Memoria del crimen

Ronald Biggs, ladrón de trenes

Por Enrique Symns

Ronnie Biggs vivió 36 años como fugitivo de la justicia inglesa.

Ya escribí y hablé mucho sobre mi relación con el legendario ladrón inglés Ronald Biggs. Sin embargo, estoy convencido de que las nuevas generaciones ( y sobre todo las nuevas generaciones de ladrones y asaltantes) ignoran su increíble hazaña delictiva. Fue el capo del mayor asalto a un tren correo en la historia de Inglaterra. La fortuna robada por la numerosa banda (estaba formada por más de una docena de integrantes) batió los récords mundiales en la década de 1960. Ronald Biggs siempre negó ser el cráneo del asalto: “Todos éramos expertos en alguna especialidad. El experto en fugas era el jefe cuando nos fugamos, y así cada uno”.

Sin embargo, cuando los integrantes de la banda fueron atrapados (todos lo fueron, incluso Biggs, porque el encargado de borrar las huellas digitales en el aguantadero falló en su trabajo), los ladrones coincidieron en señalar a Biggs como el cráneo. Y Scotland Yard recuperó cierta cantidad de dinero pero la parte del león nunca fue encontrada.

Ronald Biggs fue encarcelado junto al resto de la gavilla, pero consiguió fugarse y desapareció sin dejar pistas. Nunca quiso hablar conmigo de su botín, aunque siempre afirmó que “los tiburones (abogados, testaferros) se lo llevaron casi todo”. En Rio de Janeiro vivía modestamente, tenía una hermosa casa con pileta de natación y varios dormitorios. Su esposa era muy bella y su pequeño hijo se hizo famoso cuando fue amenazado de muerte por los agentes ingleses. Cuando lo secuestraron, Biggs les dejó claro quien era: “estoy memorizando sus rostros, después sabré sus nombres y finalmente iré a buscarlos”.

Hubo dos coincidencias que me permitieron acceder a Biggs. La primera es que fui vecino suyo durante varios años en el morro Santa Teresa, de Río de Janeiro. Es una especie de San Telmo pero con un relieve espectacular ya que está ubicado sobre las laderas y la cima del morro Dos Irmaos. Al finalizar el recorrido de sus laderas se encontraba el camino al corcovado con la famosa estatua de Cristo. En la década de 1970, Santa Teresa era un barrio de intelectuales y bohemios y también estaba alimentado por una gran comunidad de hippies chilenos, yanquis, canadienses, italianos, franceses y, sobre todo, argentinos. Él vivía cerca del Largo de Guimaraes y yo en la cima de la estación Dos Irmaos. Ambos eran paraderos de la única línea de tranvías en Latinoamérica. Pistoleros, turistas, artesanos, amas de casa, faranduleros, mendigos, comerciantes y malandras, disfrutando como niños,  disfrutaban el vertiginoso viaje en ese bondiño ruidoso.

La segunda coincidencia fue que ese verano fui detenido por la policía ferroviaria de Rio de Janeiro y enviado a una cárcel de presos cuyas condenas no estaban firmes, en Niteroi. Mi deuda con la ley era antigua, era un imputado no procesado en una causa de tráfico de cocaína. Pero la policía bazoka es afortunadamente más corrupta que la argentina, así que fui preso en caución hasta aportar los 3.000 dólares que me exigían por mi inmediata liberación. Estaba preso y no estaba preso. Una gran amiga comenzó a recaudar el dinero en Buenos Aires para pagar mi libertad. Fue así que desde la cárcel me comuniqué con Biggs y le pedí una entrevista. El hecho de que lo llamara de la cárcel influyó en su decisión de darme la entrevista. Porque él no daba gratis ni la hora. Mi apellido irlandés  le dio desconfianza. Siempre estuvo paranoico y veía agentes de su país en cada turista.

Ronald Biggs, luego del golpe de 1963.

Cuando se escapó de Inglaterra, Ronald Biggs se refugió en Brasil, se casó con una nativa, tuvo un hijo y eso lo transformó en un ciudadano brasilero. Scotland Yard, que jamás abandona un hueso, lo secuestró y se lo llevó a las Islas Bahamas, pero fue tal el escándalo internacional que lo devolvió. Ronald era muy querido en Rio. Una vez por mes visitaba la comisaría, jugaba ajedrez con el delegado y se sacaba fotos con los uniformados. Cada año, cuando se cumplía un aniversario del robo al tren correo, organizaba una fiesta barrial con feijoada y cerveza gratuita para todos los vecinos. Esas bacanales constituían las murallas de protección que el famoso ladrón construía a su alrededor. Es la única fiesta de una población occidental festejando el éxito de un asalto.

