Nacional está: el ejemplar que había visto está en la Biblioteca del Maestro, una copia bastante deteriorada, con pedazos de páginas faltantes. La que conseguí está impecable. Casi me tomo un taxi hasta La Plata por miedo que me robaran la mochila.

¿Por qué buscás ediciones originales?
Te diría que no es tanto un fetiche con las primeras ediciones en sí. Me llaman más la atención las buenas ediciones que las primeras. Buenas en varios sentidos. A veces una segunda edición, tal vez una edición crítica que incluye notas a pie de página con informaciones relevantes o algún estudio preliminar valioso, termina siendo más útil que la primera. Pero también tengo un acercamiento fetichista a las ediciones en el sentido material: me gustan las buenas ediciones artesanales de tapa dura, bien cosidas. Me gustan las marcas que el paso del tiempo deja sobre libros de calidad, que un artesano supo armar quizás sabiendo eso, que ese objeto iba a atravesar siglos, que iba a durar mucho más que su propia vida. Después te podría contar otros detalles más inconfesables (me gusta hasta el olor de los libros viejos), pero mejor paremos ahí.
Otra cosa que indefectiblemente le agrega valor a lo que conseguís es la “rareza” – digamos así – de la obra. Y eso es algo que los libreros especializados saben muy bien: la rareza no depende necesariamente de la antigüedad de la edición. De repente un título de una de esas colecciones de libros populares de los años veinte o treinta, como las de la Editorial Tor o, más adelante, El Séptimo Círculo, la serie de ficciones policiales que dirigía Borges con Bioy Casares, son más fáciles de hallar que otros libros más recientes, por la cantidad de ejemplares que se imprimían. Pensá que eran colecciones que tiraban más de diez mil ejemplares. Por eso, termina sucediendo que un libro de los años setenta, ochenta y hasta noventa, que quizás tuvo una tirada de quinientos o de mil ejemplares, se convierte en un objeto casi inhallable, más difícil de conseguir que los de años anteriores. Te doy un ejemplo. Durante mucho tiempo busqué las Memorias de Madame Satã, un libro de 1972, que es una mezcla de larga entrevista y autobiografía. Madame Satã era un personaje del bajo fondo carioca, de los años dorados del samba, muy ligado al barrio de Lapa, que todavía hoy sigue conservando esa fama de cuna de la música popular. Un personaje interesantísimo, porque reúne dos rasgos en apariencia irreconciliables: era un malandro, lo que en la tradición criolla sería un compadrito, un cuchillero, famoso por sus épicas peleas a navaja con policías, todo un símbolo de una forma de masculinidad; pero a la vez era homosexual y hacía shows de transformismo en cabarets de Lapa, de ahí le viene el apodo de Madame Satã. Un personaje incómodo para la memoria del samba y del carnaval, todo un mito de la vida nocturna de la primera mitad del siglo XX. Ese libro, que le publican en los últimos años de su vida, es casi imposible de conseguir a pesar de no ser tan viejo. Pero encontré uno en una librería de la ciudad de Santos. Ahora lo tengo en casa.

¿Hay algún libro que estés buscando hace tiempo y no encuentres?
¡Muchísimos! Siempre va a aparecer alguno que me renueve la sensación de falta. Hay algunos que busco hace mucho tiempo. Cada vez que abro el sitio de estante virtual digito “Memorias de un ratón de hotel”, una biografía de un famoso ladrón de hoteles brasilero que al parecer esconde un secreto. Hay solo dos o tres copias en bibliotecas de Río de Janeiro y una de ellas tiene una anotación manuscrita de su antiguo dueño que dice “este libro lo escribió João do Rio”. El libro se publicó en 1912, poco antes de que ese ladrón muriera en la cárcel, donde aparentemente lo entrevistó João do Rio, un periodista famosísimo, que tiene unas crónicas hermosas sobre la Belle Époque carioca. Después, en el año 2000, publicaron una reedición en donde se discute si lo escribió João do Rio o el propio ladrón. Esa edición la tengo, pero sueño con encontrar un día un ejemplar de la original.
Después tengo una lista de libros argentinos que me gustaría encontrar. El libro de Adolfo Bátiz, “Buenos Aires, la ribera y los prostíbulos”, un comisario que miraba la Buenos Aires prostibularia con categorías marxistas, o “Noticias de policía” de Federico Gutiérrez, un anarquista que trabajaba para la policía y que Ramón Falcón expulsó cuando lo supo. Me encantaría encontrar los libros de uno de los más prolíficos policías escritores argentinos del novecientos: Laurentino Mejías. También las “Memorias de un detective” que el comisario Dellepiane publicó en 1912, los libros de Cortés Conde, la “Trilogía de la trata de blancas” del comisario Julio Alsogaray, varios libros sobre tango y lunfardo. Mis deudas atraviesan todo el siglo XX, te diría, hasta “El Petiso Orejudo” de María Moreno y varios de esa colección Memoria del Crimen de la Editorial Planeta… sólo tengo el de Enrique Sdrech. De todos, quizás me obsesiona especialmente un libro que se llama “El descuartizador: historia íntima de un asesino”. Es sobre uno de los descuartizamientos más impactantes en la historia criminal de Buenos Aires, el caso Tremblié, sobre el que muchos escribieron, incluso yo mismo. El libro se publica el mismo año del crimen, en 1894. El único ejemplar que encontré, un poco de casualidad, está en la Biblioteca Nacional. No aclara la editorial ni el nombre del autor. Está firmado por “un antiguo comisario de policía”. Aunque escribí sobre ese libro, nunca pude saber quién era. Sueño con encontrar un ejemplar que tenga una inscripción manuscrita aclarando el nombre. Estoy un poco loco, pero sueño eso.