Incorporado por lectura

Trilogías

La experiencia de escribir una trilogía (esta trilogía en particular, la saga del hambre, no sé cómo será escribir trilogías “en general”) fue un suceso paradójicamente inédito en mi vida como escritor, y como humano por añadidura. Digo, porque lo que primero se me presentó como problema, más acá que el hecho de que fuera trilogía, fue que esas novelas, por empezar la primera, tuviera ya preparada, “garantizada” o algo así, su publicación. Es decir que se trataba de mi primera experiencia escribiendo un texto largo que no nacía creativamente en la oscuridad, el secreto y la amenaza/promesa latente de lo impublicable, sino que ya venía con la publicación incorporada. Y, para colmo, en una editorial, en una colección vinculada a un género puntual y específico, la novela negra, que yo nunca había curtido (curtir en este caso como “hacer la experiencia” desde la lectura ni la escritura) de manera integral, o sea, asumiéndome dentro de un género, como lector ni como escritor.

Federico LevinSupongo que toda esa cosa de temor, avance a tientas, esa dialéctica de claustrofobia y huida libertaria (siempre un poco exagerada) puede sentirse, imagino a un lector atento, en la primera novela, Ceviche. Después, o más bien desde cierto momento de la escritura de Ceviche, algo se suelta. Y ahí sí, empieza lo específico de la trilogía, del paso del tiempo como un factor determinante para la escritura: un proyecto de seis años, más o menos, con el mismo (los mismos) personajes, con la musicalidad y la lógica narrativa y la verosimilitud de los mismos muñecos era algo impensable para mí en un principio, y fue algo, suele suceder, inevitable. Entre lo impensable y lo inevitable hay algo, un tipo de baile que se me juega en la escritura y en la vida ligada a la escritura.

Si, crecí en este juego y salí más seriamente jugador de lo mismo: pude combinar, a lo largo de estos años, mi pasión por las palabras, por las escenas, por las reflexiones, con un tipo de personajes, o de construcción de personajes, más equilibrada, o equilibrada en un punto más interesante y más rico que antes. Porque el tiempo en compañía de personajes obliga: después de dos novelas y media, por ejemplo, la información que el hipotético lector tenía acumulada sobre los personajes de El Sapo o Dionisio era tal que, funcionando en mi mente, eran casi pocas las cosas que yo les podía hacer decir, o hacer hacer, sin alejarlos de su propia naturaleza ya en funcionamiento. Fue la experiencia (de esas que parecen mágicas si no se las mira con la suficiente –enorme- atención) de participar de la creación de un sistema, y a la vuelta ser sacudido por la fuerza de ese mismo sistema en acción.

Y lo particular del hecho de la trilogía publicada al ritmo de la escritura (que lo distingue de pasar, por ejemplo, seis años con una novela de setecientas páginas, o de escribir una trilogía que recién se empieza a publicar una vez que ya se ha escrito la tercera novela) es que cuando se llega al final, cuando llegué a La lengua estofada, tenía en mi mente no sólo mi relación con los personajes, sino la relación de muchos lectores conocidos con esos personajes. Cariños, malestares, amores, incomodidades ajenas vinculadas a esas criaturas medio mías. Esto hizo que las decisiones que tuve que tomar, en la soledad de mi escritura, pusieran en juego cosas muy distintas a las que se me presentaban con las otras escrituras, las del juego solitario más hermético. Tuve que hacer algunos malabares, maniobras de riesgo, y salí airoso. Creo.

Al menos, sigo vivo.

Y sigo escribiendo.