Crimen y Castigo

Crímenes, agravios y jactancias

Un domingo a la noche de hace dos meses, un muchacho de 25 años tuvo un altercado con otro en un boliche del barrio de Fisherton, en Rosario. Con un río de ira aguándole el sistema nervioso, en medio de la pista se plantó a centímetros del chico de 19 años que era su contendiente, Diego Godoy, y frente a los amigos de ambos le dijo en voz alta: “¡Para vos hay tiros! ¡Mirame a los ojos, la concha de tu madre! ¡Vas a ver, afuera!”. A los diez minutos estaba frente al local de Córdoba y Donado, con un arma en la mano y esperando. Cuando salió el joven de 19 años, le pegó un solo tiro en la cabeza desde medio metro. Fue tan delante de todos como había sido el anuncio, concretado, de lo que finalmente haría.

Solemos imaginar que para llevar a cabo un acto gravísimo e irreparable, como producir una muerte, uno buscará el amparo del sigilo y el secreto. Sin embargo, conductas de este tipo suelen desplegarse de manera abierta, deliberada y anunciada. Como si fuera menos decisiva la intención de procurarse impunidad mediante la cautela que la de producir un mensaje. “Yo soy el que hago esto. Sépanlo todos. Pasen la voz”. Es menos importante el secreto que el grito de admisión de lo que vendría, al punto que esa forma franca de actuar le valió al muchacho, visto por todos, ser detenido a las 48 horas. Se llama Pablo Maidana y está preso en la Alcaidía de Rosario.

El propósito de que un homicidio funcione no sólo como un medio de eliminar al contendiente histórico u ocasional sino que se transforme en acto enunciativo, en un recado que hable de la intención de predominio en una zona o bien de la construcción de una jerarquía, de un nombre, no es algo nuevo en ningún lado. Pero desde hace unos cinco años es algo tremendamente notorio en Rosario. Por como se ha ampliado la visibilidad y el alcance de estos comportamientos.

Los ejemplos vienen en avalancha. En estos días hay actividad judicial con una secuencia de crímenes cruzados en barrio La Tablada, uno de los distritos con mayor frecuencia de delitos contra la vida en la ciudad. Los casos se refieren a dos grupos de jóvenes que se conocen por su pertenencia a las calles donde paran: la banda de Ameghino y la banda de Centeno. Los hechos fueron sangrientos, pero, sobre todo, teatralizaciones juglarescas, puestas en escena rutilantes de una violencia comunicativa. A uno de los chicos, Claudio Colli, lo matan arriba de un colectivo, un día de la primavera, frente a decenas de jóvenes del barrio que esperaban en la parada para ir al picnic a las playas de La Florida. Una semana después, a siete cuadras de allí, cuatro chicos se paran en la calle y le disparan a mansalva a una familia que va en una moto, matando a Leandro Ojeda, de 20 años, y su hija Triana de 4 años. Con toda la cuadra en la calle, a las 5 de la tarde.

¿Es importante matar? Para el ofensor parece serlo en tanto no hay mediaciones que permitan procesar la ofensa, a menudo trivial, con una reacción menos extrema. Pero vemos que también es importante que la concreción no sea furtiva sino que se ofrezca a ojo desnudo, que se hable de ella. Después de que mataron a Ojeda, cuenta la fiscal Nora Marull, a la hermana de Claudio Colli le llegó un mensaje al teléfono celular. Un enunciado de cinco palabras: “El que sigue es Tatín Sosa”. Efectivamente a Tatín Sosa lo mataron. La pulsión no pasaba solamente por hacerlo sino por ponerlo en palabras previamente.

Cubrimos hace veinte años los homicidios en los lugares de los hechos. Aún cuando no haya escena criminal solemos ir al lugar por si hay testigos. El año pasado, en el diario La Capital llegamos al 91 por ciento de los lugares de los 214 asesinatos en la ciudad de Rosario. Y si hay una cosa que produce aturdimiento es constatar, en tantos barrios, como cada crimen prefigura el siguiente. Y eso es porque los involucrados en los conflictos tienen la voluntad de avisar. No sólo de matar sino de anunciarlo. En el diario en el que trabajo muchas veces hemos puesto testimonios, abrumadores en determinadas cuadras, que decían cuál era el destinatario del hecho de sangre venidero. A veces nombrando sólo el apodo como posible y precario modo de advertencia. En Tablada siempre se supo que luego de la muerte de un Alcaraz venía la de un Benavente. En Santa Lucía se sabe que tras un atentado contra un Arriola siguen los Sosa. Hay ejemplos en unos cuantos barrios.