La primera vez nos encontramos en un barsucho del sector Paula Matos del barrio donde termina su recorrido el “bondiño”. Fue con su perro. Allí me espetó la célebre frase: “Si alguien mata a mi perro, yo mato a su hijo, si alguien mata a mi hijo yo mato a su familia, si alguien mata a mi familia, yo extermino el barrio. No es ojo por ojo: siempre la venganza es mayor”.

Estuvimos bebiendo cerveza y charlando durante una hora. Ese era uno de sus problemas, extrañaba la cerveza inglesa. Extrañaba Londres. Extrañaba su idioma y los paisajes de Inglaterra.  Era un inglés de la nariz al culo. Nunca se terminó de sentir a gusto en su cárcel paradisíaca (estaba condenado a vivir en el estado de Guanabara).

En esos días que salí de la cárcel se presentaba Johnnie Rotten con su extraordinaria banda P.I.L. (Public Image Limited). El ex Pistols era amigo de Biggs. En uno de sus discos más legendarios los Pistols buscaron a Borman, el asesino nazi, para que grabara una canción. No lo encontraron y entonces contrataron a Ronald Biggs que grabó un tema llamado “No One Is Innocent”. La letra es de su autoría. Y en un reportaje a la televisión holandesa explicó esa canción atacando al periodista: “¿Y tú quien te crees que eres? ¿Alguien mejor que Borman?  Estás equivocado. No hay nada peor que un tipo decente, nadie es inocente”.

Biggs me invitó al recital de P.I.L.  en el Canecao, una sala teatral muy moderna en el barrio de Flamengo. Así fue que vi a Rotten en un palco, tomando champagne y merca con el más grande ladrón de la época. En el camarín la pasé bastante mal cuando Biggs me presentó a Rotten: de inglés sólo se decir “table” y “book”.

Dos semanas después fui a ver a Biggs mientras él filmaba unas escenas de las tantas publicidades que hacía sobre cajas fuertes o sistemas de seguridad en la que aparecía afirmando: “Esta alarma… ni yo podría vencerla”. Lo encontré en la playa de Leme rodeado de peluqueras, maquilladoras y camerámenes. Yo le caía bien,  pero no hablaba inglés y eso no puntuaba bien en su  ranking de consideración. Nos unía un frágil portugués que ninguno disfrutaba hablando. Me contó algunas alternativas de su vida antes del asalto al tren. Desde muy joven fue un profesional y se relacionó con los pistoleros más selectos de Inglaterra. En esa época y en ese país los ladrones no mataban a nadie. Mucho menos a un policía. Biggs perteneció a la última generación de bandoleros tal como los denomina el escritor Walter Benjamín. Era experto en bancos. La idea de asaltar un tren no fue de él, pero la hizo suya en cuanto le hicieron la oferta. Fue un plan formidable que incluía medidas de seguridad antes, durante y después del atraco. Después del perfecto golpe, permanecieron ocultos en un aguantadero rural, pero dejaron pistas y el sitio fue hallado después de que la gavilla lo abandonó. Los dos tipos contratados para ir borrando las huellas dactilares antes, durante y después del golpe, fallaron y dejaron pistas allí. Y los miembros de la banda fueron atrapados uno por uno. Nadie logró escapar de la llamada Garra Yard.

Luego de fugado, Scotland Yard jamás se olvidó de Biggs. No hubo vencimiento para su captura. Y el ladrón jamás podría salir de Rio de Janeiro sin correr el riesgo de ser extraditado.

Cuando se escapó de Inglaterra, Ronald Biggs se refugió en Brasil, se casó con una nativa, tuvo un hijo y eso lo transformó en un ciudadano brasilero.

Lo volví a encontrar unos años más tarde. Lo fui a visitar a su casa el 1º de enero de 1990.

Estaba cada vez más quejoso con respecto a su vida en esa ciudad tan loca. Me mostró el fondo de su pileta de natación. Había mas de una docena de balas caídas en los festejos de la noche anterior. La vejez le había caído como un rayo. Estaba muy negativo y doblemente paranoico. Creía que todo el que se le acercaba quería robarle parte de su dinero. Odiaba a los periodistas a pesar de que daba entrevistas a todos los medios de Europa y los Estados Unidos. Nos despedimos bebiendo una cachaza en el viejo boliche. Ya no soportaba la cerveza brasilera.

Volví a saber de él por los diarios muchos años después. La noticia era terrible. Atrapado por una tremenda arteriaesclerosis, había decidido volver a Inglaterra. Esa añoranza fue su perdición. En cuanto salió de Brasil, fue atrapado por Scotland Yard y conducido a un hospital carcelario. Jamás fue indultado.

Biggs era duro. Pero la ley que lo perseguía lo era aún más.