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Contra el concepto de “femicidio”

Señores senadores, les escribo para decirles que el término femicidio me parece uno de los peores servicios jamás prestados, al género humano en general y a las mujeres en particular.

En noviembre de 2012 el Congreso sancionó la norma que agrava la pena por el homicidio de “una mujer o persona trans cuando esté motivado por su condición de género.”

Antes de la nueva norma, el artículo 80 del código penal ya contemplaba un agravamiento de la pena por homicidio cuando existía un vínculo previo con la víctima. Se aplicaba una condena mayor a un parricida, un matricida, un filicida, un fratricida, al asesino de un cuñado o una suegra. La jurisprudencia indicaba también un agravamiento de las penas para quienes causaran la muerte a un novio, novia, concubino, concubina, ex amante, etcétera.

¿Qué cambia la nueva norma? Esto: reformula el inciso I para incluir en forma explícita los vínculos amorosos sin convivencia. Y esto: reformula el inciso IV para contemplar el crimen cometido “por odio de género”. Y esto otro: especifica que se considerará a un homicidio como femicidio “cuando el hecho sea perpetrado por un hombre y mediare violencia de género.”

Nadie oculta —nadie pretende ocultar— que la norma está concebida en forma exclusiva para las mujeres y que no extiende su protección —no pretende extenderla— a los niños y hombres víctimas de violencia familiar o basada en un lazo de pareja. Un ejemplo: Mirta Susana Acuña, una cordobesa de veintisiete años, se casó en 2003 con Juan Manuel Villalba, un policía retirado. Lo persuadió de contratar un seguro de vida costoso y luego lo asesinó para cobrarlo, además de quedarse con su pensión y sus bienes (Clarín, 16/6/2014). Mirta Susana Acuña, de acuerdo con la nueva norma, no puede ver su pena agravada por “violencia de género”.

Además de ser —en varios aspectos— la negación de la idea misma de justicia, una norma fundada en el concepto del “odio de género” es difícil de aplicar. Determinar en un juicio que existe un lazo de familia o de pareja —incluso extinguido— es relativamente fácil; en cambio, determinar que la motivación del crimen es el “odio de género” es un asunto más pantanoso. Involucra cuestiones psicológicas e ideológicas que por su propia naturaleza suelen resultar oscuras para los mismos implicados, máxime para un fiscal, un defensor o un juez. El hecho es que casi todas las condenas por “femicidio” registradas desde 2012 se realizaron sobre la base del vínculo familiar existente.

Lo que tenemos, entonces, es un instrumento legal que tiende, en la práctica, a superponerse con el artículo 80 del Código Penal; que lo amplía, en teoría, a favor de las víctimas mujeres y en perjuicio de las víctimas hombres y niños; y que tiene además un valor simbólico agregado: el término femicidio. Hablemos, entonces, de ese valor simbólico.

Senadores, la violencia de pareja o de familia es uno de los crímenes más repugnantes que existen. Llamar a ese crimen femicidio es cometer una aberración doble. Aberración moral, primero: en más del 60% de los casos de violencia perpetrada contra un cónyugue, amante, pareja o ex pareja, el agresor ha cometido violencia igualmente contra sus hijos, tanto varones como niñas. El término femicidio, al atribuir ese crimen al “sexismo” disfraza de ideológía una agresión dirigida, de manera mucho más general, contra personas en situación de desamparo. Llamar a esto femicidio es silenciar a esos hijos maltratados, violados o asesinados.

Pero también es una aberración táctica en la lucha contra la violencia. Quien perpetra violencia empieza por arrebatar a la víctima la condición de sujeto. Puedo matar, puedo violar, porque no es de los nuestros. Durante la guerra civil en Ruanda, entre los hutus descuartizar a un tutsi no constituía un crimen, ya que sólo miembros de la propia tribu se consideraban humanos. Nosotros, los otros: ninguna ingeniería social puede modificar esta dicotomía elemental de las representaciones humanas. Ninguna ley puede proteger a un individuo o un grupo si el imaginario colectivo no lo incluye en un “nosotros” que active el reflejo de la empatía.

Por eso, como símbolo, el término femicidio es un desastre sangriento. Históricamente, la desigualdad entre los géneros fue legitimada en la medida en que el varón se definía como sujeto por oposición a la mujer. La mujer fue el otro: aquel que no debía votar, aquel que no debía ejercer cargos públicos, aquel que debía limitarse a las tareas del hogar. Llevó siglos expandir el círculo de la empatía para incluir a la mujer en el “nosotros”, proceso que representa un avance incalculable para la dignidad humana y que todavía no está completo.

¿Y ahora queremos hacer todo lo posible —leyes especiales, términos diferentes, entidad jurídica aparte— para que las mujeres dejen de ser nosotros y vuelvan a ser el otro? ¿Y se supone que de esa manera las mujeres estarán más a salvo de la violencia?

Posdata. Según informa Página/12 (7/4/2014) durante el año que siguió a la aprobación de la norma las muertes de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas aumentaron en un 16% respecto del año anterior. Todo un éxito.

"Hacete hombre", de Gonzalo Garces