Rosario y alrededores

¿Cuál es el ánimo de reseñar esto? Simplemente decir que la lógica de las motivaciones materiales, por posiciones económicas o dinero, detrás de los homicidios, no alcanza para explicar por qué suceden los asesinatos. No estamos en un laboratorio donde se pueda aislar una causa principal. Pero es importante tener en cuenta todos estos componentes adicionales. Donde se cruzan representaciones sociales sobre qué es mandar, qué es tener prestigio, qué es ser respetado, cómo hacerse respetar y hasta cómo encontrar reconocimiento.

Estas lógicas están en todas las tramas en las que existen disputas por posiciones económicas. Se mata por escalar o consolidar escalones en mercados delictivos como el de la droga o, en el campo de la reducción de bienes robados, se mata por afianzar lugares de dominio en las hinchadas de fútbol, por asegurar como cabecera propia una plaza diminuta de un barrio. Pero no sólo se mata. Como vimos en el caso del chico del boliche de Fisherton, o en los casos de la barra de Ameghino contra Centeno, hay, como diría Foucault, una incitación al discurso del acto prohibido. Una voluntad de que el secreto se abra paso, se conozca. El secreto de quién lo hizo. Como dice el criminólogo Enrique Font, en los barrios está planteado de antemano quién se la va a dar a quién.

Aunque el delito siempre se cruza en los territorios más degradados, en los espacios urbanos más fragmentados, que es donde no casualmente se produce la mayoría de los homicidios, lo que uno advierte de una manera rutinaria en la mayoría de los homicidios de Rosario es que estos provienen de una violencia antes social que ligados a actividades criminales tradicionales. Fijémonos al azar. Una nota de Clarín del lunes 30 de septiembre remarca el crimen 190 en Rosario. La volanta, con una pretensión de bizarra mordacidad, expresa: “Una discusión entre vecinos por la muerte de un pollo”. Por supuesto que aquí hay una carga valorativa desplazada de su objeto. Pero la nota habla de un conflicto absolutamente menor con un epílogo desmedido.

Esos son, a nuestro juicio, los casos más representativos en Rosario. No muertes ligadas a actividades criminales tradicionales, que por supuesto las hay, sino a este tipo desaforado de disputas.

Vale repetirlo. El problema no es, a mi juicio, tanto que hay armas. Sino que por los motivos más triviales mucha gente se siente en posición de producir una violencia destemplada, completamente incongruente, para limpiar la afrenta que sintió. Creo que, en su masificación, este es el elemento distintivo de la violencia urbana de hoy. Siempre hubo hechos desaforados que produjeron asesinatos en base a conflictos menores. Pero hoy es una cosa completamente desplegada y normalizada. Lo digo en base a 20 años de periodismo policial. Hace poco un abogado penalista muy conocido, José Luis Vázquez, conversaba con un colega frente al mostrador de un juzgado penal. Hablaba de esto. Y decía: “Coco, ya no se ve un moretón. Por el menor batuque los pibes no se manchan los puños. Van directo al fierro”.

Hay aquí una pauta cultural más o menos arraigada en la conducta violenta. La rápida apelación al arma de fuego forma parte de un acervo cultural mayor, que es que la vida del otro vale poco si me sentí ofendido por él. Y si en lavar la afrenta comprometo mi vida o mi libertad no importa. Lo más importante es no quedarme con la ofensa encima. El agravio, por mínimo que sea, resulta imposible de asimilar.

Uno habla de estos comportamientos, los describe, y un poco los naturaliza si no deja de lado en qué contextos surgieron. Estos comportamientos son por empezar muy diversos. Y son los emergentes de una comunidad desintegrada.

Estas acciones, que tienen mucho de tristeza y desesperación, brotan en un paisaje que es resultado de un proceso y que tiene estos fundamentos históricos:

1) Muchos de los grupos que contienden son de muy baja complejidad, nada sofisticados, integrados por muchachos y chicas sin opciones vitales atractivas que compitan con el delito tanto para realizar sus opciones materiales de vida como para armar lazos con los otros.

2) Lo que ha prevalecido y afectado a las conductas sociales ligadas a la violencia es la proliferación de la producción y distribución de droga barata, su accesibilidad y la multiplicación de los puntos de venta.

3) También lo ha auspiciado una capacidad fuertemente reguladora de la policía provincial en especial, de las capas medias de oficiales, no de excepcionalidades, para generar estos mercados e impulsar a estos actores.

4) Lo último es también lo esencial: una histórica incapacidad del sistema de justicia provincial y federal para identificar de modo sistemático a los autores de los hechos violentos, básicamente a los esquemas de conducción, e imponerles sanción legal. Pero estos cuatro puntos son un aspecto. En general fracasamos cuando encasillamos las motivaciones principales de los homicidios asimilandolas a la problemática de la inseguridad y el delito. Cuando uno se adentra a la historia social de los crímenes en Rosario suele ver cosas muy variadas, que desmantelan las creencias surgidas a primera vista. Como comentaba Barthes, a poco de andar el efecto decepciona a la causa.

*Hernán Lascano es periodista del diario La Capital (Rosario)