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El sol naciente de Sancia Kawamichi

Camera 360

Martín Sancia Kawamichi conoció el Jardín Japonés de la ciudad de Buenos Aires hace tres años. Fue una tarde en la que había sol: Sancia Kawamichi se sintió atraído por algo que no había sido demasiado digerido por su raciocinio y decidió ir a ver los peces carpa que nadaban en aquellos arroyuelos de Palermo. Ya era un admirador del cine de Takeshi Kitano, a quien había conocido con Flores de fuego, pero en el Jardín Japonés descubrió la ceremonia del té, el ikebana de las flores y la caligrafía de trazos delicados.

“Todo eso despertó algo que corría por mi sangre”, dice ahora este moreno redondo de sonrisa amplia que fue criado en el barrio Sarmiento, de Villa Celina, en el oeste bonaerense. Tiene 41 años y sus ojos no lo dejan mentir: apenas rasgados, guardan algo de la genética que le legó un hombre llamado Taru Kawamichi, un grandote de casi dos metros que había nacido en Okinawa y que se ganó la vida como luchador callejero en la zona de Barracas (quizás para rebelarse de su familia, un clan de tintoreros), y cuyo año de ingreso a la Argentina permanece desconocido, aunque sí se tiene certeza sobre la fecha su muerte en 1934. Taru Kawamichi pasó una sola noche con Juana Costa: ella y él son, hoy, los abuelos paternos de Martín Sancia Kawamichi.

“Después empecé a leer literatura japonesa: El libro de la almohada, de Sei Shonagon, Yasunari Kawabata, Jun’ichirō Tanizaki”, dice. Es sábado 4 de octubre de 2014 y, hace un rato, Sancia Kawamichi participó de una mesa redonda en La Chicago Argentina –el festival de literatura policial de la ciudad de Rosario, organizado por Osvaldo Aguirre– titulada “Un género sin límites. Territorios del crimen”. La voz de Sancia Kawamichi comienza a resonar en este tipo de encuentros: dos meses atrás, en otro festival similar (el BAN, de Buenos Aires), recibió el premio Extremo Negro-BAN por su novela Hotaru, una fábula sangrienta y muy original, situada en la década de 1970, que combina guerrilleros montoneros y geishas. “Escribí el primer capítulo de Hotaru bajo influencia de todos esos autores japoneses: de su literatura traté de tomar la síntesis poética”, sigue, en un rincón del Espacio Cultural Universitario, que funciona en un edificio majestuoso que alguna vez fue un banco. “Quise narrar con trazos breves para que el lector sintiera que estaba leyendo una novela modelada en el haiku”.

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A Sancia Kawamichi le llevó un año escribir Hotaru. La tipeó en los ratos que le dejaba su trabajo en una oficina de la Cámara de Empresas de Fertilizantes, donde todavía cumple un horario que va de once de la mañana a siete de la tarde. La corrección final la hizo a mano, en la Abadía del Niño Dios, un monasterio de la ciudad de Victoria, en la provincia de Entre Ríos, al que fue tres días en agosto de 2012 para agradecer por la recuperación de su madre, que acababa de superar un cáncer de pecho.

En el monasterio la rutina comenzaba con una misa a las siete de la mañana e incluía lecturas de Biblia y votos de silencio. Sancia Kawamichi decidió leer las últimas páginas de Hotaru –que entonces se titulaba “Luciérnagas”– fuera de su habitación, un día después del almuerzo. “Como la luz era opaca, salí afuera”, sigue. “Pero hacía frío, así que caminé buscando un lugar más cálido e iluminado, y terminé en el cementerio de los monjes. Me quedé leyendo ahí, entre las tumbas, durante seis horas”.

Sancia Kawamichi, que habla sonriendo, está encantado de participar de La Chicago Argentina: algunos de sus autores argentinos favoritos son Leonardo Oyola, Juan Sasturain, Guillermo Orsi, Horacio Convertini, Álvaro Abós, María Inés Krimer y Carlos Busqued, y varios de ellos están también ahora en Rosario.

“Envié la novela al concurso en un gesto desesperado”, confiesa Sancia Kawamichi. “Hace mucho, hice el profesorado de Literatura, pero no ejerzo, y en 2009 saqué una novela infantil [Breves historias de animales sabrosos, engreídos, enamorados, malditos, venenosos, enlatados, tristes, cobardes, crueles, espinosos… (y otras historias)], pero después pasó el tiempo y yo no estaba publicando nada. Ya había cumplido 40 años y estaba desahuciado. Así que envié dos novelas a dos concursos: Hotaru y Los poseídos de Luna Picante [que se alzó con el segundo premio de literatura infantil de Editorial Sigmar]. No sé qué iba a hacer si no ganaba nada: quizás me anotaba en un profesorado de Piano, qué sé yo”.

En Hotaru, un grupo de guerrilleros desprendidos de una célula de Montoneros decide secuestrar a la hija de un empresario para cobrar un rescate y financiar el camino a la revolución. La novia de uno de ellos, una geisha llegada desde Japón, hace de apoyo logístico y de contacto con el mundo exterior. “Materialmente, era posible que un montonero tuviera una relación con una geisha”, explica Sancia Kawamichi. “No me parecía algo raro y mi idea nunca fue hacer una novela loca”. Después, de algún modo, la trama se volvió policial. “El género negro me encanta: sueño con escribir algo tan bueno como Escuela de detectives, de Osvaldo Aguirre”, sigue. “Si hay un crimen, hay una historia atrás que difícilmente sea minimalista. Por eso me refugié en el género negro, porque buscaba historias”.

Ahora, mientras lee La carta de Sagawa, de Juro Kara (donde se reconstruye el crimen que cometió un estudiante nipón en 1981, en París), Sancia Kawamichi ensaya su próxima jugada: una novela que está escribiendo y que describe como “un policial bien duro”. De alguna manera, apuesta por la escena que ahora lo cobija. Antes, con Hotaru, fue su mujer la que lo despertó y lo convenció de presentarse en el concurso Extremo Negro-BAN: “En tu novela hay un secuestro, hay muertos: ¿por qué no podría ser un policial?”, le dijo.

Hotaru”, de Martin Sancia Kawamichi