Crimen y Castigo

Córdoba: una noche de furia

Por Juan D’ Alessandro

23:34 hs. Saqueo en el barrio de Nueva Córdoba.

Amanece y la luz del día espanta al miedo, un poco.

Se va apagando el fuego que ardió durante toda la noche en las barricadas. Pero la bronca no pasa y los vecinos que hicieron guardia frente a sus negocios, en las esquinas de sus casas, no descansan. Permanecen furiosos, impotentes, esperando que se destrabe el conflicto y que los policías regresen a las calles. Y mantienen una vigilia armada: con palos, pistolas y escopetas que esgrimían ante cualquier desconocido. (A propósito: ¿de dónde salieron tantas armas de fuego?).

Durante la madrugada de hoy, la ciudad de Córdoba fue un escenario de guerra. Salí a recorrerla poco después de las dos de la mañana: las calles estaban desiertas y el alumbrado público no funcionaba.

La Plaza Colón era una boca de lobo, una sombra maciza. A primera vista no había nadie caminado y no se escuchaba absolutamente nada. El chofer de un remís, Marcelo Akerman, estaba en trance: “Nunca en mi vida vi una cosa así”, me dijo, mirando a través del parabrisas el paisaje inhóspito. La Cañada era un páramo, los bares estaban cerrados y hasta podía oírse el agua transcurriendo abajo. No se veían policías por ningún lado. En la avenida General Paz vimos vidrieras destruidas a pedradas, y recién entonces escuchamos los primeros ruidos: alarmas que sonaban hasta el cansancio, inútiles –nadie iba a acudir. Y ahí aparecieron las motos: varias, con dos ocupantes que iban con los rostros cubiertos por cascos. Pasaban demasiado rápido, acelerando, despertando el miedo, la bronca y la paranoia en los peatones.

Una barricada en la zona céntrica de la ciudad.

En Nueva Córdoba —el barrio de los estudiantes— había más gente en las calles, ahí vimos los primeros grupos de vecinos organizados. Se habían atrincherado en las esquinas, detrás de barricadas hechas con contenedores de basura, desperdicios, maderas y vallas que sacaron de obras en construcción. Algunas trincheras ardían. “Acá no va pasar nadie”, nos dijo un vecino en Estrada e Independencia. No quiso dar su nombre, anonimato que fue una constante entre los consultados: el miedo, la desconfianza. “Estamos acá desde esta tarde, ahora escuchamos que van venir más motociclistas. Es un rumor. Pero por las dudas nos quedamos”, agregó, empuñando un palo largo.  Los grupos se componían, sobre todo, por jóvenes y porteros. Habían tirado miguelitos en el pavimento para impedirle el paso a las motos, que ya habían hecho destrozos en Nueva Córdoba, durante la tarde.

Muchos vecinos se asomaban desde los balcones que iluminaban la noche. Los mismos, quizá, que arrojaron proyectiles contra los motociclistas. “Les tiraron de todo, a varios les pegaron y se cayeron”, contó otro. En la esquina de Independencia y Crisol vimos el esqueleto calcinado de una motocicleta: el conductor era, supuestamente, un ladrón que fue apaleado y terminó en el Hospital de Urgencias. “El tipo estaba en el suelo y lo hartaron a patadas, lo reventaron”, contó un estudiante que tampoco quiso dar su nombre.

Dos supuestos ladrones, linchados.

El auto arrancó hacia el oeste, y en barrio Güemes, igual: barricadas con fuego en las esquinas, en las zonas comerciales. En Belgrano y Achával Rodríguez vimos cómo el dueño de un bar, parado frente a su negocio cerrado, esgrimía una escopeta de caño largo y la cruzaba sobre el pecho como un gendarme. Cuando nos detuvimos cerca nos miró mal. No éramos bienvenidos en su cuadra.

Otra escopeta en La Cañada, más palos, y más al oeste, en barrio Observatorio, las mismas imágenes: las calles vacías, las vidrieras reventadas y las alarmas sonando para nadie. El local de Dexter de avenida Fuerza Aérea al 2.100 fue desmantelado, y como nadie lo cuidaba, algunos rezagados se asomaban para tratar de llevarse hasta el último par de medias.

No ocurrió lo mismo con Laprida Hogar, un local que vende electrodomésticos en avenida Pueyrredón al 1.300, porque sus dueños juntaron a familiares y amigos y cruzaron un camión y varios autos en la puerta. Armados con palos y, al menos, una pistola —que dejaron bien a la vista hasta que se aseguraron que nosotros estábamos trabajando—, dijeron: “No nos vamos a mover de acá, no vamos a permitir que saqueen este local. Nos vamos a quedar hasta que la policía vuelva”.  Luego nos contaron que los motociclistas pasaban frente a ellos haciendo burlas, y que robaban en comercios cercanos que no tenían protección. Y que vieron a mujeres caminando por la zona, hablando por celular, “marcando negocios”. “Cuando ustedes frenaron el remís acá y te vimos a vos asomando la cabeza…”, dijo el que portaba la pistola, pero no completó la frase.

Dimos varias vueltas por calles oscuras hasta que el reloj del remís superó el dinero que tenía en la billetera. El remisero me llevó a casa gratis. Nos despedíamos en avenida Colón cuando se acercó corriendo una pareja desesperada que pidió ir hasta el Hospital de Urgencias, porque, dijeron, su hijo había perdido un ojo de un balazo. Nos iluminó a todos la luz azul, intermitente, del único móvil policial que encontramos patrullando las calles en toda la noche.

Cuando termino de escribir estas líneas ya es de día, y está confirmado que anoche hubo en Córdoba 130 heridos (12 por balas de plomo) y al menos un muerto, también a balazos. Fue una noche salvaje, estúpida, provocada por la ineptitud de un gobierno y empujada hasta el paroxismo por nuestras propias miserias.

Los cordobeses estuvimos en verdadero peligro: los comerciantes y los vecinos, los que salieron a saquear, los delincuentes pesados y los pocos policías que intentaron contener la situación. Estuvimos a merced del miedo y de la locura, en una ciudad que en cuestión de horas se transformó en un polvorín. Fue brutal y pudo haber sido —incluso— peor. Pero salió el sol y ahora podemos vernos las caras. Nos quedan varias horas de luz antes de que caiga de nuevo la noche.

Una escena de detención a manos de un miembro del ETER cordobés.