Incorporado por lectura

El día que llegué a la isla (sobre “La búsqueda del tesoro”)

Hay libros cuya lectura deslumbra al niño y  luego defrauda al adulto. Otros en cambio, ganan con el tiempo. Recuerdo mi primera lectura de La isla del tesoro. El libro de Robert Louis Stevenson me conmovió como regalo –por mis seis años– pero me superó como lectura. El hecho de poseer un libro fue mucho más importante que leerlo. Un libro puede ser un objeto precioso aun cuando sus tapas nunca hayan sido abiertas. Sobre todo para un niño. ¡Un libro, esa cosa aun incomprensible, pero turbadora por tangible! Poco saqué de aquella lectura, más que dificultad y tedio.  Descubrí sin embargo que leer algo que no se comprende también tiene encanto. La comprensión, el goce y la enseñanza vendrían después. Y también las  iluminaciones especiales, como aquel comienzo:

“Me han pedido que escriba sobre la isla, con todo detalle, del principio al fin, pero que calle las coordenadas porque aun queda parte del tesoro por desenterrar”

Ese comienzo, como un mensaje guardado en una botella al mar, me llevó a escribir –a comenzar a escribir– La búsqueda del tesoro, mi novela, o nouvelle, que ha publicado en 2014  la editorial del Nuevo Extremo. En La búsqueda del tesoro la isla es la ciudad. Buenos Aires. Hay un tesoro pero no es un cofre con viejas monedas de oro sino, más prosaicamente,  la recaudación y algunas joyas especiales guardadas en la caja fuerte de una joyería, el Trust Joyero Relojero, situada en el corazón de la ciudad, en una de las  esquinas del Obelisco, y es el botín de un  asalto consumado mientras la ciudad escuchaba  –¿gozaba, vituperaba?–, a pocas cuadras del Trust, en la Plaza de Mayo, las voces de Él y de Ella, Perón y Evita. Fue el diecisiete de octubre de mil novecientos cuarenta y nueve.

Decía Stevenson que escribió La isla del tesoro teniendo a la vista, todo el tiempo, el mapa de la isla. Puedo decir, con modestia  pero con honestidad, que lo mismo me pasó con La búsqueda del tesoro. A medida que la historia se me iba imponiendo como lo hacen a veces las historias con los escritores que les dan forma en el papel, el mapa crecía hasta competir con los personajes. En el caso de mi novela, la figura que  se dibuja en el mapa es un triángulo, el que separa el Trust  del restaurante El Tropezón, en Callao al doscientos, donde la historia se relata al compás de un legendario puchero, y cierto lugar de la Costanera Norte, cercano al Club de Pescadores, donde uno de los narradores conoce un triste final.

Así pues, el mapa de esta novela no es ese mapa que describe Walter Benjamin: un papel que se infla en las manos del viajero, en una esquina, durante una mañana muy ventosa, y que suele terminar convertido en papel roto. Es un mapa, para seguir con Benjamin, que se convierte en materia narrada. El mapa no es un instrumento que ordena la experiencia sino una experiencia en sí, la verdadera ciudad.

La búsqueda del tesoro me deparó un placer añadido, equidistante y asociado a los pesares de la creación. Por fin había encontrado la materia para una utopía personal: la nouvelle. O novela corta, ese formato que ronda las cien páginas y que, como sostiene Saer, preserva el ritmo, el cuidado verbal, el laconismo y la sugestión de lo narrado, y elude, en cambio, ciertas esclavitudes de la novela propiamente dicha, o novela larga; a saber, la discursividad, el prosaísmo, las convenciones estructurales.

Todo esto lo sabe bien, sin necesidad de explicación alguna, el lector de Pedro Páramo, de La metamorfosis o de El corazón de las tinieblas. Cada uno puede agregar en su olimpo de novelas breves los títulos que quiera. Arriesgo los míos, de entre tantos: El matadero, El perjurio de la nieve o El infierno tan temido. Pero, ¿por qué no Las ratas o Paño verde?

Ahora, La búsqueda del tesoro es una isla que flota en el océano de la literatura impresa. Quizás algún lector encuentre las coordenadas del tesoro.